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Libros de Mafia para Mujeres

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Tentación prohibida: Sometida por el tío de mi esposo.

Tentación prohibida: Sometida por el tío de mi esposo.

Adelina Crown acepta un matrimonio de conveniencia con Nixon, uno de sus muchos pretendientes, sin imaginar que el tío de su nuevo esposo es Kael Romano, el hombre que más la ha desestabilizado en su vida. El reencuentro con Kael revive una atracción peligrosa que amenaza con consumirla. Kael, por su parte, no esperaba volver a ver a esa joven que tanto lo irrita y lo atrae. Su misión y su autocontrol tambalean cada vez que la tiene cerca. Enredados en una relación prohibida, Adelina y Kael se ven atrapados en un círculo vicioso del que no pueden escapar. Sus corazones y acciones los llevan por un camino inesperado. La tensión entre ellos crece con cada encuentro furtivo, mientras intentan mantener las apariencias frente a Nixon y el resto de la familia. Adelina lucha contra sus sentimientos, sabiendo que ceder a la tentación podría destruir su matrimonio y su reputación. Kael, por otro lado, se debate entre cumplir con sus responsabilidades familiares y laborales, y sucumbir a la pasión que siente por Adelina. El conflicto se intensifica cuando secretos del pasado salen a la luz, revelando conexiones y traiciones que complican aún más su situación. La obsesión mutua amenaza con desbordarse, poniendo en riesgo no solo sus corazones, sino también sus vidas. ¿Podrán liberarse de esta obsesión antes de ser descubiertos, o tendrán el valor de admitir lo que realmente sienten y enfrentar las consecuencias?
Él la salvó, yo perdí a nuestro hijo

Él la salvó, yo perdí a nuestro hijo

Durante tres años, llevé un registro secreto de los pecados de mi esposo. Un sistema de puntos para decidir exactamente cuándo dejaría a Damián Garza, el despiadado Segundo al Mando del Consorcio de Monterrey. Creí que la gota que derramaría el vaso sería que olvidara nuestra cena de aniversario para consolar a su "amiga de la infancia", Adriana. Estaba equivocada. El verdadero punto de quiebre llegó cuando el techo del restaurante se derrumbó. En esa fracción de segundo, Damián no me miró. Se lanzó a su derecha, protegiendo a Adriana con su cuerpo, dejándome a mí para ser aplastada bajo un candelabro de cristal de media tonelada. Desperté en una habitación de hospital estéril con una pierna destrozada y un vientre vacío. El doctor, pálido y tembloroso, me dijo que mi feto de ocho semanas no había sobrevivido al trauma y la pérdida de sangre. —Tratamos de conseguir las reservas de O negativo —tartamudeó, negándose a mirarme a los ojos—. Pero el Dr. Garza nos ordenó retenerlas. Dijo que la señorita Villarreal podría entrar en shock por sus heridas. —¿Qué heridas? —susurré. —Una cortada en el dedo —admitió el doctor—. Y ansiedad. Dejó que nuestro hijo no nacido muriera para guardar las reservas de sangre para el rasguño insignificante de su amante. Damián finalmente entró en mi habitación horas después, oliendo al perfume de Adriana, esperando que yo fuera la esposa obediente y silenciosa que entendía su "deber". En lugar de eso, tomé mi pluma y escribí la última entrada en mi libreta de cuero negro. *Menos cinco puntos. Mató a nuestro hijo.* *Puntuación Total: Cero.* No grité. No lloré. Simplemente firmé los papeles del divorcio, llamé a mi equipo de extracción y desaparecí en la lluvia antes de que él pudiera darse la vuelta.
Lágrimas de Traición, Fuego Interior

Lágrimas de Traición, Fuego Interior

La llamada llegó a las tres de la mañana. Un número desconocido. Era un agente de Interpol, la voz fría como el hielo, anunciando la peor noticia: mis padres, Alejandro y Laura, héroes condecorados, estaban muertos. Asesinados en Tijuana. Pero al día siguiente, la tragedia se transformó en un infierno público. Los titulares gritaban "AGENTES DE INTERPOL VINCULADOS AL CÁRTEL" , manchando su nombre. Decían que mis padres eran traidores, que murieron en un ajuste de cuentas de narcos. Una mentira. ¡Lo sabía! Llamé a Ricardo, mi prometido y capitán de la policía federal, rogándole que limpiara su nombre. Él prometió ayudarme, ser mi roca. Pero una semana después, la verdad me abofeteó. No por él, sino por la portada de una revista de sociales. Ricardo sonreía, abrazando a Ximena, la supuesta "víctima" que había rescatado en el mismo operativo donde mis padres murieron. Se iban a casar. ¡Me había abandonado por ella! La prensa me acosaba, la gente me señalaba en la calle. El mundo me aplastaba. Subí a la azotea de un edificio, lista para saltar, para que mi sacrificio demostrara su inocencia. "Sofía." La voz de Emiliano, el serio hermano mayor de Ricardo, me detuvo. Me rescató de ese borde con una promesa: "Yo te ayudaré. Limpiaremos su nombre. Te lo juro." En mi desesperación, me aferré a él. Un mes después, me casé con él, ciegamente confiada. Cinco años de una vida tranquila, de un matrimonio supuestamente seguro. Hasta que, embarazada de seis meses, escuché a Emiliano hablar por teléfono una noche. "A los padres de Sofía los ejecutaron a sangre fría. Ximena les disparó. Ella es la culpable." "Tengo que protegerla. Hice lo que tenía que hacer con los informes forenses. Nadie puede saber la verdad. Especialmente Sofía." El mundo se derrumbó de nuevo. Mi esposo, el padre de mi hijo, me había mentido durante cinco años. Había encubierto a la asesina de mis padres. La traición fue tan profunda que el amor murió. Pero esta vez, no había desesperación, solo una certeza helada: iba a encontrar justicia, sin importar a quién tuviera que destruir en el camino.
La Hija Firme Del Detective

