ugada era absoluto, roto solo por el chirrido de la puerta del coche al cerrarse. Alba caminó hacia la entrada con una cojera evidente; cada paso era
l entrar en el recibidor, el olor a cera y a encierro la golpeó de frente. Durante
cididos de João, sino unos titubeantes, ligeros. Lucía y Tiago aparecieron en el rellano, todavía con el r
asomaba bajo el pantalón de lino de su madre-. ¿Qué te ha pasado? ¿Dó
n el ceño fruncido. Sus manos, siempre ocupadas con mand
ón con un suspiro que no era de dolor, sino de agotam
si no era para hacer la compra o ir al médico, montando en bicicleta por la noche, era algo que sus men
ó, su voz era un murmullo grave-. Mamá
sabe que estoy herida y ha decidido que sus reuniones en la capital son más urgentes q
l vendaje blanco manchado de un poco de suero. Alba le acarició
parte más de esta casa. Como la persona que prepara el café, la que dobla las sábanas,
, desde la cocina, observaba la
mi promoción. Sé cómo funcionan las grandes industrias, sé cómo prevenir catástrofes, sé cómo gestionar equipos de cientos de personas. He pasado v
an hablado de la profesión de Alba. Para ellos, mamá era simpleme
legue, las cosas van a cambiar. No voy a pedir permiso para respirar nunca más. Tengo una oportunidad... -Alba buscó con la mirada hacia la mesa del comedor, donde la tarjeta de la empr
. Por primera vez en años, no había una pantall
mamá? -preguntó
que entró en esta casa hace veinte años ya no existe. Y l
o llamó. No envió ni un solo mensaje para preguntar cómo había pasado la noche, si necesitaba medicación o si la heri
, observando el Cerro San Luis. Ya no lo miraba con envidia, sino con reconocimiento. El cerro estaba
on una bandeja de té. La joven se veía
e. Siento que tengo la culpa. Si yo no la hubiera conv
e Marta entre las suyas. Eran unas manos
si no hubieras llamado a João, yo seguiría creyendo que él es mi protector. Tu llamada me mostró la v
la mano de
na empleada. Y yo te prometo que, pase lo que pase mañana, te voy a proteger. Si yo salgo de aquí, tú vienes
ra vez en esa casa, se sentía un aire de complicidad femenina,
l lado de la cama que compartía con João. Se acurrucó en su p
planta industrial, con un casco blanco y planos bajo el brazo. Se imagiectrodoméstico más de la casa. Pero el domingo estaba terminando. Las cenizas de su vieja vi
casa" regresaría de la capital esperando e
Un dolor que le decía que todavía estaba a tiempo de empezar a contar su propia
esperar que nadie viniera a rescatarla. Porque ella ya se había resca
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