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La Elegida Olvidada del Sol

Capítulo 4 

Palabras:930    |    Actualizado en: 08/07/2025

como debilidad, como la vergüe

anchó, llena de u

ara con una niña. "No te preocupes, no soy tan cruel, te permitiré vivir tu vida en la oscuridad,

ntró en el jardín, su paso lento pero firme,

lado, alto y formidable c

Itzcóatl vac

ignifica esto? Este es un a

lado, colocando una mano

as repudiado a Xochitl, la has liberado de cualquier vínculo contigo según las

, una sombra de confusió

qué imp

ueno. "Porque yo, Cuauhtémoc, líder de los guerreros águila, he soli

uió fue pesado, car

a arrogancia a la incredulidad, y

ro jugar con un juguete que él

ada clavándose en mí. "

hablé directamente contra él, no con

ije, mi voz clara y firme. "El señor Cuauhtémoc me ha

un paso adelante. "¡Tú me perteneces!

an descarada que re

o de músculo y honor. "La arrojaste a una fosa con serpientes, la humillaste

ró, sus ojos fur

Cuauhtémoc era peligrosa, así que recurrió a lo qu

e razonable. "Este hombre solo te usa para sus ambiciones política

su voz bajando a un

a Citlali, pero puedo darte un lugar en el palacio, serás

n degradante, que una oleada de

tortura, la traición, ¿creía que podía comprarme con la promesa de

cia no ten

mujer, debería sentirse agradecida p

e el m

l, la que alguna vez pudo haber sentido algo por el hombr

ersión tan profunda y absoluta

que viera un destello de lo que

algo mucho más fr

o que se siente

z goteando un sarcasmo tan sutil que solo alguien que m

se mi mano en su brazo, un ges

tá con mi fut

de Itzcóatl era algo

tirano al que se le niega alg

mente, su capa de plumas

itl" , gruñó por encima del hom

as de sí una estela de

en mi interior, hic

vería

rutaría de s

seria, cada cosecha fallida, cada niño hambriento, cada plaga que azotara

abía despreciado era la única

tenciado a mí, sino que había firmado la

había c

lo de sobrevivir, s

iba a

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La Elegida Olvidada del Sol
La Elegida Olvidada del Sol
“El gran salón del palacio rezumaba incienso de copal, denso y pesado, mientras cientos de nobles se congregaban para la ceremonia que sellaría el destino del imperio. Yo, Xochitl, la "Elegida del Sol", estaba a punto de ser consagrada como la esposa principal del Emperador Itzcóatl, uniendo nuestros linajes sagrados para asegurar décadas de prosperidad. Pero al mirar a Itzcóatl en su trono, solo encontré un desprecio gélido. "¿Realmente creyeron que me ataría a esta farsa?", su voz resonó, "¡A una mujer cuya única virtud es un cuento de viejas!". Inmóvil, con la túnica ceremonial blanca como una mortaja, mi corazón latía con el eco doloroso de una vida pasada. Porque ya había vivido este momento, ya había sentido esta humillación, y sabía su desenlace. El recuerdo me golpeó como un rayo: en mi vida anterior, había suplicado entre lágrimas, recordándole el pacto ancestral. Él se había reído cruelmente, repudiándome y entregándome a sus guardias como a un animal. Mi familia, protectora del pacto por generaciones, fue acusada de traición, sus tierras confiscadas, sus nombres borrados. Todo, por el ciego amor de Itzcóatl hacia su concubina, Citlali, quien ahora sonreía con triunfo a su lado. Mi final fue brutal: abandonada en una fosa helada, morí de hambre y frío, con las risas de Citlali susurrando: "El sol te ha abandonado, Xochitl". Pero los dioses no me abandonaron; el pacto era real. Me concedieron una segunda oportunidad, no por piedad, sino por equilibrio. Desperté gritando hace unos días, justo a tiempo para revivir el inicio de mi caída. Pero esta vez, no había lágrimas ni súplicas. Solo un vacío helado y una determinación dura como la obsidiana. "Mi Emperador", dije ahora, mi voz sorprendentemente calmada, sin rastro de la emoción que me consumía. Levanté la vista y lo miré directamente a los ojos. Itzcóatl se desconcertó, esperando histeria. "¿No tienes nada que decir, mujer? ¿Ninguna súplica a tus dioses falsos?". Su arrogancia era palpable. Citlali se aferró a su brazo, su preocupación fingida. "Mi señor, no seas tan duro con ella", dijo con voz melosa, "Quizás cree en esas viejas historias; no es su culpa ser tan ignorante". Sus palabras, veneno envuelto en miel, antes me enfurecían. Ahora, las recibí con una serenidad que los descolocó. Hice una reverencia profunda, una sumisión que contradecía la tormenta en mi interior. "La sabiduría del Emperador es tan vasta como el cielo", dije, con sinceridad vacía. "Si mi presencia y mi linaje son una farsa, entonces no soy digna de estar a su lado". El silencio en el salón fue absoluto. "Me retiraré a mis aposentos y esperaré el juicio del Emperador", continué. Itzcóatl frunció el ceño; mi sumisión lo desarmaba. "¡Vete!", espetó, "¡No quiero volver a ver tu rostro!". Caminé hacia la salida, mi mirada se cruzó con Cuauhtémoc, el líder de los guerreros águila, él creía en el pacto. Mientras pasaba, Citlali soltó una risita cristalina, y él la rodeó con sus brazos, su adoración ciega. La escena quemaba en mi memoria, una réplica exacta del pasado. Pero esta vez, el dolor no me paralizó, alimentó la llama fría en mi pecho. Los dejé en su nido de amor y ambición. No volvería a suplicar. Esta vez, simplemente me haría a un lado. Y observaría cómo el imperio, cuya prosperidad dependía de mi sangre, se desmoronaba hasta convertirse en polvo. Y él, el gran Emperador Itzcóatl, se arrastraría sobre esas cenizas, suplicando por la farsa que ahora repudiaba. Esa era mi nueva meta, mi única razón para esta segunda vida. No buscaría venganza activa, solo dejaría que la verdad se revelara a través de la hambruna, la sequía y la desesperación. Mi venganza sería la propia caída de Itzcóatl.”
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