La Hija Firme Del Detective

Mi vida con los Salazar era una jaula de oro, cada día una tortura silenciosa sirviendo a los narcos que me tenían presa. No había cadenas, sino un lazo invisible y brutal atado al cuello de Miguel, mi hermano pequeño, febril y herido en el fondo de la casona. Ellos cocinaban, yo limpiaba sus desórdenes, sonreía cuando me ordenaban, todo por Miguel, mi único ancla desde que papá, un detective condecorado, murió en un tiroteo. Ricardo Salazar, el hijo del capo, se divertía viéndome humillada, mientras la medalla de valor de mi padre, nuestro último vestigio de honor, era pisoteada, abollada, partida en dos. "¿Por qué?", susurré, mientras Sofía, la novia de Ricardo, me arrancaba la medalla y la rompía frente a mis ojos, riéndose de mi dolor y de la muerte de mi padre. No solo destrozaron un símbolo, destrozaron mi última pizca de esperanza en su humanidad, me obligaron a tragar su mentira de que mi padre era un traidor. La indiferencia de Ricardo ante el sufrimiento de Miguel, sus palabras asquerosas y la crueldad gratuita de Sofía fueron el colmo. Pero no sería su víctima, sino su verdugo; mientras los pedazos de la medalla de mi padre se clavaban en mi piel, prometí que no solo salvaría a Miguel, sino que los haría pagar. Con ese dolor como combustible, ya no era una esclava sumisa, era un águila a punto de volar, recolectando pruebas, afilando mis garras para desatar un infierno sobre ellos.
El despertar a la traición del Don de la Mafia

El despertar a la traición del Don de la Mafia

Desperté de un coma de cinco años solo para encontrar mi acta de defunción archivada, firmada por mi propio esposo. Dante de la Vega, el Don de la Ciudad de México, me miraba como si fuera un milagro, pero sostenía la mano de otra mujer. Sofía Rivas llevaba mis diamantes, vivía en mi casa y estaba al lado del hombre para el que yo había construido un imperio. Pero la verdadera traición no fue la amante. Fue mi hijo. Cuando intenté acercarme a Leo, mi bebé, él retrocedió despavorido y escondió la cara en el vestido de Sofía. —¡Vete! —gritó. —¡Mamá Sofía dijo que eres un monstruo! ¡Que eres un fantasma! Sofía me sonrió, una sonrisa que cortaba como navaja, afilada y triunfante. No solo me robó a mi esposo; reescribió los recuerdos de mi hijo para convertirme en la villana. Para proteger la alianza familiar, Dante me obligó a guardar silencio. Cuando Sofía, más tarde, chocó mi auto en la pista de carreras para terminar el trabajo, Dante pasó corriendo junto a mi cuerpo ensangrentado para consolarla por una uña rota. Cuando ella fingió una enfermedad terminal, él me sacó a rastras de mi cama de recuperación. Me obligó a donar mi sangre, de un tipo muy raro, para salvarla. —Hazlo por la familia, Elena —dijo, mientras veía cómo la vida se me escapaba para llenar las venas de la mujer que nos destruyó. Esa noche, no solo me fui. Me borré del mapa. Dejé mi anillo de bodas al borde de un acantilado y dejé que el mundo creyera que Elena de la Vega finalmente se había ahogado. Seis meses después, Dante estaba sentado entre el público de una cumbre tecnológica mundial en Zúrich, buscando desesperadamente a su esposa muerta. Yo subí al escenario con un traje sastre blanco, mirándolo directamente a los ojos. —Mi nombre es Catalina Harding —anuncié. Y me preparé para reducir su mundo a cenizas.
Un Castigo Llamado Amor

