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Libros de Romance para Mujeres

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Amor, Mentiras y un Perro Fatal

Amor, Mentiras y un Perro Fatal

Mi mundo se hizo añicos con una llamada frenética: un perro había atacado a mi madre. Corrí a la sala de urgencias, solo para encontrarla gravemente herida, y a mi prometido, Constantino, indiferente y molesto. Llegó con su traje carísimo, apenas mirando a mi madre ensangrentada antes de quejarse de su junta interrumpida. "¿Tanto alboroto por nada? Estaba en media junta". Luego, de forma increíble, defendió al perro, César, que pertenecía a su amiga de la infancia, Regina, afirmando que "solo estaba jugando" y que mi madre "seguro lo asustó". El doctor hablaba de "laceraciones severas" e infección, pero Constantino solo veía un inconveniente. Regina, la dueña del perro, apareció, fingiendo preocupación mientras me lanzaba una sonrisita triunfante. Constantino la rodeó con un brazo, declarando: "No es tu culpa, Regina. Fue un accidente". Luego anunció que de todas formas se iría a su "viaje de negocios multimillonario" a Singapur, diciéndome que le mandara la cuenta del hospital a su asistente. Dos días después, mi madre murió por la infección. Mientras yo organizaba su funeral, escogía su ropa para el entierro y escribía un panegírico que no pude leer, Constantino estaba ilocalizable. Su teléfono estaba apagado. Entonces, apareció una notificación de Instagram: una foto de Constantino y Regina en un yate en las Maldivas, con champaña en mano y la leyenda: "¡Viviendo la buena vida en las Maldivas! ¡Los viajes espontáneos son lo mejor! #bendecida #singapurqué?". No estaba en un viaje de negocios. Estaba en unas vacaciones de lujo con la mujer cuyo perro había matado a mi madre. La traición fue un golpe físico. Todas sus promesas, su amor, su preocupación... todo mentiras. Arrodillada ante la tumba de mi madre, finalmente lo entendí. Mis sacrificios, mi trabajo duro, mi amor... todo para nada. Me había abandonado en mi hora más oscura por otra mujer. Se había acabado.
Traicionada: El Adiós Silencioso

Traicionada: El Adiós Silencioso

Ximena Rojas y Sofía del Valle, la "amiga de la infancia" de mi esposo Ricardo, fuimos secuestradas, y ambas regresamos ¡embarazadas! Ricardo, sin dudar, anunció que el hijo de Sofía era suyo para proteger su reputación. Pero el mío, mi propio hijo, lo tildó de "bastardo", el "resultado" de una humillación que nunca me ocurrió. Grité, le recordé que los secuestradores no me tocaron, que este bebé era nuestro, concebido antes del terrible suceso. Él solo me miró con culpa, pidiéndome que "fuera fuerte" por Sofía, porque ella era "delicada" y no soportaría los chismes. ¿Y yo? ¿Acaso yo sí podía soportar ser la traicionada, la humillada, la que perdió a su hijo por su mentira? Con el corazón destrozado y una amarga lucidez, firmé el divorcio por los dos. Luego, compré la dosis más fuerte de abortivos que pude encontrar. En el taxi, sin pensarlo dos veces, me lo bebí, sintiendo cómo se desvanecía en mi vientre el último lazo que me unía a él. Al llegar a casa, lo vi arrodillado frente a Sofía, besando su vientre abultado, ¡ese mismo vientre que ahora contenía a su supuesto hijo! "¿Por qué compraste medicamentos? ¿Estás enferma?", me preguntó, con una ceguera que me hizo reír amargamente. Sofía, la "delicada", se apresuró a interponerse, afirmando que yo había comprado "medicinas para el embarazo", para "proteger a su bebé". Me acusó de intentar matarla, de arruinar su vida. Ricardo, ajeno a mi dolor, a mi verdad, me miró con decepción, antes de cargar a Sofía y desaparecer. Me di cuenta de que para él ya no existía. En ese instante, en medio del desplome total de mi mundo, me prometí a mí misma que esta vez, me elegiría a mí.
Reescribir el futuro mío

Reescribir el futuro mío

El dolor agudo en mi pecho me despertó. En el gran salón de Bodegas Vega, me preparaba para una boda forzada. Mateo, mi futuro esposo, me miraba con un odio helado; sabía que él también había renacido. El patriarca Vega anunciaba la unión que se suponía cimentaría nuestro futuro. Pero yo había vuelto para reescribir el mío. "Espere, por favor", dije, mi voz cortando el discurso con una calma que no era mía en otra vida. "No soy digna de Mateo; su corazón pertenece a otra". Mateo, con una sonrisa disimulada, se apresuró a buscar a Isabel, la mujer de su corazón. De inmediato, mi nueva vida se convirtió en una pública humillación. Mateo me despidió abruptamente, y su nueva prometida, Isabel, exigió que me fuera sin nada. "Todo lo que tienes aquí es nuestro", espetó ella, señalando mi vestido, mi reloj, mi bolso. Querían mi humillación total, verme despojada y suplicante. Con una serenidad que los dejó atónitos, me quité el reloj, lo dejé caer, y luego, lenta y deliberadamente, deslicé la cremallera de mi vestido, dejándolo en el suelo. Frente a ellos, en mi ropa interior, dije: "Me voy sin nada, tal como vine. Todas las deudas, las de esta vida y la anterior, están saldadas". Fuera, una horda de periodistas me esperaba, flashes estallando, preguntas crueles. Caí de rodillas, la sangre brotando. En ese momento de máxima vulnerabilidad, un coche negro se detuvo. De él bajó Alejandro Torres, el heredero de un imperio vinícola, ofreciéndome no solo un salvavidas, sino un futuro donde mi talento sería venerado.
Traicionada por Mi Escudo

