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El Último Aliento del Amor Perdido

Capítulo 4 

Palabras:981    |    Actualizado en: 07/07/2025

iba a seguirme. Su cuerpo se tensó, dio un medio paso en mi dirección, deja

o, llevándose una mano a la frente. "De verdad m

ara su joven y desvalida amante, se apoderó de él. Se giró, la tomó en

sto no se ha acabado", pero yo ya no estaba allí para recibirla. Seguí mi camino, sin mi

n mi abogada, una mujer eficiente y directa que me habían recomendado mis amigas. Le conté todo, sin omitir la infidelidad, e

de divorcio, mi teléfono sonó. Era Ricardo. Ignoré la llamada. Vol

ismo", su voz sonaba extrañamente tensa

cupada,

, no para de llorar y pregunta por ti. La doctor

Mi hijo. La preocupación de mad

allá", dij

n a mi abogada, quien m

, Sofía. Sue

llegar, en lugar de encontrar una escena de emergencia médica, me topé con el jardín lleno de los coches

r. Doña Elena, la matriarca, presidía la mesa del jardín con su aire

las rodillas de Paloma. Mi hijo no tenía fiebre. Se veía perfe

con una sonrisa que

legas. Pensé que te unirías

como una idiota. Me había utilizado, manipulando

ecio. Isabella susurró algo a su prima y ambas rieron por lo bajo. Me sentí

qué a m

amor, ¿có

de veneno de su abuela y de Palo

uró, sin mirarme, aferrá

e cualquier insulto. Fue entonces cuando Palo

nmigo. Hemos jugado toda la mañana. Es un niño tan dulce, so

ella actuando como la madre de mi hijo, en mi casa, frente a toda la

noré a Paloma por completo

voz baja y cargada de una ira helada. "¿Ment

r mi tono, intentó r

ería que hablaramos en u

in alegría. "Esto no es relaja

ma, quien me miraba con u

Puedes acostarte con mi marido, puedes intentar robar mi vida, pero a mi

esperando que la defendiera. Y él, fiel a s

ie, su rostr

ndo el respeto a mi invitada y a m

e la mesa y los arrojó al

pal, entonces come en la cocina. Con la se

a guardaron silencio, observando, disfrutando del espectáculo.

convertía en acero. Levanté la barbilla y le sostuve la mirada a Ricardo, una

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El Último Aliento del Amor Perdido
El Último Aliento del Amor Perdido
“Llevábamos ocho años casados, y yo, Sofía, había perfeccionado el arte de sonreír mientras mi interior se desmoronaba. Él conducía, con una mano en el volante y la otra revisando mensajes. "Quiero el divorcio". La risa seca de Ricardo llenó el auto, desestimando mis palabras como "uno más de mis dramas". Justo entonces, su teléfono vibró, mostrando un nombre que lo iluminó todo: "Paloma". La voz joven y temblorosa de su secretaria, llena de lágrimas, salió por el altavoz. "Ricardo, mi amor, lo siento tanto... No quería que Sofía se enterara así... ¿Está muy enojada? Por favor, contéstame, estoy muy asustada". La disculpa no era disculpa; era una estaca en el corazón de mi matrimonio, expuesta públicamente. En casa, un collar de diamantes, frío y ostentoso, fue su patético intento de comprar mi silencio. Luego, la discusión: "Es por Paloma, ¿verdad? Es una niña, no significa nada", me espetó. La mención de mi hijo, Mateo, fue un golpe bajo, seguida de su cruel: "¿O qué? ¿Te vas a ir? No tienes a nadie. Tu carrera de arquitecta la dejaste tirada por ser mi esposa". Mi silencio se rompió: "Hace tres semanas tuve un aborto espontáneo". Su arrogancia se derrumbó: "Estaba sola en el hospital, mientras tú estabas en un 'viaje de negocios' con ella. Así que sí, he estado un poco ocupada perdiendo a nuestro segundo hijo. Sola". El silencio de Ricardo no fue de shock, sino de cálculo. "Quizás sea lo mejor. Con Mateo tan difícil, otro problema ahora no nos conviene", dijo. En ese instante, algo dentro de mí murió para siempre: la última chispa de esperanza, el último amor por él. Mi corazón se cerró, como una puerta de acero. Un suspiro amargo me devolvió a la sórdida realidad del hospital. Luego, lo vi en la clínica: Ricardo, con su amante, actuando su farsa. Su preocupación fingida por mí, su devoción absoluta por ella. "No necesito que te encargues de nada", dije, mi voz tranquila pero inquebrantable. "Y no voy a ver al médico de tu familia. Voy a ir a mi propio lugar, a mi refugio". "¿Qué refugio?", gritó a mi espalda, su voz cargada de ira posesiva. "¿A dónde crees que vas?". No respondí. Sentí el inicio de la libertad.”
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