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El Precio de la Venganza

Capítulo 3 

Palabras:999    |    Actualizado en: 08/07/2025

ón, Ricardo actuó como el pr

e principal. "Le pedí al personal que te prepare un baño cal

gramo de su autocontrol para no vomitar de nuevo. Forzó una pequ

Solo... necesito es

amor. Tómat

da clavada en su espalda. Cada paso era pes

la segunda planta, una voz afi

idió honrarnos con su presen

ncia solo era superada por su crueldad. Estaba sentada en una m

o. Era hermosa, de una manera fría y calculada, vest

ofía, con la vo

Después del espectáculo que has montado, avergonzando a nuestra familia...

el, no seas tan dura. Pobre Sofía, ha p

ó, subiendo las escaleras. Su s

na, ¿qué h

orando por completo a Sofía. Se levantó y besó a su hi

y una expresión de conflicto cruzó

u lado, muy cerca de Elena. "Anda, cariño. Elen

rozando la de él sobre la mesa. "Ricardo, lamento mucho

ardo, bajo la mirada aprobadora de su madre, no retiraba la mano. Vio cómo

uestada por las tres personas que más deberí

soport

cticamente huyó de allí, subiend

fixiada. Caminó hacia el balcón, buscando aire fresco, pero la risa de Elena y la v

onía y la noche caía sobre la ciudad. El dolor era una pres

otamiento la venció. Se metió en la cama, pero el sueño no llegab

es cuando

al lado. La habitación de invitados que,

n susurro. La

.. no sabes cuánto

de Sofía

de Elena. "Yo también, Ricardo. P

tensa. "Es solo un medio para un fin. Tú eres a quien amo. Siemp

cama, acercándose a la

ego, el susurro de tela rasgándose, un gemido ahogad

lpeaban como olas. Cada jadeo, cada risa ahogada, cada p

podía bloquearlos. El sonid

echable. La imagen de ellos dos, juntos, en la habitación de al lado, mient

olpe sordo, y otro, y otro. El dolor físico era un alivio bienv

r, basta..." sollo

una extraña. Una mujer con los ojos hinchados y rojos, e

ó por el amor perdido, por la confianza traicionada, por la vida q

hando los ecos de la felicidad de su prometido con su amante,

ra había terminado, la puerta de

que sin duda pertenecía a Ricardo. Ten

la apenas

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El Precio de la Venganza
El Precio de la Venganza
“El olor a antiséptico y el cuero caro del coche me revolvía el estómago. Mi prometido, Ricardo, sostenía mi mano, susurrando que estaba a salvo. Mi corazón se detuvo cuando lo oí hablar con su guardaespaldas, Jorge. "¿Salió todo como lo planeamos?" preguntó Ricardo. Jorge confirmó que la prensa ya tenía la historia: "Heredera de los Velasco encontrada en una casa de seguridad, posiblemente involucrada con sus captores". Escuché cómo Ricardo se regocijaba, asegurando que ahora no tendría más remedio que casarme con él, con mi reputación por los suelos. "Señor," la voz de Jorge tembló, "ella estaba embarazada... casi dos meses." El aire abandonó mis pulmones, un zumbido agudo llenó mis oídos. Pero lo que Ricardo dijo a continuación me destrozó por completo. "Mierda," dijo, pero no había dolor en su voz, solo fastidio. "Bueno, un problema menos. Eso habría complicado las cosas con Elena." En ese instante, la verdad me golpeó con la fuerza de un tren: el secuestro, la tortura, los golpes en mi vientre... todo fue orquestado por él. Mi prometido, el padre del hijo que acababa de perder. La náusea me venció y vomité en el impecable suelo de su Rolls-Royce, mientras él se quejaba por la tapicería. La máscara de prometido perfecto se caía a pedazos, revelando al monstruo. Al día siguiente, Ricardo me llevó al hospital para un "chequeo", pero era otro espectáculo. Una horda de reporteros nos rodeó, lanzándome preguntas hirientes: "¿Es verdad que se entregó voluntariamente a sus secuestradores?" Ricardo fingió protegerme, pero su agarre era flojo y sus guardaespaldas ineficaces. Sentí el pánico, las lágrimas de humillación y un dolor tan profundo que me ahogaba. Mi confianza y cualquier amor que quedara por él se hicieron añicos. Dentro del hospital, Ricardo pateó a Jorge por su "inutilidad" para mantener su imagen. El médico confirmó las múltiples contusiones y, con cruel profesionalidad, las palabras que ya conocía: mi útero había sufrido un traumatismo severo, y era probable que tuviera dificultades para concebir. Y la estocada final: que estaba embarazada de ocho semanas y mi bebé no había sobrevivido al ataque. Ricardo entró, su máscara de compasión perfectamente ensayada. Más tarde, en el pasillo, lo escuché hablando por teléfono con Elena. "Lo del bebé es cierto, pero no importa. Necesito que le digas a tu contacto en esa revista que siga publicando las historias. Hay que mantener la presión. Que todo el mundo crea que ella es una cualquiera." El frío que sentí fue más intenso que cualquier invierno. No solo no le importaba mi hijo muerto, sino que seguía activamente destruyéndome. En ese pasillo, algo dentro de mí murió para siempre: el amor, la esperanza, la chica ingenua que creía en los cuentos de hadas. Pero de esas cenizas nació una determinación de hielo. Compré un boleto de avión, solo de ida, a un lugar muy, muy lejano. Este no es un final, Ricardo, pensé. Es el principio. Me quitaste todo, mi reputación, mi cuerpo, mi hijo. Ahora, yo voy a quitarte lo tuyo.”
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