icon 0
icon Recargar
rightIcon
icon Historia
rightIcon
icon Salir
rightIcon
icon Instalar APP
rightIcon
closeIcon

Obtenga su bonus en la App

Abrir

Libros de Romance para Mujeres

Top En curso Completado
La niñera es la nueva obsesión del CEO

La niñera es la nueva obsesión del CEO

Maria Fernanda solo quería olvidar la peor noche de su vida. Después de años amando en silencio a su mejor amigo, descubre -en público- que la propuesta de matrimonio no era para ella. Herida, furiosa y decidida a pasar página, acepta ir a una exclusiva discoteca de élite y termina viviendo una noche intensa con un hombre misterioso... al que nunca más debería volver a ver. O al menos ese era el plan. Enzo es CEO, poderoso, desconfiado y despierta en el hospital al día siguiente convencido de que lo drogaron. Sin recordar el rostro de la mujer de la discoteca, pero obsesionado con dos detalles muy específicos -un corazón tatuado en el dedo anular y una manzana mordida en el lado derecho de la nalga-, comienza a buscarla como quien persigue una amenaza... o una adicción. Para Enzo, ella podría ser una espía que intentó sabotearlo. El problema es que no puede dejar de pensar en ella. Un mes después, Maria Fernanda consigue un empleo como niñera con un salario imposible de rechazar. ¿El detalle? El padre de la criatura es el mismo hombre de la discoteca -que ahora la observa intentando decidir si ella es una criminal peligrosa... o la mayor tentación de su vida. Entre desconfianzas absurdas, coincidencias improbables, una niña que roba todas las escenas y una atracción imposible de ignorar, ambos descubrirán que no todo enemigo quiere destruirte... algunos solo desordenan todo de la mejor manera posible.
La Dignidad no se Vende

La Dignidad no se Vende

Mi casa en Triana, que olía a jazmín y a melancolía, estaba a punto de perderse. Con solo dieciocho años y un título de diseño recién empezado, sentí el peso de las deudas de mi padre muerto. La oferta llegó como un salvavidas: acompañar a Ricardo Vargas, un constructor poderoso y enigmático. El "acuerdo" era claro: él salvaría mi hogar, yo sería su compañera discreta. Casi creí que el dinero me había traído un amor inesperado, confundiendo su opulencia con cariño, su posesividad con protección. Pero entonces, apareció Carmen Sandoval, su exnovia. Me citó en un hotel de lujo y, con desprecio, me ofreció tres millones de euros para desaparecer. Ella era su "costumbre favorita", y yo, solo un insecto. Para probarlo, hicimos una cruel prueba con mensajes a Ricardo. El suyo fue respondido con preocupación, el mío, con un frío "Espero no sea grave. Estoy ocupado". Ella sonrió. "¿Ves? No eres nada para él". Me reveló que todos los gestos grandiosos de Ricardo -los jazmines, Noruega- eran réplicas de lo que había hecho por ella. Solo era una sustituta, un eco. La indignidad se volvió insoportable. Un día, Carmen rompió el broche de mi abuela y me acusó de agredirla. Ricardo, sin dudarlo, me encerró en el sótano frío y húmedo, donde casi muero de frío. La humillación final llegó cuando, en una fiesta, él volvió a negarme públicamente. Me trató como un objeto, un insignificante estorbo para el juego de sus celos. ¿Cómo pude ser tan ciega, tan ingenua? El dolor era insoportable, la traición palpable. Me había vendido por una falsa seguridad, por un puñado de billetes. ¿Era mi dignidad el precio? ¿O algo más valioso aún? Pero al despertar del delirio, solo quedó una determinación fría. ¡No más! Era hora de despertar. Con los tres millones de euros de Carmen y una beca para Roma, cortaría todas las ataduras. Mi propio cuento de hadas no necesitaba un príncipe tóxico. Estaba lista para mi verdadera vida.
La Nuera Aprovechada

La Nuera Aprovechada

El dulce aroma a canela y piloncillo flotaba en mi cocina, una melodía reconfortante que marcaba medio siglo con mi amado Pedro. Solo dos días nos separaban de nuestras bodas de oro, cincuenta años de vida compartida, de sacrificios por nuestro único hijo, Juan. La mañana transcurría con la paz de siempre, hasta que una llamada de Juanito rompió la calma, anunciando un regalo de aniversario inesperado. Una caja de mariscos frescos de Ensenada, un verdadero festín, enviado por él. Mi corazón se llenó de ternura al pensar en su detalle, a pesar de que "esa mujer" de Elena siempre parecía manejarlo a su antojo. Pero la alegría duró poco, justo hasta que Elena me llamó. "Van a ser siete mil quinientos pesos", soltó sin rodeos, cada palabra un puñal. Me dijo que el "regalo" era para la educación de la niña, una trampa vil, un chantaje que nos cobraba a un precio exorbitante. La humillación me invadió, un golpe bajo que me dejó sin aire. ¿Cómo era posible que una nuera pudiera ser tan cínica, tan descarada? "No hables de la niña en tus porquerías", le grité, "¡Hemos apoyado a nuestra nieta y a nuestro hijo siempre!". La rabia se apoderó de mí, una furia helada que nunca había sentido. En un instante, la alegría de cincuenta años se esfumó, reemplazada por el amargo sabor de la traición. El dolor en mi pecho se hizo insoportable, todo se volvió negro. Desperté en el hospital, con Pedro a mi lado y una nueva determinación. "¡Fuera de mi cuarto!", ordené, mi voz débil pero inquebrantable, "¡No te quiero volver a ver en mi vida, Elena!". Esto no podía quedarse así; era hora de que esa víbora pagara por su veneno. Había subestimado a esta abuela, y ahora, iban a conocer su verdadero carácter. La batalla apenas comenzaba.
La promesa que casi la quiebra

La promesa que casi la quiebra

Durante mil ochocientos veinticinco días, cumplí la promesa que le hice en su lecho de muerte al hombre que amaba. Me quedé al lado de su hermano, siendo la leal asistente de Gastón Montenegro, su sombra, la guardiana de todos sus secretos. Cuando mi condena de cinco años por fin terminó, él anunció su compromiso con Shantal, la mujer que sentía un placer sádico en atormentarme. ¿Y su regalo para celebrarlo? La tarea de planearles la fiesta de compromiso perfecta. En la fiesta, me humilló públicamente, llamándome una "vieja obligación". Más tarde, borracho y furioso, me acorraló en una oficina. Me estrelló contra la puerta y su boca se aplastó contra la mía en un beso brutal y torpe. Me tuvo inmovilizada, su cuerpo presionando el mío, y susurró un nombre contra mis labios. No era mi nombre. "Shantal". La verdadera violación no fue el asalto; fue que me aniquiló por completo. Yo no era una persona a la que odiara o deseara. Solo era un reemplazo, un cuerpo tibio, la sustituta de la mujer que él realmente quería. La última chispa de lealtad a la memoria de su hermano se extinguió, dejando solo hielo en mis venas. A la mañana siguiente, Shantal gritó que yo había intentado seducirlo, y él se quedó callado, dejándola hacerlo. Mi propia madre me llamó para avergonzarme. Fue suficiente. Conduje hasta un acantilado con vista al mar, saqué la tarjeta SIM de mi teléfono y la partí en dos. Era hora de que Camila Bravo muriera.