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La Verdad Quebró un Hogar

Capítulo 2 

Palabras:692    |    Actualizado en: 08/07/2025

su cuarto, atraída por el aroma, esperando encontrar su desayuno servido. En cambio, vio a Sofía sentada sol

oña Elena se

eguntó, su tono mezcla

ra levantó la v

ambre, la coc

a los campos petroleros, escuchó el

os tener una mañana en paz? Sírvele

ncontraron con los de Marco. Había un

e que

mira cómo me desprecia. Me voy a morir de

, su paciencia agotándose. "Dale de

Elena, cuya boca se hacía agua con anticipación. Una s

omer a los perros de la calle ant

el silencio que siguió fue absoluto. Doña El

ctitud, te juro que hoy mismo voy con el Juez de Paz y te pido el divorcio

ada, desafiante. "Hazl

todo dependía de la imagen de una familia perfecta y respetable. Su madre, a pesar de todo, er

entre dientes.

después, una mujer mayor del pue

aré para que le cocine y la atienda. Así no tendrás q

do a su madre una nue

con Doña Carmen, contándole una versión

ue Sofía la escuchara desde su cuarto. "Perdió al bebé y se le secó el corazón. Dic

Carmen, lanzando miradas de desapr

ndo su vientre ligeramente abultado. Había comenzado a decir en el pueblo que, por un milagro,

itará las mejores cosas. Sofía tiene un collar de oro que era de su madre. Un objeto tan fino n

de furia. El collar de su madre era lo único

do. "Nunca tendrás nada que sea mío

sa historia del embarazo milagroso no cuadraba. Era una farsa, pod

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La Verdad Quebró un Hogar
La Verdad Quebró un Hogar
“En el sofocante aire de la casa, preparaba mis humildes frijoles, ignorando a Doña Elena, mi suegra, quien me hostigaba desde su mecedora. "¿No piensas servirme, Sofía?" su voz era un lamento calculado que yo ya no soportaba. Mi respuesta, fría y cortante, la detuvo: "No soy tu sirvienta, Doña Elena." Ella y mi esposo, Marco, me acusaban de ingratitud, de ser una "conflictiva" , después de todo lo que "me habían dado" . Pero lo que me quitaron, jamás podrán pagarlo. Entre lágrimas teatrales y gritos de "¡Auxilio! ¡Esta mujer intenta matarme!" , Marco me confrontó. "¡Supera lo que pasó!" dijo él, sellando mi quiebre. Mi voz estalló en un susurro peligroso: "¿Que supere que tu madre me obligó a beber sus porquerías de hierbas, hasta que perdí a mi bebé?" La verdad los petrificó, pero mi dolor era desestimado. Esa noche, Marco lanzó billetes sobre mi cama, su voz vacía: "Es dinero. Suficiente para que te vayas lejos. Ya causaste suficiente dolor con... tu pérdida." Pisoteó los zapatitos de estambre que tejí para nuestro hijo, sentenciando: "Ya supéralo. Podemos tener otros hijos." En ese instante, algo dentro de mí se rompió y se endureció. La calma helada me invadió. "Lárgate," le ordené, señalando la puerta. "¡Y llévate a tu madre contigo! ¡No los quiero volver a ver en mi vida!" La guerra acababa de empezar, y esta vez, yo no sería la víctima. Lucharé por la justicia de mi hijo y por la verdad, cueste lo que cueste.”
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