ntas de su armadura de cuero, buscando cualquier centímetro de piel expuesta para clavar sus dientes helados. Estaba a trescientos metros sobre
tención que brillaban con un tenue pulso azulado, permanecían cerradas. Delante de él,
fatiga impaciente de quien lleva demasiadas horas de turno-. E
odo, conocía la hipocresía de la corte, donde se hablaba de dragones co
espondió Aeric, su voz apenas audible sobre el aullido del viento-
s de retirarse. Aeric esperó hasta que el sonido de las botas se desvaneció p
alor seco y sofocante, cargado con el olor acre del azufre, ceniza vieja y algo más metál
bismo artificial de la caverna. Abajo, en la penumbra ilumin
l Último
a montaña de músculos y escamas que brillaban como rubíes pulidos bajo la luz oscilante. Su respiración era un rit
, se sintió insignificante. Siempre se sentía así. Era el Príncipe Heredero de Valerion, fut
uave, caliente al tacto, irradiando una temperatura que habría quemado a cualquiera que no
viejo amig
o al enfocar al humano. Hubo un retumbar profundo en la garganta de la bestia, un
presión en la parte posterior del cráneo de Aeric. Sintió la irritación del dragón, el
tencia o un bufido juguetón que le despeinaba el cabello. Hoy, el dragón
c, recorriendo con la mano el
en el metal palpitaban al unísono con el ritmo cardíaco de Aeric. Era la herramienta que permitía a los reyes de Valerion controlar a las bestias, un artefacto
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