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El Precio de la Venganza

Capítulo 2 

Palabras:926    |    Actualizado en: 08/07/2025

istió en llevarla al hospital

médicos de México se aseguren de que estás perf

ra otra mentira.

se eq

horda de reporteros y fotógrafos los rodeó como una manada de lobos. Los flashes de las cáma

ad que se entregó voluntaria

vo una relación con el líder de

a dado ninguna declaració

as que Ricardo había ordenado difundir. Estaba siendo

ardo, esperando una de

reporteros. "¡Déjenla en paz! ¿No ven q

eaban, incluido Jorge, parecían torpes e ineficaces. Uno de ellos tropezó y cay

ueña, vulnerable, expuesta. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus meji

izo añicos en ese instante. Él la había traído aquí para esto. Para quebrarla

el vestíbulo, Ricardo se giró hacia Jorge, que se estaba l

izo que Jorge se doblara de dolor. "¡Te pago una fortuna para que la

astigando al subordinado para mantener su imagen de hombre protector y domi

ica fue una tor

idado. Sus palabras, pronunciadas con una profesionalidad dista

eles en su escritorio. "Sufrió contusiones mú

Sofía contuvo

ay un desgarro importante. Requerirá cirugía para repararlo... y

a dar vueltas. Dific

la estoca

un tono más suave, "que usted estaba embarazada. De unas

e un médico, con esa terminología fría y

prod

Al hijo que Ricardo ha

fuera, entró en ese momento. "¿Qué

tro de Ricardo. Vio una fugaz expresión de sorpresa, se

Lo siento tanto. No tenía idea. Pero no te p

s brazos. Su abrazo se sent

r el pasillo para ir al baño. La puerta del consultorio del médico estaba

ta. Escúchame, necesito que le digas a tu contacto en esa revista que siga publicando las historias. H

quier invierno. No solo no le importaba su hijo m

dentro de ella murió para siempre. El amor, la espera

s nació de e

minación

ó su teléfono. Con los dedos temblando de r

olo de ida. A un lu

do en la pantalla oscura del teléfono. Es el principio. Me quitaste tod

ma encerrada en una

unto de romper su

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El Precio de la Venganza
El Precio de la Venganza
“El olor a antiséptico y el cuero caro del coche me revolvía el estómago. Mi prometido, Ricardo, sostenía mi mano, susurrando que estaba a salvo. Mi corazón se detuvo cuando lo oí hablar con su guardaespaldas, Jorge. "¿Salió todo como lo planeamos?" preguntó Ricardo. Jorge confirmó que la prensa ya tenía la historia: "Heredera de los Velasco encontrada en una casa de seguridad, posiblemente involucrada con sus captores". Escuché cómo Ricardo se regocijaba, asegurando que ahora no tendría más remedio que casarme con él, con mi reputación por los suelos. "Señor," la voz de Jorge tembló, "ella estaba embarazada... casi dos meses." El aire abandonó mis pulmones, un zumbido agudo llenó mis oídos. Pero lo que Ricardo dijo a continuación me destrozó por completo. "Mierda," dijo, pero no había dolor en su voz, solo fastidio. "Bueno, un problema menos. Eso habría complicado las cosas con Elena." En ese instante, la verdad me golpeó con la fuerza de un tren: el secuestro, la tortura, los golpes en mi vientre... todo fue orquestado por él. Mi prometido, el padre del hijo que acababa de perder. La náusea me venció y vomité en el impecable suelo de su Rolls-Royce, mientras él se quejaba por la tapicería. La máscara de prometido perfecto se caía a pedazos, revelando al monstruo. Al día siguiente, Ricardo me llevó al hospital para un "chequeo", pero era otro espectáculo. Una horda de reporteros nos rodeó, lanzándome preguntas hirientes: "¿Es verdad que se entregó voluntariamente a sus secuestradores?" Ricardo fingió protegerme, pero su agarre era flojo y sus guardaespaldas ineficaces. Sentí el pánico, las lágrimas de humillación y un dolor tan profundo que me ahogaba. Mi confianza y cualquier amor que quedara por él se hicieron añicos. Dentro del hospital, Ricardo pateó a Jorge por su "inutilidad" para mantener su imagen. El médico confirmó las múltiples contusiones y, con cruel profesionalidad, las palabras que ya conocía: mi útero había sufrido un traumatismo severo, y era probable que tuviera dificultades para concebir. Y la estocada final: que estaba embarazada de ocho semanas y mi bebé no había sobrevivido al ataque. Ricardo entró, su máscara de compasión perfectamente ensayada. Más tarde, en el pasillo, lo escuché hablando por teléfono con Elena. "Lo del bebé es cierto, pero no importa. Necesito que le digas a tu contacto en esa revista que siga publicando las historias. Hay que mantener la presión. Que todo el mundo crea que ella es una cualquiera." El frío que sentí fue más intenso que cualquier invierno. No solo no le importaba mi hijo muerto, sino que seguía activamente destruyéndome. En ese pasillo, algo dentro de mí murió para siempre: el amor, la esperanza, la chica ingenua que creía en los cuentos de hadas. Pero de esas cenizas nació una determinación de hielo. Compré un boleto de avión, solo de ida, a un lugar muy, muy lejano. Este no es un final, Ricardo, pensé. Es el principio. Me quitaste todo, mi reputación, mi cuerpo, mi hijo. Ahora, yo voy a quitarte lo tuyo.”
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