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Mi Dinero, Tu Desgracia

Capítulo 1 

Palabras:746    |    Actualizado en: 09/07/2025

r era de 2-1, y el equipo de mi hijo, los "Halcones Dorados", estaba a solo segundos de ganar el campeonato de la liga. Juanito, mi hijo, era la estrella, el gol

Juanito levantar los puños al cielo, con una sonrisa que podría iluminar toda la Ciudad de México. Mi corazón se hinchó

se preparaba para entregar el trofeo, una

mome

en el equipo perdedor, la seguía con una expresión petulante. La familia Rojas era nuestra rival acérrima, no solo en el fútbol, sino en el mundo de la gastronomía. Años atrás, habían usado engaños para arruinar la reputac

un hombre nerv

la ceremonia es

pleto, sus ojos fijos en e

a, cualquier persona puede hacer una donación para apoyar el desarrollo del fútbol juvenil. Y la donaci

a la multitud de padres. Nadie había

dedos, y su asistente

resonando con el poder del dinero. "A cambio, el trofeo

n millón de pesos por un trofeo infantil. Era obsceno,

con los ojos llenos de

sto! ¡Nosotros ganam

cabello, mi propia ira ardiend

acercó, b

tu estúpida beca diez veces. Los pobres como tú solo saben corr

l espectáculo, saboreando nuestra humillación pública. Me

, pero clara, cor

egura de que puede per

ó una carcaja

ida con ropa barata, se atreve a c

negra, brillante y exclusiv

ardo Vargas, el hombre que dirige el imperio culinario más grande del país. ¿Sabes quién es Ricardo Vargas

Un esposo que no tenía idea de que la vasta fortuna que él administraba

lada se formó

ando comprar a mi hijo con mi propio dinero. Y yo esto

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Mi Dinero, Tu Desgracia
Mi Dinero, Tu Desgracia
“El sol de la tarde besaba el campo de fútbol, mi corazón estallaba de orgullo mientras veía a mi hijo, Juanito, la estrella de los "Halcones Dorados", a punto de ganar el campeonato y asegurar una beca a "El Futuro". Pero la celebración se congeló con una voz helada. Isabella Rojas, la matriarca de "La Corona" y nuestra némesis culinaria, apareció como dueña de todo, anunciando que el trofeo y la beca serían para su hijo, Mateo, por la "donación más alta". La incredulidad se apoderó de la multitud. Juanito, con lágrimas en los ojos, corrió a mis brazos, mientras Mateo se burlaba y me llamaba "pobreta". Isabella, arrogante, agitó una tarjeta American Express Centurion, la "ilimitada" de Ricardo Vargas, mi propio esposo, gritando que con "su" dinero podía comprarnos a mí y a mi hijo. La humillación pública era un veneno que me quemaba, pero una sonrisa helada se formó en mi interior. Pobre ilusa, pensé. Estás intentando comprar a mi hijo con mi propio dinero. Y estoy a punto de cortarte la línea de crédito para siempre.”
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