La Jugadora Nunca Derrota

La Jugadora Nunca Derrota

Shi Yue

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Capítulo

El olor a levadura y a pan recién hecho era el único consuelo de mi vida. Nuestra panadería, el legado de mis padres, era mi mundo, un santuario de trabajo duro y esperanza. Pero esa noche, mi hermano Mateo, destrozado, me dijo que lo había perdido todo en una partida de truco contra Ricardo, "El Gallo". Veinte mil dólares: los ahorros de mamá, el aguinaldo, el préstamo para el horno. El silencio en la cocina se volvió un hueco, un abismo que tragó nuestra esperanza. El futuro, que antes olía a pan caliente, ahora apestaba a ceniza. Habíamos perdido la casa, el sudor de papá, nuestro porvenir. Mateo sollozaba, suplicando que huyéramos. "¡Se reirá de nosotros!", decía. Sentí un frío antiguo, no del suelo, sino de un pasado olvidado. ¿Cómo podía un hombre destruirnos tanto? Tomé los últimos quinientos dólares y los papeles de la propiedad. Con una calma gélida que asustó a mi hermano más que un grito. "Llévame con Ricardo", le ordené. Porque la panadera estaba a punto de recordar la daga helada en su alma.

Introducción

El olor a levadura y a pan recién hecho era el único consuelo de mi vida. Nuestra panadería, el legado de mis padres, era mi mundo, un santuario de trabajo duro y esperanza.

Pero esa noche, mi hermano Mateo, destrozado, me dijo que lo había perdido todo en una partida de truco contra Ricardo, "El Gallo". Veinte mil dólares: los ahorros de mamá, el aguinaldo, el préstamo para el horno.

El silencio en la cocina se volvió un hueco, un abismo que tragó nuestra esperanza. El futuro, que antes olía a pan caliente, ahora apestaba a ceniza. Habíamos perdido la casa, el sudor de papá, nuestro porvenir.

Mateo sollozaba, suplicando que huyéramos. "¡Se reirá de nosotros!", decía. Sentí un frío antiguo, no del suelo, sino de un pasado olvidado. ¿Cómo podía un hombre destruirnos tanto?

Tomé los últimos quinientos dólares y los papeles de la propiedad. Con una calma gélida que asustó a mi hermano más que un grito. "Llévame con Ricardo", le ordené. Porque la panadera estaba a punto de recordar la daga helada en su alma.

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El sol tibio en mis manos mientras arrancaba hierbas, el aroma a tierra húmeda y hierbabuena. Aquí, en mi pequeña casa a las afueras del pueblo, encontraba la única paz que conocía. Una paz que me fue arrebatada violentamente en otra vida. Un recuerdo fugaz y amargo me asaltó. Atada a una cama, con Ramiro, mi esposo forzado, mirándome sin emoción. A su lado, Catalina, su amante, sonreía con suficiencia. "Solo un poco más de tu sangre, Sofía" , dijo Catalina. Mi don, una bendición y maldición, para sanar a Ramiro. Él me debía la vida, la capacidad de caminar. Pero cuando Catalina enfermó, no dudó en sacrificarme. Me desangraron lentamente, transfiriendo mi fuerza vital a ella. Mi último aliento fue un susurro ahogado, viendo a Ramiro besar a una Catalina revitalizada sobre mi cuerpo agonizante. Ahora, en esta nueva vida, el destino tenía un retorcido sentido del humor. Ramiro volvía a estar postrado en una cama. Su madre, Doña Elena, me suplicaba a diario. "Sofía, te lo ruego como madre. Mi hijo… se está consumiendo" . Me levanté, limpiándome la tierra del delantal. "Ya le he dado mi respuesta, Doña Elena" . Mi voz era firme. "¿Por qué tanto odio?" gritó Doña Elena. "¡Ramiro siempre te admiró! Incluso… incluso pensó en casarse contigo" . Esa mentira casi me hizo perder la compostura. "Usted y yo sabemos que eso no es verdad" , susurré con voz helada. "Ramiro nunca me vio como nada más que una herramienta. Y yo ya no estoy dispuesta a ser utilizada" . La rabia surcó su rostro. "¡Eres una mujer cruel y sin corazón! ¡Dejar morir a un hombre que podrías salvar!" "¿Salvarlo?" repetí, una sonrisa genuina sin alegría se dibujó en mis labios. "Doña Elena, su hijo no está enfermo por capricho del destino. Está en esa cama por sus propias acciones" . La confusión la invadió. "Ramiro está paralizado porque el carruaje en el que intentaba sabotear los frenos para matar a un rival se volcó sobre él. El universo le devolvió el golpe un poco más rápido" . Su rostro palideció. Sabiendo la verdad de su hijo, la certeza en mi voz era innegable. "Créame o no, no cambia mi decisión. No curaré a Ramiro. Busquen ayuda en otro lado" . Pero el destino, o la ironía, me trajo a la madre de Mateo. Mateo, el rival de Ramiro, el hombre que Ramiro intentó asesinar. "Mi hijo… Mateo… lleva meses en cama" , dijo. "Usted es mi última esperanza" . Lo sentí. La pieza clave del destino.

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