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El Desprecio de Mi Adelita

Capítulo 4 

Palabras:628    |    Actualizado en: 07/07/2025

, estaba allí, con su rostro arrugado por la preocupación. Sus ojos,

ónde estabas? Sentí

tabaco, a tierra y a hogar. Era el único abrazo que se sentía real en años. Él

le dije finalmente, mi

edora de mimbre mientras él me contaba las últimas noticias del pueblo. No le conté lo que había pasado. No todavía.

lo de aquí. Ten

momento", le dije. "Tengo que recoge

reguntó, mirándome por

vayas a un lugar mejor, donde te puedan c

una sonri

ugar es aqu

abuelo. Pero primero

más preguntas. Esa confianza incondi

ldad que emanaba del lugar. Y entonces lo vi. Mis cosas. Mi silla de montar, mis lazos, mi ropa, hasta un viejo retrato de mis p

tia de sacar mis pertenencias y arrojarlas como si no valieran

ción de siempre, la fecha de nacimiento de mi madre, pero no funcionó. Por un impuls

la cara. Habían borrado mi historia

reíble, Alex. El mejor charro del mundo" , me decía. Recordé las noches que pasamos mirando las estrellas, ella hablando de un futuro juntos,

die sabía de las noches en vela por el dolor, de la energía que me drenaba, del aislamien

ueños del pacto. Y pron

a casa. Respiré hondo, preparándome para lo que fuera que encontrara adentro. Ya no había amor, ni dolor. Solo un

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El Desprecio de Mi Adelita
El Desprecio de Mi Adelita
“El olor a tierra mojada y a llanta quemada todavía se aferraba a mi nariz. La camioneta de Lupita se detuvo a centímetros de mi cabeza, dejándome destrozado, un amasijo de huesos rotos bajo su peso. Desde el suelo, vi a Lupita, mi "Adelita", bajar del vehículo, con una calma aterradora, sin una pizca de preocupación. "¿Por qué, Lupita?" , apenas pude susurrar, mientras mi visión se desvanecía. Ella ni siquiera me miró; sus ojos fijos en Ricardo "El Rico" Sánchez, mi rival de jaripeos, el "compadre" de toda su vida, quien se acercaba para abrazarla en posesión descarada. "Porque ya no te necesitamos, Alex" , dijo Ricardo, con una voz llena de triunfo que aún no comprendía. Por primera vez, Lupita bajó la mirada hacia mí, y en sus ojos vi un desprecio frío y calculado que me heló la sangre. "Tres años, Alex" , su voz tan plana como una lápida, "Tres años cuidándome, haciéndote el mártir. Todo para esto." Un dolor mucho más profundo que el de mis huesos rotos me atravesó, el "castigo del don", la maldición que venía con mi habilidad. Ricardo se burló, "¿De verdad creíste que una mujer como Lupita se iba a quedar con un lisiado como tú por amor?" Lupita sonrió, una mueca torcida y fea. "Te lo advertí, compadre. Te dije que era demasiado noble, demasiado tonto." Me aferré a un recuerdo: hace tres años, en el jaripeo, salvé a Lupita de un toro desenfrenado, destrozando mi carrera taurina. "¿Accidente?" , se burló Lupita. "No hubo ningún accidente, Alex. Todo fue planeado. Necesitábamos que renunciaras a tu don, que te quedaras vulnerable." Ricardo se arrodilló a mi lado. "Tu habilidad con los caballos, con el lazo. Esa conexión mágica que te hacía el mejor. No es solo talento, ¿verdad, Alex? Es un 'sistema', un poder que te da éxito. Y ahora," sonrió, mostrando sus dientes blancos, "es nuestro." Todo había sido un engaño: su devoción, mi "accidente", los tres años a su lado como un perro fiel, cuidándola y amándola. Fue un plan meticuloso para robarme mi "don de charro" y con él, vivir para siempre en la gloria de los jaripeos. "Ahora yo seré el campeón" , dijo Ricardo. "Viviremos para siempre, Alex" , añadió Lupita, con una chispa de locura en los ojos. "En la cima. Sin dolor, sin limitaciones." La traición fue tan vasta que casi ahogaba mi dolor físico; mi amor, mi amistad, mi carrera, mi futuro, todo reducido a una vil mentira. Miré la casa y el rancho que mi abuelo me heredó, las luces encendidas; ya no eran míos. En medio de mi agonía, una idea extraña y liberadora se apoderó de mí: ellos querían el don, pero desconocían el tormento que traía consigo. "¿Lo quieren?" , dije, mi voz extrañamente fuerte. "Tómenlo. Es suyo." En mi mente, concentré mi energía en el don, deseando que se transfiriera a ellos y los consumiera. Quería liberarme, aunque fuera lo último que hiciera. Lupita y Ricardo sonrieron con codicia, sin idea del infierno que acababan de heredar.”
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