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Libros de Romance para Mujeres

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Mi Amor, Mi Verdugo

Mi Amor, Mi Verdugo

Me llamo Patrick. Amaba a Scarlett Salazar, la Reina del Tequila, una mujer que dejó todo, incluso a su adinerada familia, para estar con un humilde jimador como yo. Juntos, soñamos con un futuro lejos de su imperio. Pero su familia impuso una condición cruel: debía tener un hijo para asegurar su linaje, no conmigo, sino con Leon Hewitt, el heredero de la familia rival. Me pidió que esperara, una y otra vez, mientras ella compartía su cama y su vida con otro hombre, una tortura silenciosa que me consumía. Fui acusado falsamente de envenenar a su hija y sabotear una fiesta, sufriendo humillaciones públicas y brutales palizas, mientras Scarlett, la mujer que una vez lo arriesgó todo por mí, se mostraba indiferente o incluso me culpaba. En un momento de pura desesperación, fui empujado por ella y golpeé mi cabeza, viéndola correr a consolar al hombre que se burlaba de mí, mi rival. ¿Cómo era posible que el amor que me había prometido ser eterno se transformara en una indiferencia tan fría, en una traición constante que me dejaba en un abismo de dolor y desconfianza? ¿Por qué la mujer que una vez me salvó la vida ahora parecía mi verdugo? Mi corazón, que creía ya no sentir nada, tomó una decisión final. Huí de ese infierno, renunciando al amor que me había destrozado. Me refugié en un remoto pueblo, convirtiéndome en un maestro, buscando la paz en la simplicidad, lejos de intrigas y mentiras.
La Hacienda de los Secretos Muertos

La Hacienda de los Secretos Muertos

Volví a casa de la feria de artesanías, con el corazón lleno de ansias por abrazar a mi hija, Lupita. Nuestro hogar, la hacienda, debería haber sido un refugio de paz. Pero un silencio anormal y pesado me recibió. Mi esposo, Mateo, emergió de la capilla, con un rostro helado, confesando que Lupita estaba siendo "castigada". La encontré en el sótano, rígida, azul. Muerta. Mi grito de dolor se ahogó en el horror. ¿Cómo pudo nuestro propio padre hacer esto? Pero el infierno no acabó ahí. Lo encontré con su prima Camila, besándose sobre el altar, su devoción falsa. En el funeral de nuestra pequeña, él la consolaba públicamente, mientras el mundo me juzgaba a mí, la madre fría. Luego, intentaron profanar sus cenizas, quemándolas en un ritual macabro para "salvar" a su hijo. ¿Cómo pude ser tan ciega? Mi vida, mi amor, mi hija... todo era un sacrificio por una obsesión ajena, una mentira construida sobre una devoción retorcida. La inocencia de Lupita fue aniquilada por la locura de un hombre y la crueldad de una manipuladora. Decidí esfumarme, fingiendo mi propia muerte para escapar de aquel infierno. Pero dos años después, él me encontró, arrastrando consigo cenizas y revelando un horror aún mayor: había purificado "nuestro amor" aniquilando a quienes se interponían. Ya no había vuelta atrás: era hora de que el monstruo pagara por sus crímenes.
Identidad Robada

Identidad Robada

Nací con un destino cruel: ser la "piecita de repuesto" de mi hermana Sofía. Invisible, despreciada por mis padres, encontré consuelo y amor en secreto. Cuidé de Alejandro de la Vega, ciego tras un accidente, y bajo el nombre de "Lucero", le devolví la luz con mi música y mi voz. Nos enamoramos, sellando nuestra conexión con un viejo dije de huayruro. Pero justo cuando él estaba a punto de recuperar la vista, Sofía y mis padres orquestaron la traición más vil. Usurparon mi identidad, convenciendo a Alejandro de que Sofía era su "Lucero". Cuando Alejandro abrió los ojos, me repudió, llamándome mentirosa y obsesiva. Mis padres, cómplices y abusivos, me humillaron pública y privadamente, llegaron a golpearme y encerrarme en un sótano. Fui forzada a presenciar su compromiso, mi corazón roto y mi verdad silenciada por sus mentiras. Incluso intenté mostrarle el dije de huayruro, nuestro símbolo, ¡y él me despreció aún más! ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Cómo pudieron mis propios padres convertirme en un fantasma, una marginada, por el capricho de Sofía? Mi vida no importaba; era solo un obstáculo para la "felicidad" de ellos. La humillación pública, la violencia familiar, el desprecio de Alejandro... cada golpe era un clavo más en el ataúd de mi ser. Pero en mi punto más bajo, encerrada y olvidada, algo dentro de mí se rompió para siempre, pero también renació. El amor, la esperanza... se convirtieron en cenizas. Rompí el billete de avión que me obligaban a tomar, renuncié a mi apellido y a todo lazo familiar. En el día de su boda, dejé un último "regalo" que develaría la verdad, y me fui. Adiós, Lima. Adiós, pasado. Es hora de vivir.
El Precio de la Indiferencia

