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Herencia Oculta: Mi Dulce Venganza

Capítulo 2 

Palabras:951    |    Actualizado en: 07/07/2025

só su propia llave, como si nada hubiera cambiado. La encontré en la sala cuando

cardo?", soltó, su voz aguda y cortante. "¿Cómo te

? Sofía, por favor. Llevo años aguantando las humillaciones de tu familia. La

s! Mi primo solo estaba jugando, y

iera nada. Su manera es endiosar a un vago que vive de ustedes mientras a m

ad que habíamos compartido en ese mismo espaci

e entendiera que no era un berrinche, que era una decisión fin

s. La ira en su rostro se trans

icardo! ¿Vas a tirar diez años a la basura por una cena estúp

izar mis sentimientos, solo reafirmaba mi decis

sentir que tengo que pedir perdón por ser quien soy. Es por la forma en que tus ojos brillan

la, las palabras saliendo de mí como un

n peso, y tú decías que admirabas mi pasión. ¿Qué pasó con eso? ¿En q

solo me miraba con

fue al funeral. Tu tía Elena dijo que era 'demasiado deprimente'. Y tú te fuiste a Acapulco con Ed

una claridad dolorosa. Fue uno de los momentos más solitarios de mi

o, Ricardo...",

n todo. Cuando tu abuela enfermó, cuando tu papá tuvo problemas en su empresa.

s, de todos los sacrificios unilaterales. Fi

, el dinero de la herencia de mi madre. Lo puse a tu nombre porque te amaba, porq

como si mis palabras la hu

rme, sin rastro de duda. "Quiero que firmes los papele

ó y fue reemplazado por una mueca de desdén, una arroganci

estaurante? ¡Ni en tus sueños, Ricardo! Legalmente es mío. Me

a mujer que amaba, o la mujer que creía amar, ya no existía. O quizás nunca exi

uestro futuro. Un futuro que ya no existe", repl

Debiste pensarlo mejor. Ahora, si me disculpas, tengo c

ero, la de su departamento. Luego miró la

ió con una sonrisita triunfant

to, la vi por lo que realmente era: una extraña. Una ex

ibunales, Sofía",

tuvo, pero

ef", respondió con sarcas

lla, dejando un silencio que, por primer

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Herencia Oculta: Mi Dulce Venganza
Herencia Oculta: Mi Dulce Venganza
“El aroma a romero y a carne asada llenaba la enorme casa de los Del Valle, donde, como cada mes, soportaba la cena familiar por el amor de Sofía, mi novia desde hacía diez años, mi futura esposa. La sonrisa engreída de Eduardo, su primo, y las palabras despectivas de su tía, me hacían sentir como un empleado, un "gatito" sin importancia. Mi restaurante, Fuego Lento, mi pasión, mi esfuerzo de años, que tontamente puse a nombre de Sofía como prueba de amor y confianza antes de la boda, era solo un "restaurancito" que podía ser usado como banco personal para el vago de su primo. Mi mundo se detuvo cuando vi a Eduardo tocar a Sofía de una forma inaceptablemente íntima, y ella no se apartó, incluso se inclinó hacia él, revelando la farsa. "No hay detalles de qué hablar", les dije, "se cancela la boda", mi voz extrañamente tranquila, mientras diez años de humillaciones se desmoronaban. Marqué el número de mi abogado, Arturo. "Arturo, soy Ricardo. Necesito verte mañana a primera hora. Es sobre el restaurante... y todo lo demás". Sofía, furiosa, me confrontó en mi departamento, minimizando sus acciones, llamándome infantil por querer terminar. "¿Estás loco?", se rio. "¿Devolverte el restaurante? ¡Ni en tus sueños, Ricardo! Legalmente es mío. Me lo regalaste". La rabia se transformó en una calma helada, una claridad absoluta: el fin era este, y yo iba a recuperar cada centavo. "Te veré en los tribunales, Sofía". Para mi sorpresa, el enigmático Armando Morales, dueño de Hoteles Grand Lux, me defendió de las provocaciones de Eduardo, revelando un secreto que cambiaría todo: "Les presento a mi hijo. Ricardo Morales-Castañeda. Heredero principal de la cadena de Hoteles Grand Lux". Sofía, al ver su error, balbuceó: "Ricky... yo no sabía...". "Ese es el punto, Sofía", le dije, "tú no sabías. Y me juzgaste con la información que tenías. Y eso es todo lo que necesito saber". Recuperé mi restaurante, pero la verdad aún era más retorcida: Sofía y Eduardo eran amantes, y ella estaba embarazada. Acorralada por su familia para casarse con él. "¡Te vas a casar con tu primo la próxima semana! No vamos a permitir que un bastardo sin apellido manche el nombre de esta familia". A un paso de la locura, Sofía se derrumbó. La miré, una figura rota por sus propias decisiones. Mi antigua vida quedó atrás cuando le di a Sofía los medios para escapar, una tarjeta con el número de una abogada y las llaves de mi viejo coche, un último vestigio de humanidad. "Gracias. Soy libre", rezaba una postal de Oaxaca, el eco del alma de Sofía.”
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