Santuario Prohibido
ENT
rtara a Dios. Me apoyo contra la madera y cierro los ojos. El silencio del convento no me calma. Me acusa. Y entonces vuelve él. El recuerdo de su aliento tibio rozándome la piel, el peso de su cuerpo herido a
y la lana negra cae al suelo como una sombra derrotada. Me queda el camisón blanco, tan fino que la luna lo atraviesa, revelando la curva de mis caderas, el perfil de
recuerdo de su boca: áspera, exigente, abriéndome con una urgencia que robó mi aliento. Recuerdo el peso de su cuerpo contra el mío, la firmeza de sus manos en mi cintura, cómo sus dedos se hundieron en la
al centro de mi ser. Mis propias manos parecen ajenas cuando se deslizan por mis costillas, titubeantes al principio, luego con una determinación que me aterra. Una palma se aplana contra mi estómago, y siento el fuego l
ece. Empujan el fino algodón, se cuelan por el borde, hasta encontrar la humedad que ya me traiciona. El contacto es un relámpago.
acer puro y vergonzoso. Cada imagen mental -su mirada en la penumbra, el sabor de su beso, la promesa ronca en su voz- aviva el fuego. Me arqueo en la cama, la espalda curvada, ofreciéndome a
nunda por dentro, sacudiéndome con olas sordas y prolongadas que me dejan temblando, con los mú
smo tibio. Me llevo la mano al pecho, donde la cruz yace fría contra el calor de mi piel. Susurro una oración, pero las palabras suenan huecas, rotas. ¿A qui
ndiada por dentro. Las velas arden bajas, como si también supieran callar. Él aparece sin heridas,
ombre -Valentina- como si fuera una blasfemia dulce, un secreto que no debería decirse en voz alta. Me hace girar. Su boca toma la mía
su cuerpo, con la presión insistente de su presencia entre mis piernas, recordándome que no soy solo fe, que también soy carne. Cada movi
ra. Su boca desciende por mi cuello, dejando un rastro de fuego que me hace cerrar los ojos. Me
erpo ardiendo, temblando. Las sábanas están revueltas, y entre mis muslos late un eco fiel del sueñ
a traición silenciosa. Voy en busca de Dios, pero mi carne, aún vibrante, solo recuerda el peso de u