“En mi cumpleaños número veintiuno, mi prometido, Alejandro, y mi hermanastra, Bárbara, me drogaron y vendieron mi primera noche en una subasta secreta. Luego me culparon de incendio provocado y pasé los siguientes tres años en el reclusorio, aprendiendo a sobrevivir. Después de mi liberación, luché en clubes clandestinos, sangrando por la lana para recuperar la casona de mi familia en Polanco. Pero Alejandro me encontró, llamándome "una cualquiera" mientras intentaba arrastrarme a casa. Me ofreció una "última oportunidad" para disculparme con Bárbara por los crímenes que ella cometió. Cuando me negué, anunció públicamente la venta de mi casa. Todas las ganancias serían donadas a la "Fundación Filantrópica Bárbara Rivas". No solo me quitó mi dinero; me arrancó el alma. Se llevó la última pieza tangible de mis padres, de mi identidad. Todo se había ido. Mientras me derrumbaba en el suelo mugriento, con mi mundo hecho pedazos, busqué a tientas mi celular. Solo quedaba un nombre, una última esperanza. -Bruno -logré decir con la voz rota-. Por favor. Necesito tu ayuda. Sácame de aquí.”