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El Precio de la Venganza

Capítulo 4 

Palabras:980    |    Actualizado en: 08/07/2025

o, cruzada de brazos, observando a Sofía en el

z cantarina. "Aunque, por tu aspecto,

r de Sofía como un depredador

o que tenerme a mí después de haber estado co

ira comenzando a quemar la niebla de

es la casa de Ricardo. Y pronto, será mi casa. Tú solo eres u

a Sofía, su sonri

te amaba? Eres ingenua, aburrida. Él solo te usó por tu apellido

ofía, aunque sabía que cada

ue sus rostros quedaron a centímetros de distancia. Su voz bajó

de Sofía

"Ricardo lo supo desde el principio. El mismo día que te secuestraron

sin comprender.

a golpeen un poco. Que pierda al bastardo. Así, cuando te cases con ella, no tendrás

e inclinó sobre su

ente. No fue un

rado. Planeado. Ordenad

a de Sofía. La revelación fue tan monstruosa, tan inhumana, que le robó

a tristeza murió y

r que le había robado todo. La sorprendió, empujándola contra la

l. Elena, más fuerte y recuperada, la empujó con facilidad. Sofí

no mostraba miedo, sino una astucia perversa. De repente, se ras

cardo, ayúdame! ¡Sofía e

ánico dibujado en su rostro. Vio a Elena, con la ropa rasgada y lá

está pasando

. "Solo vine a ver cómo estaba y se volvió loca. D

furia helada. No preguntó. No

a estaba en el suelo, y la l

apestando a café y mentiras. "Después de todo lo que he

mera vez, no sintió dolo

élido y una res

e, se ech

poder. Se rio hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas,

como si fuera un bicho ra

en una sonrisa escalofriante. "Estoy loca. Comple

, dejando que viera el abismo q

ria de mi hijo, que vas a arrepentirte cad

rprendió y caminó con la cabeza en alto hacia

número que sabía de memoria. El

a observaban, sin comprender todavía la magnitud de lo que acababan de

ofrío. Por un momento, se arrepintió de haberla presionado ta

que la loca está fuera de nuestro camino, podemos ir

areció hueca, su petición, trivial. Pero apartó la

instante, su imperio habí

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El Precio de la Venganza
El Precio de la Venganza
“El olor a antiséptico y el cuero caro del coche me revolvía el estómago. Mi prometido, Ricardo, sostenía mi mano, susurrando que estaba a salvo. Mi corazón se detuvo cuando lo oí hablar con su guardaespaldas, Jorge. "¿Salió todo como lo planeamos?" preguntó Ricardo. Jorge confirmó que la prensa ya tenía la historia: "Heredera de los Velasco encontrada en una casa de seguridad, posiblemente involucrada con sus captores". Escuché cómo Ricardo se regocijaba, asegurando que ahora no tendría más remedio que casarme con él, con mi reputación por los suelos. "Señor," la voz de Jorge tembló, "ella estaba embarazada... casi dos meses." El aire abandonó mis pulmones, un zumbido agudo llenó mis oídos. Pero lo que Ricardo dijo a continuación me destrozó por completo. "Mierda," dijo, pero no había dolor en su voz, solo fastidio. "Bueno, un problema menos. Eso habría complicado las cosas con Elena." En ese instante, la verdad me golpeó con la fuerza de un tren: el secuestro, la tortura, los golpes en mi vientre... todo fue orquestado por él. Mi prometido, el padre del hijo que acababa de perder. La náusea me venció y vomité en el impecable suelo de su Rolls-Royce, mientras él se quejaba por la tapicería. La máscara de prometido perfecto se caía a pedazos, revelando al monstruo. Al día siguiente, Ricardo me llevó al hospital para un "chequeo", pero era otro espectáculo. Una horda de reporteros nos rodeó, lanzándome preguntas hirientes: "¿Es verdad que se entregó voluntariamente a sus secuestradores?" Ricardo fingió protegerme, pero su agarre era flojo y sus guardaespaldas ineficaces. Sentí el pánico, las lágrimas de humillación y un dolor tan profundo que me ahogaba. Mi confianza y cualquier amor que quedara por él se hicieron añicos. Dentro del hospital, Ricardo pateó a Jorge por su "inutilidad" para mantener su imagen. El médico confirmó las múltiples contusiones y, con cruel profesionalidad, las palabras que ya conocía: mi útero había sufrido un traumatismo severo, y era probable que tuviera dificultades para concebir. Y la estocada final: que estaba embarazada de ocho semanas y mi bebé no había sobrevivido al ataque. Ricardo entró, su máscara de compasión perfectamente ensayada. Más tarde, en el pasillo, lo escuché hablando por teléfono con Elena. "Lo del bebé es cierto, pero no importa. Necesito que le digas a tu contacto en esa revista que siga publicando las historias. Hay que mantener la presión. Que todo el mundo crea que ella es una cualquiera." El frío que sentí fue más intenso que cualquier invierno. No solo no le importaba mi hijo muerto, sino que seguía activamente destruyéndome. En ese pasillo, algo dentro de mí murió para siempre: el amor, la esperanza, la chica ingenua que creía en los cuentos de hadas. Pero de esas cenizas nació una determinación de hielo. Compré un boleto de avión, solo de ida, a un lugar muy, muy lejano. Este no es un final, Ricardo, pensé. Es el principio. Me quitaste todo, mi reputación, mi cuerpo, mi hijo. Ahora, yo voy a quitarte lo tuyo.”
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