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El Taller Como Campo de Batalla

Capítulo 4 

Palabras:841    |    Actualizado en: 07/07/2025

o mejor tequila extra añejo, el que mi familia reserva para celebraciones especiales, y me sen

o sonó. Era uno de mis primos, un entusiasta

asar aquí," dijo, su voz ahogada por la

ondí, tomando un

Julio Vega se le acercó. En medio de todo el mundo, prima. Le preguntó a Mateo sobre su familia, sus raíces, quiéne

te círculo, no nos importa el dinero. Nos importa el honor. Nos importa el linaje. Y un hombre que no respeta el linaje de

en la o

pasó d

hablar con nadie. Lo humilló frente a todos. Diego se puso pálido, intentó decir algo, pero Don Julio simp

ualización, primo.

ila de un trago. El sabo

de Diego entró derrapando en el camino de entrada. Oí la puerta

a, su rostro era u

o arruinaste todo! ¡Humillaste

rsación con un viejo amigo de la familia. Le advertí que un invitado podría no entender n

alándome con el dedo. "¡Llamaste a

Mateo es un arribista que usó mi taller y mi historia para su propio beneficio. Don Julio simplemente reconoc

! Después de esta noche, nadie en Guadalajar

ltarme al respeto y salirse con la suya. Y tú, Diego, lo permitiste. Cada paso del camino. Así que

cha de que por una vez, haya habido una consecuencia real

n impotente. Vio la determinación en mis ojos y supo que no había

es y sociales de la ciudad. Se convirtió en una anécdota, una advertencia sobre los peligros de la ambición desmedida y la falta de

observé desde la ventana de mi estudio en casa, que daba a la calle. Lo vi esperar un taxi bajo el sol abrasador, una figura patética y derrotada. El traje

fondo de mi corazón, que la guerra estaba lejos de terminar. Diego me había subestimado una

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El Taller Como Campo de Batalla
El Taller Como Campo de Batalla
“El taller de mi abuela Rojas, mi santuario personal y legado familiar, era mi refugio. Una mañana, una foto en Instagram me heló la sangre: Mateo, el nuevo aprendiz de mi esposo Diego, posaba sonriente con mis herramientas sagradas. El pie de foto, "Taller Domínguez. Legado", era una profanación directa, borrándome a mí y a mi linaje. Intenté exigirle a Diego que Mateo saliera de mi taller, pero él, ciego por su ambición, lo justificó diciendo: "Es solo un espacio vacío la mayor parte del tiempo". Su condescendencia y la minimización de mi herencia me dejaron helada, transformando mi ira en una claridad peligrosa. Cuando colgué, supe que no discutiría más, sino que actuaría. "Papá, soy yo," marqué, "necesito que canceles el contrato de exportación de agave azul con Domínguez." Mi padre lo hizo sin dudar, cortando el sustento de Diego y activando mi plan. Diego me llamó, su pánico palpable: "¿Qué hiciste, Sofía? ¡El trato está cancelado!" "Tiene todo que ver con el taller," le dije, "tiene que ver con el respeto." Le impuse mis términos: Mateo fuera y una disculpa pública reconociendo a Artesanías Rojas. Mientras esperaba su cumplimiento, la calma fría me guio hacia su preciada colección de esculturas prehispánicas. Tomé el martillo de latón que usábamos para colgar cuadros. La primera pieza, una figura de Tláloc, la dejé caer al suelo, partiéndose en tres pedazos. Metódicamente, una por una, destruí cada escultura, mi furia materializándose en cada estallido de arcilla antigua. Cuando Diego llegó a casa, encontró las llaves y la disculpa, pero también las ruinas de su orgullo a mis pies. Nos miramos, y en sus ojos, vi el horror y un nuevo tipo de miedo, sabiendo que el matrimonio se había roto y la guerra, apenas comenzado.”
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