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No Hubo Amor Desde Principio

Capítulo 4 

Palabras:776    |    Actualizado en: 08/07/2025

misma metiéndome los dedos en la garganta hasta vomitar, un

n cerca de la muert

perderme desperta

ospital, corrí hacia él, t

ir, con los ojos llenos

e tiempo de

el, llegó just

aba contraído

ó del cuello de la bata del ho

cidarte para llamar la atención! ¿No tienes suficiente con haberno

on una fuerza que no

venosa se salió de mi brazo, y una gota de sang

uscando ayuda, una

on los brazos cruzados, observan

s doloroso que los

tuvo a mirar, sus ojos lleno

me me miró con lástima, pero t

ilusión que tenía sobre

r. No había

odio profund

e día, las cos

ron la a

consíguelo tú mism

mitorios de la escuela, un lugar

otras quince chicas, durmiend

ajar después de la escuela, li

odía encontrar: pan duro

r de todo,

mostraría que est

alguien de quien no pudiera

como una

bajo la tenue luz de una lámpara, mie

estudiante de mi clase,

aciones era

atemáticas, de cien

ra una pequeña victoria, una

inales del bachillerato, obtuve la p

y nerviosismo, fui a casa ese fin de semana,

quizás esto finalm

en la sala, puliendo

mi voz apenas u

endí e

n segundo y luego se rio, u

tas te hacen mejor? ¿Crees que est

e nada..."

Z

strelló cont

fuerte que me hiz

ió, un dolor a

lo mataste. Y nada, absolutamente n

alificaciones en pedazo

no. Tú eres solo... tú. Una imitación barata y retorcida. Nunca, e

nto. Vio los papeles rotos en el suelo, mi

ijo

mi dolor fuera una m

pena", dijo, y guio a mi m

n el suelo, recogiendo los p

ra una verdad cruel que se

borrarme a

ertirme en una

es, solo quiz

la oportunidad

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No Hubo Amor Desde Principio
No Hubo Amor Desde Principio
“Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de mi muerte. Morí el día que cumplí dieciocho años, el final de un castigo de ocho años. Todo comenzó con un error: a los diez, le rogué a mi hermano Mateo que volviera de su viaje, y esa noche mis padres recibieron la llamada: un accidente, no hubo sobrevivientes. Me convertí en la sombra culpable. La noche que morí, la lluvia caía a cántaros. Un hombre me seguía. Temblorosa, marqué a casa. Mi madre contestó, pero mi súplica desesperada fue recibida con un silencio gélido. "¿Otra vez con tus mentiras para llamar la atención? Si tan solo te parecieras un poco a tu hermano... pero no, tenías que ser tú la que quedara. No vuelvas a llamar". Y colgó. La pantalla del celular se oscureció, y con ella mi última esperanza. La frase de mi madre, "Ojalá nunca hubieras nacido" , resonó mientras la silueta del hombre se acercaba. Recogiendo los pedazos de mi éxito, mi madre me abofeteó: "Tú lo mataste. Nada de lo que hagas cambiará eso". Mi padre, presente, solo suspiró, guiándola fuera. Sentí el crujido de mis huesos mientras el hombre me arrastraba a un callejón. El olor a sangre y basura, el brillo de un cuchillo. Después, nada. Horas después, mi padre, Javier Romero, detective forense, llegó a la escena del crimen, indiferente. En la morgue, mi padre analizó mis restos destrozados, buscando indicios del asesino. Cuando Ricardo Solís, capitán y colega, le preguntó si conocía a la víctima al ver mi identificación, mi padre respondió con una crueldad helada: "Esa niña... Ojalá ya estuviera muerta hace mucho tiempo. Ella no es mi hija. Mi único hijo murió hace ocho años". Sus palabras me hirieron incluso en la muerte. Floté sobre él, escuchando sus quejas sobre la brutalidad del asesino, sin saber que la "pobre chica" a la que se refería era yo, a quien había abandonado a su suerte la noche más oscura de mi vida. Supe entonces una verdad terrible: para ellos, yo ni siquiera calificaba para ser amada. Era una plaga, un error. Era un bicho de alcantarilla que no merecía vivir.”
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