El Trato de la Herencia
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to para el fin de una era. El frío de noviembre en Manhattan no era simplemente climático; era una entidad física que calaba h
imponente y sus ojos grises como el acero templado, observaba cómo descendía el ataúd de su abuelo, Silas Thorne. No había dolor en su rostro,
lida de Broadway, señor -susu
para ser útil, lo suficientemente lejos para no invadir su espacio. Elena era la eficiencia hecha mujer. Con su cabello castaño recogido en un moño impecable y un
-preguntó Alexander, su voz
notario Harrison ya está en la s
rminemos
su tableta, ignorando el paisaje urbano. Elena, sentada frente a él en el Cadillac blindado, mantenía la vista fija en su propia agend
sula de
r en la sala de juntas, Alexander sintió la vibración de la carroña. Su primo Julian, un hombre cuya ambición solo era superad
calidez-. Un día histórico. Fi
erecho de sangre y sudor. El notario Harrison, un hombre que parecía haber envejecido
las gafas-. "A mi nieto, Alexander Thorne, le lego mi participación c
dición? Silas nunca hablaba de
er es un hombre peligroso para los accionistas. Para heredar el control total, Alexander debe demostrar estabilidad. La cláusula estipula que de
nder sintió como si el suelo bajo sus pies
samente baja-. ¿Mi abuelo pretende que compre
sar-, el 51% de las acciones pasará a un
ajada que resonó en l
nas no se casan. Tienes un mes para encontrar a alguien que soport
a en la
haban chispas de una furia contenida que habr
golpeó la mesa de caoba. La frustración era un sentimiento
o legal. Quiero ese testamen
spondió ella. Su voz er
pero se detuvo. Elena no estaba mirando su agenda. Estaba p
has
privados. El señor Silas se aseguró de que fuera hermético. Si intenta pelear en los tribunales, el fideicomiso
e la camisa. Sentía que las paredes se cerraban sobre él. La empresa
ejo sabía que nadie aceptaría casarse conmigo de verdad. Soy "el mo