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No Soy la Luciana que Rompiste

Capítulo 3 

Palabras:616    |    Actualizado en: 01/07/2025

ó del shock a la más

ueña Sofía, que se aferraba a mi pierna mientras

equívoca. Una fa

aso. Su arrogancia se había desmoronado, dejando al descu

letamente en mí. "¿Estás bien, amor?" pregunt

su tacto tranquilizador. Me giré hacia Máximo, sintiendo la

tro de la chica que una vez le suplicó amor. "Este

s mi vida ahora. Tú y todo lo que pasó entre nosotros... fue un err

la de tierra sobre el a

tró cuando estaba rota, me ayudó a reconstruirme y me ha dado una felicidad que tú ni siquiera ere

coche para mí y para Sofía. Nos acomodamos dentro, y antes d

silenciosa superioridad de un hombre que n

la figura de Máximo, sola en medio del aparcamiento,

pio. Ivan simplemente tomó mi mano y la

r de ello?" pre

olo quiero llegar a cas

esees,

trabajaba en unos planos en su estudio, me senté en el balcón con una

a abierto una puerta a un

ersidad. La Luc

se enamoró del estudiante de derecho m

ustaba escuchar guitarra clásica en la

la plaza y bailaba para él en la distancia, sin que supiera que era par

a ciudad. Corrí bajo la lluvia torrencial, cruzando media ciudad para comprarl

vió. Vio la intensidad de mi

a apasionada, él era el intelectual brillante. Éramos

é mi corazón

, más tarde, piso

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No Soy la Luciana que Rompiste
No Soy la Luciana que Rompiste
“El auditorio vibraba, los focos cegaban y, en el escenario, Máximo Lawrence, el hombre que me destrozó, se preparaba para su gran acto. Siete años después de que me echara al abismo, me buscó con la mirada entre la multitud y, con una sonrisa estudiada, anunció: "Hay una persona especial aquí esta noche... una mujer que me prometió gloria con sus pasos." Sacó una caja de terciopelo, el público jadeó, y mi nombre, Luciana, resonó con una falsa emoción. "Cásate conmigo", me pidió, un broche de plata con castañuelas, idéntico al que perdí el día que me acusó, brillando en sus manos. Pero en mi mente, no veía al héroe romántico, sino al verdugo de hace siete años, señalándome ante los mismos periodistas. "¡Ella es una plagiaria! ¡Una ladrona!", gritó entonces, cerrándome las puertas al Ballet Nacional y al mundo del flamenco. Hoy, mi pasado regresaba con un show patético, ignorando que aquella Luciana que un día lo amó con locura ya no existe. Ahora yo era Luciana Castillo, la bailaora de flamenco que había conquistado Europa y que no le debía absolutamente nada. Me levanté sin una palabra, dispuesta a marcharme, a borrarlo de mi vida, cuando una diminuta voz rasgó el aire: "¡Mamá!" Y entonces, en el aparcamiento, mientras Máximo me acosaba, mi hija Sofía corrió hacia mí, y mi marido, Ivan, salió del coche para rodearme con su brazo. Su rostro se paralizó, palideció al entender que lo que vio era mi familia, mi vida, mi nueva felicidad construida sobre las cenizas que él dejó. "Máximo", le dije, mirándolo sin una pizca de la chica que una vez le suplicó amor. "Él es Ivan, mi marido. Ella es Sofía, nuestra hija." "Tú y todo lo que pasó entre nosotros... fue un error. Desaparece de mi vida. Para siempre." Pero, ¿qué puede hacer un hombre cuando su pasado, su mentira y su orgullo se derrumban ante la innegable verdad de tu triunfo?”
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