“Lo último que recuerdo es a mi prometido, César, brindando por nuestro futuro. Lo primero que escucho al despertar en un hospital es a él, pidiéndole al Don más temido de la ciudad que finja ser mi prometido en su lugar. Un doctor dice que tengo un daño neurológico severo. Amnesia. Luego, entra mi mejor amiga, Valeria, la mujer que consideraba mi hermana. Su mano está entrelazada en el brazo de César, su cabeza descansa en su hombro. Parecen una pareja perfecta, enamorada. Escucho la voz frenética de César en el pasillo, sin siquiera molestarse en susurrar. "Por favor, Leonardo", le ruega al Don, Leonardo Herrera. "Solo hazme este favor. Necesito un respiro de toda su plática de matrimonio". Luego su voz se vuelve resbaladiza, tentadora. "Como su 'prometido', finalmente podrás hacer que firme el acuerdo de demolición de la casona de los Ochoa. Hará cualquier cosa que le pidas". Mi corazón se convierte en un montón de cenizas frías y muertas. El hombre que amaba y la mujer en la que confiaba no solo me traicionaron. Intentaron borrarme. Cuando todos regresan a mi habitación, me recompongo. Aparto la vista de César, de Valeria, y la fijo en el hombre más peligroso de la ciudad. Una leve sonrisa toca mis labios. "Solo tú me resultas familiar", le digo a Leonardo Herrera, mi voz es algo suave y roto. "Prometido", digo, la palabra sabiendo a veneno y oportunidad. "Lo siento, parece que he olvidado tu nombre. Llévame a casa".”