ados de la ciudad. En la casa de los Silva, el tiempo no corría; se estancaba en las esquinas, acumu
olvía en el aire viciado. Sus manos rodeaban la taza de porcelana,
itantos, con ojos que retenían el brillo del mundo exterior, ese que Alba solo consumía a través de los cristales del bal
egar el suelo con movimientos rítmicos-. ¿Otra noche s
un gesto que se sentía c
a. Agosto no deja
de la fregona. Miró a Alba con una curiosidad q
eñor mientras limpiaba el polvo... Unos títulos. Me dio curiosid
a sonó en su mente como un eco de una vida anterio
zó un milímetro-. Me gradué con honores. Mi especialidad era la prevención de ri
sita suave, pero c
cárcel, ¿no? Mire, le cuento: los jefes de mi mamá son dueños de una empresa de logística muy grande. Siempre se están quejando de que no encuentran pers
da de algo que no era
ompa. Además... -hizo una pausa, mirando a su alrededor-, no tengo necesidad. Lo he tenido todo aquí. João se ha encargado de que no me falte ni un t
elantal y sacó una tarjeta blanca, algo doblada por las esquinas. L
rrieron y uno solo está esperando a que el humo se disipe para ver las ruinas. Ahí
artefacto prohibido. Rápidamente, con el corazón latiendo contra las costillas como un pájaro atrapado, caminó hacia el salón. Abrió un ejemplar de Poesía Portuguesa que João le ha
pios continentes de desidia. A veces, Alba se preguntaba si ellos también sentían ese vacío o si, por el contrario, habían nacido con una inmunidad natural al aburrim
o San Luis. Era una mole de roca y vegetación que dominaba el paisaje del pueblo. Alba lo había visto cada día de su vida
es -susurró
ía sentido la tierra de sus senderos bajo sus zapatos, ni el olor de sus pinos tras la lluvia. Para ella,
un rojo sangriento que parecía un aviso. Alba esperaba el sonido del motor del coche de
mesa de noche vibró con una insist
inversores de Capital. No podré volver a ca
una penumbra azulada. No hubo llanto, ni rabia. Solo una expansión del vacío que ya conocí
on Marta, que terminaba de recoger sus cosas para irse a dormir a la habitación d
untó Marta, con una voz su
ientras bebía un sorbo de
n es muy importante. No vend
a Alba. Por primera vez, la barrera entre empleada y señora
, nunca he visto que salgan a una actividad en familia. Ni un cine, ni una cena, ni un pasas manos que alguna vez sostuvieron planos de ingeni
gulo perfecto: de la casa a la escuela, de la escuela a la casa. Luego, de la universidad a la casa. Nunca compa
de la vieja biblioteca donde estu
mí, él fue la puerta que se abría. Me casé pensando que iba a empezar a vivir, pero lo que hice fue cam
a con el mentón a
quiera la playa? Estamos a c
cuerdos. Solo fotos borrosas donde ni siquiera estoy segura de si soy yo esa niña frente a las olas. Y el Cerro San Luis... -miró hacia
y le puso una m
Los hijos están en sus cuevas. Quizás es hora de que
ó el libro de Poesía Portuguesa y sintió el relieve de la tarjeta de visita bajo la portada. La
oão. Esa noche, por primera vez en dos décadas, Alba soñó con el mar, pero no era un mar azul y tranq
e había estado oxidada por años, empezó a g
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