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Si Tuviera Segunda Oportunidad

Capítulo 2 

Palabras:849    |    Actualizado en: 03/07/2025

e Bellas Artes, un lugar que imponía respeto y que esa noche estaba abarrotado de las figuras más influyentes del sector inmobiliario y la co

he era d

ocia mayoritaria de una empresa en crec

intenso que contrastaba con la sobriedad de la mayoría. S

? Pensé que se ca

zó. ¿Te imaginas? R

Qué raro. La nueva arquitect

icen que tiene a Ricar

sentía del todo pero que proyectaba con cada fibra de mi ser. Me serví una copa de

alir: "Mija, esta noche no eres la novia de nad

resonaban e

nrisa de un millón de dólares, y Camila, peg

mirada recorriéndome de arriba abajo. Había un mati

n, me permiten ciertos lujos," respondí

icidades por nuestro primer proyecto, Elena. Aunque, claro, e

so, Camila," dije suavemente, tomando un sorbo

aciló por un segundo.

nó él. "Camila es joven y brillant

la ambición desmedida," repli

ón, me tomó del brazo y me llevó a un rincón más apartado

sé a qué estás jugando. Rechazaste mi propuesta, pero insistes en esta

para ti?" pregunté,

o. Cásate conmigo. Olvidemos esta tontería. Te daré

e podía ser comprado con promesas vacías. En mi vida pasada, me habría

risa corta y

á en ser tu esposa. Mi valor está en mi cerebro, en mi trabajo y en las acci

carisma se resquebrajó, revelando al hom

esto sola, Elen

tú crees," resp

decidió intervenir, su vo

rostro, el genio. Una mujer necesita un hombre fuerte a su lado pa

oven e inocente pasante

e que la que no entiende algo aquí eres tú. Te aferras a Ricardo como si fuera tu única ta

mi voz bajó a un susurro que

ción. Pero ten cuidado. Los diseños que se construyen sobre cimientos robad

ntados en medio del salón. Vi el destello de miedo en los o

la primera semi

estaba co

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Si Tuviera Segunda Oportunidad
Si Tuviera Segunda Oportunidad
“Yacía en aquella cama de hospital de lujo en la Ciudad de México, mi cuerpo apenas sostenido por tubos, cada aliento una batalla. Frente a mí, los dos hombres por los que lo di todo: Ricardo, mi esposo, el magnate inmobiliario que ayudé a construir desde cero, y Jorge, mi hijo, la luz de mi vida. Pero sus miradas no eran para mí, sino para un fajo de papeles que Ricardo me empujó: un documento para cederlo todo a Camila, la joven ambiciosa que él llamaba su nueva "socia". "Elena, tienes que firmar", dijo Ricardo, su voz helada. Jorge, mi propio hijo, añadió: "Mamá, por favor, solo firma. Camila es una visionaria. Tú... solo fuiste una socia operativa". ¿Socia operativa? Después de sacrificar mi legado, mi sueño, mi vida, para que ellos tuvieran todo. Una risa amarga escapó de mis labios. El monitor cardíaco se volvió loco. Ricardo finalmente me miró, con una brutal sinceridad reservada solo para los moribundos. "Nunca te amé, Elena. Mi matrimonio contigo fue un negocio. A quien siempre amé fue a Camila. Tú solo fuiste el medio para conseguir el fin". El pitido del monitor se hizo continuo. Mi mano cayó inerte. Morí con el corazón destrozado, traicionada hasta el último aliento. Oscuridad. Y luego, un rayo de sol cálido. Abrí los ojos y reconocí el techo de mi antiguo apartamento de soltera. Mis manos eran jóvenes, firmes. ¡Estaba viva y tenía veinticinco años! De repente, un golpe en la puerta. Abrí y mi corazón se detuvo: era Ricardo, joven y radiante, con un ramo de mis flores favoritas. Y detrás de él, Camila, con su sonrisa tímida y llena de ambición. Recordé la fecha: el día en que Ricardo me propuso matrimonio. El día en que Camila entró a nuestras vidas. Mi infierno. "Elena, mi amor", dijo Ricardo, arrodillándose, con la voz llena de miel. "Cásate conmigo. Construyamos un imperio juntos". En mi vida pasada, lloré de felicidad y dije que sí. Pero esta vez, una sonrisa fría se dibujó en mis labios. "No", dije, claro y firme. "No me voy a casar contigo". Ricardo parpadeó, confundido. "Pero", continué, mi voz un susurro cortante, "estoy dispuesta a considerar una sociedad de negocios. Con términos muy claros. Y con una cláusula de salida muy estricta para ti". Los dejé atónitos en el pasillo, escuchando sus susurros a través de la puerta. "Es sólo un capricho", dijo Camila. "Ella es sólo un escalón... el dinero de su familia es lo que necesitamos". Escalón. No esta vez. Esta vez, yo no sería el escalón. Yo sería el precipicio.”
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