“Las puertas de la iglesia se abrieron y el día de mi boda se hizo añicos. Mi prometido, Carlos, se apartó de mí en el altar, con los ojos clavados en su cuñada embarazada, Camila. La guio por el pasillo como si ella fuera la novia, dejándome a mí como una estatua de encaje blanco. Me suplicó que me quedara, jurándome su amor, escudándose en el deber hacia su hermano muerto. Tontamente, le creí, solo para encontrar las maletas de Camila ya instaladas en nuestro nuevo hogar.”