“Por quinientos pesos, le vendí un pedazo de mi dignidad al rey de la prepa. Tenía dieciocho años, me moría de hambre y estaba lo suficientemente desesperada como para aceptar su apuesta. Esa simple foto destruyó mi vida. Me convertí en "Elena la de quinientos", la zorra de la escuela, perseguida por susurros y desprecio. Mi madrastra y mi hermanastra se deleitaron con mi humillación pública, asegurándose de que mi vida fuera un infierno. Pasé la siguiente década partiéndome el lomo para llegar a la cima de Santa Fe, pero morí sola, llena del amargo arrepentimiento de una juventud robada. Hasta el final, nunca entendí por qué todos me odiaban tanto. Entonces, abrí los ojos. Tenía dieciocho años otra vez, de vuelta en ese salón de clases, momentos antes de la apuesta que me arruinó. Una sombra se cernió sobre mi pupitre. Era él. -Te veo a la salida -susurró Javier Macías, con una mirada de suficiencia en su rostro. Pero esta vez, la chica asustada y hambrienta se había ido. En su lugar había un tiburón. Y yo estaba lista para jugar.”