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Si Tuviera Segunda Oportunidad

Capítulo 3 

Palabras:859    |    Actualizado en: 03/07/2025

pero elegante edificio de oficinas en Polanco, ganó un premio local de arquitectura. Los medios la aclamaron como la nueva prodigio

seño había sido robado de un viejo proyecto de un profesor de la universidad, uno que Camila había "admirado" mucho. En mi vida anterior, y

unciarse. Su arrogancia era palpable. Dejó caer un fajo de papeles sobre mi es

sión. "Camila ha demostrado su valía. La empresa necesita

nes mayoritarias, una fracción de su valor real, a cambio de que yo desapareciera de l

Tómalo y retírate con dignidad. Viaja, compra ropa, haz lo que

. La rabia era un fuego helado en mis ve

as mujeres que financian tus sueños cuando no eres nadie? ¿A las mujeres que construyen la

es una semana para firmar. De lo contrario,

papeles de vuelta hacia él. "Mejor preocúpate por la tuya. Algo me di

credulidad. "Siempre tan dramá

y se fue, convenc

cibí una llamada. U

" dijo una voz gr

soy

aestro ha visto el diseño galardonado de su empresa y está muy interesado. Ha convocado

icana. Un hombre conocido por su genio, su integridad intachable y su aversión a la

taré allí," respondí, mi voz son

arte. La sala de juntas era imponente, con una larga mesa de caoba pulida. En la cabecera, se sentaba el M

fianza. Camila, con una mezcla de nerviosismo y orgullo

me observó durante

Su socio, el señor Ricardo, me ha informado que usted es una socia silenciosa. Una

nfante de Ricardo sin

dad. Su voz, llena de una fa

r supuesto. Pero el trabajo, la pasión, el diseño... eso viene de

ien asintió con ap

os ojos de encima a ella. Luego,

agregar? ¿Es usted simplemente...

r la lástima en algunas miradas, el desdén en otras. Ricardo y Camila me mi

tormenta que le había prometido a

el ojo de

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Si Tuviera Segunda Oportunidad
Si Tuviera Segunda Oportunidad
“Yacía en aquella cama de hospital de lujo en la Ciudad de México, mi cuerpo apenas sostenido por tubos, cada aliento una batalla. Frente a mí, los dos hombres por los que lo di todo: Ricardo, mi esposo, el magnate inmobiliario que ayudé a construir desde cero, y Jorge, mi hijo, la luz de mi vida. Pero sus miradas no eran para mí, sino para un fajo de papeles que Ricardo me empujó: un documento para cederlo todo a Camila, la joven ambiciosa que él llamaba su nueva "socia". "Elena, tienes que firmar", dijo Ricardo, su voz helada. Jorge, mi propio hijo, añadió: "Mamá, por favor, solo firma. Camila es una visionaria. Tú... solo fuiste una socia operativa". ¿Socia operativa? Después de sacrificar mi legado, mi sueño, mi vida, para que ellos tuvieran todo. Una risa amarga escapó de mis labios. El monitor cardíaco se volvió loco. Ricardo finalmente me miró, con una brutal sinceridad reservada solo para los moribundos. "Nunca te amé, Elena. Mi matrimonio contigo fue un negocio. A quien siempre amé fue a Camila. Tú solo fuiste el medio para conseguir el fin". El pitido del monitor se hizo continuo. Mi mano cayó inerte. Morí con el corazón destrozado, traicionada hasta el último aliento. Oscuridad. Y luego, un rayo de sol cálido. Abrí los ojos y reconocí el techo de mi antiguo apartamento de soltera. Mis manos eran jóvenes, firmes. ¡Estaba viva y tenía veinticinco años! De repente, un golpe en la puerta. Abrí y mi corazón se detuvo: era Ricardo, joven y radiante, con un ramo de mis flores favoritas. Y detrás de él, Camila, con su sonrisa tímida y llena de ambición. Recordé la fecha: el día en que Ricardo me propuso matrimonio. El día en que Camila entró a nuestras vidas. Mi infierno. "Elena, mi amor", dijo Ricardo, arrodillándose, con la voz llena de miel. "Cásate conmigo. Construyamos un imperio juntos". En mi vida pasada, lloré de felicidad y dije que sí. Pero esta vez, una sonrisa fría se dibujó en mis labios. "No", dije, claro y firme. "No me voy a casar contigo". Ricardo parpadeó, confundido. "Pero", continué, mi voz un susurro cortante, "estoy dispuesta a considerar una sociedad de negocios. Con términos muy claros. Y con una cláusula de salida muy estricta para ti". Los dejé atónitos en el pasillo, escuchando sus susurros a través de la puerta. "Es sólo un capricho", dijo Camila. "Ella es sólo un escalón... el dinero de su familia es lo que necesitamos". Escalón. No esta vez. Esta vez, yo no sería el escalón. Yo sería el precipicio.”
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