Un Castigo Llamado Amor

El olor a desinfectante y sangre invadía mis pulmones. Mi hermano Mateo yacía en la cama del hospital, su pequeño cuerpo conectado a tubos, destrozado por los hijos de Ricardo Valenzuela, el narco que controla la ciudad. Pero en ese infierno, el doctor me soltó otra sentencia: "Es cáncer gástrico, etapa avanzada". No podía creerlo. No había tiempo para mí, Mateo me necesitaba. Justo cuando mis esperanzas se agotaban, el cheque del seguro de vida de papá, un agente de la Patrulla Fronteriza, llegó. Era una miseria. La siguiente cirugía de Mateo era en una semana. Necesitaba más dinero. Mucho más. Afuera, los hermanos Valenzuela me esperaban, con sonrisas torcidas. Se burlaron de Mateo, me rodearon. Corrí ciega, las lágrimas nublando mi vista, hasta que choqué con un cuerpo duro. Un olor familiar inundó: tabaco caro y loción. Levanté la vista. Era él. General Alejandro Vargas. Mi protector, mi primer amor, ahora me miraba con ojos fríos. Junto a él, Isabel de la Torre, la mujer que me había robado mi vida. "¡General, esta mujer intentó extorsionarnos!", mintió Javier, el mayor de los Valenzuela. Esperé una pizca de duda en Alejandro. No había nada. Sus ojos me juzgaban, me condenaban. Su silencio fue peor que cualquier golpe. Pasé cinco años encerrada en un infierno, destrozada, pero guardando un secreto mortal. Recogí los billetes que Alejandro me arrojó, como si mi vida valiera tan poco. "Das asco", siseó. "Siempre se ha tratado de dinero para ti". Me tragué mi orgullo, mi dolor. Me convertí en la villana que necesitaba que fuera. Me arrastró a su penthouse, me empujó contra la pared. " "¿Te gustó el espectáculo de hoy? ¿Disfrutaste arrastrarte por mi dinero?" " No era solo posesión, era castigo. " "Isabel está embarazada," " dijo, clavándome un cuchillo en el corazón. Me forzó a organizar su boda, a ver cómo construía una vida sobre las ruinas de la nuestra. Soñé con el Alejandro que me amaba, pero Isabel me despertó con una sonrisa llena de odio. Derramó jugo sobre su vestido blanco, y Alejandro, cegado por la furia, me obligó a beber una botella entera de champán. " "¡Miente! Lo hizo a propósito. ¡Me odia! ¡Está celosa!" " sollozó Isabel. Cuando despertó con fiebre, delirando, susurró el nombre de Isabel. Así que llamé a Isabel. " "Dile que fuiste tú quien pasó la noche con él." " Me desplomé en la acera, inconsciente. Él no me llamó. No preguntó por mí. Tres meses después, Alejandro encontró el diario de Sofía. Descubrió la verdad: su amor, su sacrificio, su cáncer. El dolor lo golpeó como un rayo. Sofía no era la traidora. Era la mártir. Con el corazón destrozado, Alejandro canceló su boda y castigó a quienes la dañaron. Pero ya era demasiado tarde. Sofía había muerto en el incendio, y su cuerpo fue disuelto por la ciencia. Desapareció. Ni cenizas, ni huesos, ni tumba. Alejandro, el poderoso General, se convirtió en un vagabundo, atormentado por su culpa. " "Sofía," " susurraba a las olas, al viento, a la nada. " "Sofía, mi amor, ¿dónde estás? Estoy aquí. Esperando. Siempre esperándote." "
Vendida a la Bratva: La Traición de Mi Esposo

Vendida a la Bratva: La Traición de Mi Esposo

Noventa y nueve días. Ese era exactamente el tiempo que había pasado desde que mi esposo, Damián, entregó mi vida a un cártel rival solo para salvar a su amante de un ataque de pánico. Entré en los terrenos de la hacienda de los De la Garza solo para encontrarlo acariciando el vientre de seis meses de embarazo de ella en mi propio funeral. No parecía un viudo afligido; parecía un hombre que finalmente había enterrado su error. Cuando revelé que estaba viva, Damián no cayó de rodillas aliviado. En lugar de eso, protegió a Lucía. Creyó sus mentiras de que yo estaba loca, de que era una amenaza para su "heredero". Para demostrarle su lealtad, se quedó de brazos cruzados mientras mi padre me azotaba en la capilla familiar hasta que mi espalda quedó hecha jirones. Luego, me arrastró al techo y me arrojó a una alberca helada, viéndome ahogar simplemente porque Lucía afirmó que la había empujado. Él no sabía que Lucía estaba fingiendo el embarazo. No sabía que era ella quien vendía secretos a Los Valdés. Destrozó a su leal esposa para proteger a una traidora. Ahora, seis meses después, está de pie bajo la lluvia sosteniendo el collar de diamantes de los De la Garza, rogándome que vuelva a casa. Cree que puede comprar el perdón. Pero no ve al hombre que está de pie en las sombras detrás de mí: el sicario que recibió una bala por mí cuando Damián estaba ocupado rompiéndome los huesos. Miré los diamantes, luego a mi esposo. —No quiero un Rey —susurré—. Elegí al soldado.