El Precio de la Indiferencia

Me casé para Salvar a la Bodega de mi Familia. Él amaba a otra. "Amo a otra mujer", me confesó Máximo, mi flamante esposo, justo después de firmar la alianza que unía dos imperios vitivinícolas por tres años. Era un contrato, una farsa perfecta para su familia. Me usó como parapeto y como herramienta, mientras su corazón y su vida giraban en torno a Valeria, su amante. Soporté en silencio su indiferencia, las mentiras descaradas sobre los "regalos" que me hacía, las humillaciones públicas, e incluso los azotes de su propia madre, Inés, quien me trataba como una máquina de procrear. Todo mientras él se desvivía por Valeria, dedicándole cada pensamiento, cada acción. Pero el punto de no retorno llegó cuando me dejó tirada en el suelo de un hospital para consolarla a ella. "Es solo un poncho, Sofía", dijo Máximo, arrojando un cheque a mis pies, pagando por la herencia de mi abuela que Valeria había destruido. Fue la gota que colmó el vaso. Mi amor, mi tiempo y mi dignidad habían sido pisoteados durante tres años. No entendía cómo pude haber sido tan ciega. Ese día, firmé el divorcio sabiendo que un capítulo terminaba. ¿Pero qué harías si, años después, el mismo hombre que te humilló y lo perdió todo, se arrastrara de rodillas, implorando tu ayuda para salvar su ruina? ¿Te vengarías o lo dejarías hundirse solo en la oscuridad que él mismo creó?
Amor Roto, Vida Nueva

Amor Roto, Vida Nueva

Mateo regresó a casa arrastrando su cansancio, como si solo hubiera salido a comprar cigarros. Yo lo observaba en silencio desde mi sofá hasta que su voz rompió el aire con unas disculpas que sonaron huecas. La oferta de unas vacaciones familiares en la playa con nuestra hija Maya, que antes habría aceptado sin pensar, ahora se sentía como un guion vacío. Esa misma tarde, una amiga me había llamado, con un rumor que me congeló la sangre: Mateo había sido visto en el centro comercial con otra mujer. Mi corazón, que ya sospechaba, confirmó el horrible presagio: la "colega" no era tan inofensiva como pretendía. "¡¿Qué dijiste?!" su grito se clavó en mi pecho cuando mencioné el nombre de Elena, su rostro distorsionado por una furia que nunca antes le había visto. Comprendí que mis preguntas no eran casuales, sino la acumulación de meses de dudas y amargura. Nuestra fachada de matrimonio perfecto se desmoronó al recordar su reacción desproporcionada cuando, bromeando, pregunté si Elena era bonita. Luego, accidentalmente, encontré la carpeta "Mi Amor" en su computadora. Ochocientas diez entradas, un diario de su "amor platónico" con Elena. Se llamaban "esposo y esposa del alma" . Leí cómo Mateo había conspirado para despedir a una colega mayor solo para que su "pequeña Elena" pudiera brillar. La humillación hirvió en mi interior. Cuando lo encontré cenando con Elena, brindando por ella con tequila, el dolor y la rabia explotaron. Estrellé una botella en el suelo. "¡Maldito infiel! ¡Tú y esta zorra!" , grité. Él me empujó, y caí sobre los vidrios rotos. Sangrando, presencié cómo ignoraba mi herida para consolar a su "amante" . En el hospital, escuché a mi suegra llamarme "loca" y a mi cuñada decir que perdonara una "pequeña amistad" . Incluso mi madre me instaba a pensar en Maya. Me sentí sola, destrozada. Pero luego los vi a Mateo y a Elena en el jardín del hospital, él acariciándole el cabello mientras ella lloraba en su hombro. Mi furia regresó, y él me amenazó: "Si sigues con este circo, Sofía, te juro que pido el divorcio ahora mismo. Y me aseguraré de que todos sepan que estás loca y que no eres apta para cuidar de nuestra hija". La humillación me golpeó con tal fuerza que algo en mí cambió. Una calma helada me invadió. Mirándolo directamente, le dije: "No me voy a divorciar de ti" . Una sonrisa lenta y fría apareció en mi rostro. "Al menos, no ahora" . Por primera vez, sentí que tenía el control.