Traicionada por Mi Escudo

Mi vida giraba en torno al flamenco, el legado de mi madre, Elena Vargas, hasta que su muerte trajo a Sofía y a su madre a casa, convirtiendo mi hogar en un campo de minas. Para protegerme de aquel ambiente hostil, contraté a Alejandro Gallardo, "El Halcón", un guardaespaldas implacable que prometía lealtad. La pesadilla comenzó cuando Sofía rompió el abanico de mi madre, mi último recuerdo, y tras humillarla públicamente, los hombres de Alejandro me secuestraron. En un cortijo abandonado, mi supuesto protector ordenó destrozarme los tobillos y las muñecas con una fusta, acabando con mi futuro como bailaora. El dolor físico era insoportable, pero la verdad de la traición me aplastó: el teléfono para pedir ayuda estaba sin batería y sin SIM, una burla cruel orquestada por él. Mis gritos en la bodega, donde me encerró días sabiendo mi claustrofobia, fueron ignorados mientras mi padre y mi hermano, Mateo, me daban la espalda, eligiendo a mis verdugos. Cegada por la desesperación, me preguntaba cómo pude amar al monstruo que había acogido en mi casa, al hombre que convirtió mi vida en un infierno, quitándome todo lo que valoraba. La esperanza se volvió ceniza, dejándome con un vacío inmenso y un único deseo: la muerte, mi única escapatoria de su control y la crueldad de mi falsa familia. Pero la humillación final encendió una nueva fuerza en mí: en la fiesta de cumpleaños de Sofía, aunque lisiada y con el cuerpo roto, desvelé su farsa y la barbarie de Alejandro ante todos. Con un grito y un acto de autoflagelación, expuse sus crímenes y el vídeo de cómo mi madrastra incitó la muerte de mi madre, rompiendo oficialmente lazos con la familia Montoya. Ahora, aunque marcada por la batalla, había elegido vivir y vengarme, buscando un nuevo camino y una verdadera protección junto a Javier Crespo.
Amor Ciego: El Bombero Traicionado

Amor Ciego: El Bombero Traicionado

Mi matrimonio con Ana era perfecto, o eso creía yo. Llevábamos cinco años casados, pero desde hacía dos, la intimidad se había esfumado, reemplazada por su repentina santidad y la abstinencia justificada por una "purificación espiritual". Yo, Gustavo, un bombero que la amaba incondicionalmente, aguantaba en silencio, haciendo de esposo devoto, sacrificando mi propia felicidad por la esperanza de recuperar a la mujer de la que me enamoré. Pero un día, durante un incendio menor, la vi riendo a carcajadas en un centro comercial, de una forma que no recordaba, con un hombre que la abrazaba posesivamente y un niño de dos años en sus brazos. La traición me golpeó como un camión: Ana me había estado engañando durante años, ocultándome a su amante, Ricardo, ¡y a su hijo, Luisito!, mientras me condenaba por mis "necesidades primitivas". Como si no fuera suficiente, llegó a casa y me anunció gélidamente: "Quiero que adoptemos un niño... Luisito. ¡Y Ricardo, su padre, se mudará con nosotros!". Intentó justificarlo todo con su falsa fe: "Es un alma necesitada, como buena católica es mi deber ayudarlo", y me humilló llamando a mi dolor "escenas mundanas" que "manchaban su espíritu". ¡Ella usaba la religión para encubrir su infamia y pisotearme! La noche en que los descubrí en mi propia cama, a Ana, Ricardo y el niño, en mi propia casa, el mundo se me vino abajo. Les exigí el divorcio, pero ella sonrió con desdén: "¡No puedo divorciarme! Un escándalo así mancharía mi imagen y mi trabajo. Si intentas irte, ¡destruiré tu reputación de héroe!": me abofeteó, amenazando con calumniarme. Con el corazón destrozado y el alma aniquilada, me fui. Pero la vida, burlona, me dio otra dosis de crueldad. Tras sufrir un accidente que me dejó malherido, Ana, mi esposa, me abandonó a mi suerte en medio de la calle, demostrándome una indiferencia que me heló la sangre. Al día siguiente, ella me llamó, no para preocuparse, sino para ordenarme que sacara mis cosas de "nuestra" casa: ¡había decidido instalar allí a su amante y a su hijo! Fue entonces cuando, al revisar mi laptop, descubrí un álbum de "Mi verdadero amor": fotos y videos de Ana y Ricardo besándose en la playa hacía año, y ¡videos de Luisito desde su nacimiento! ¡Luisito era SU hijo! La mentira, el desprecio, la hipocresía me explotaron en la cara. Pero una extraña sensación de liberación me invadió. Me di cuenta de que llevaba años viviendo una farsa y que era hora de despertar. Ahora, esta bomba iba a estallar.