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Dejando Cenizas, Encontrando Su Cielo

Dejando Cenizas, Encontrando Su Cielo

Le di uno de mis riñones a mi esposo, Alejandro, para salvarle la vida. A cambio, se casó conmigo. Yo era una chica de un orfanato; él, un magnate de la Ciudad de México. Tontamente, creí que su gratitud algún día se convertiría en amor. Entonces regresó su primer amor, Sofía. Cuando a ella le diagnosticaron un raro trastorno sanguíneo, Alejandro me arrastró al hospital y exigió que le diera mi médula ósea. Mis doctores le advirtieron que, con mi salud deteriorada, otra cirugía mayor sería una sentencia de muerte. Él me llamó egoísta y me forzó a entrar al quirófano. Mientras las puertas se cerraban, vi a Sofía, la que supuestamente se estaba muriendo, sentarse en su cama. Una sonrisa malvada y triunfante se dibujó en su rostro. A través del cristal, movió los labios para decir unas palabras. "No tengo ningún trastorno sanguíneo, pendeja". Una enfermera me clavó una aguja gruesa en la columna. Me estaban drenando la vida para complacer a una mentirosa, todo por orden de mi esposo. Morí en esa mesa, y mi último pensamiento fue una oración para no volver a verlo jamás. Pero cuando abrí los ojos, no estaba en el cielo. Estaba en una clínica privada, y mi amigo de la infancia, a quien había perdido hace mucho tiempo, Elías, estaba de pie junto a mí. Me miró, con los ojos ardiendo en un fuego protector. —Fingí tu muerte, Ava —dijo, con la voz helada de rabia—. Ahora, vamos a hacer que paguen.
El juicio del silencio

El juicio del silencio

Cinco años atrás, Kyla Gibson era una abogada de élite en el campo del derecho. Para salvar a Gerald Spencer, un estudiante pobre de doctorado en medicina en ese entonces, arriesgó su carrera profesional para liberarlo de una falsa acusación por parte de un gigante internacional de la medicina. El costo fue alto: ofendió a personas poderosas, fue envenenada en secreto, perdió la voz para siempre y nunca más pudo pararse ante la mesa de defensa. Ella guardó su brillo y se conformó con ser la silenciosa compañera a su lado. Cinco años después, Gerald se había convertido en una figura destacada en el ámbito médico, pero toda su ternura y paciencia ahora se las daba a otra persona. Su joven compañera de facultad, vestida de blanco, le dijo a Kyla con una sonrisa encantadora: "He oído que eras una abogada formidable, pero ahora no lo pareces en absoluto". Gerald, con la voz más fría, definió su sacrificio como una carga: "Kyla, necesito una pareja que pueda estar a mi lado, no a una paciente que tenga que cuidar". Cuando el amor de antaño se convirtió en un puñal que le atravesaba el corazón, ella pensó que se ahogaría en un mar de desesperación silenciosa. Hasta que llegó un correo de un antiguo colega: "¿Aún quieres saber por qué esa empresa estuvo dispuesta a gastar una fortuna en acusar falsamente a un estudiante sin nada?". Resultó que lo que había perdido no era solo su voz y amor. Lo que ella una vez protegió con su vida, de principio a fin, había sido una mentira meticulosamente planeada.