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Me Toca a Disfrutar La Vida

Capítulo 3 

Palabras:441    |    Actualizado en: 30/06/2025

ente, me desperté

os de cerámica rotos, jarrones hechos añicos, libros a

rucción, con la respiración agita

su brazo, "intentando" calmarlo. Cuando me

Se despertó así, destruyéndolo todo. Por favo

su habitación, at

s? ¡Mira este desastre! Tienes que li

, recogiendo cada fragmento de cerámica, mientras el

por encima de los escombr

ciana, con la voz chillona.

uerta, con mi b

n chequeo completo. Después de todo, con tant

í, cerrando la p

, el médico fue amable. Los análisis de sangre revelaron que no tenía cáncer terminal. Solo una leve hep

na segunda oportunidad,

al y les di mi dirección. Pagué por un servicio de limpieza p

de, el salón estaba impecable.

s en el sofá, en un silencio tenso. Me mi

té en mi tocador y miré mi reflejo. La mujer que me devolvía la mirad

r del tocador para bu

mi corazó

n estab

da pintado a mano que mi madre me dejó, la ún

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Me Toca a Disfrutar La Vida
“Morí en la cama del hospital, con el olor a desinfectante en los pulmones. Cáncer de hígado en etapa terminal. Mi muerte fue el culmen de tres años de infierno, de servidumbre disfrazada de amor, soportando a mi "enfermo" esposo y a su "amada" -mi supuesta amiga, Yolanda. Había sido su sirvienta personal, limpiando, cocinando, y soportando los arrebatos de un hombre que simulaba Alzheimer, mientras mi propia salud se desvanecía. En mi lecho de muerte, con mi hija Luciana a mi lado, escuché la verdad que me destrozó el alma: Máximo y Yolanda se reían y hablaban de casarse, y de cómo Luciana era una "estúpida" por creer que Yolanda era su "verdadera madre". Su risa fue la respuesta de Máximo. Él nunca estuvo enfermo. Era todo una farsa para tenerme sirviéndoles sin quejas. El dolor físico desapareció, reemplazado por la fría comprensión de una traición monstruosa. Mis últimos segundos de vida se llenaron de rabia y desesperación. Pero en lugar de la oscuridad, abrí los ojos. No había olor a desinfectante, sino a jamón y mariscos, y la luz del sol sevillano inundaba mi salón. Estaba de pie, con un delantal, en medio de una fiesta. Yolanda y Máximo estaban allí, y mi hija me pedía más sangría, como si fuera mi jefa. Era el día en que todo comenzó. La fiesta de bienvenida para Yolanda. La Sangría, roja y fría en mi mano, se convirtió en mi arma. Levanté la mano y se la arroje a la cara. "Estoy empezando a vivir", les dije, y por primera vez en años, sonreí de verdad.”
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