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Me Toca a Disfrutar La Vida

Capítulo 1 

Palabras:506    |    Actualizado en: 30/06/2025

sinfectante llenando mis pulmones. El diagnósti

storia andaluza, fue diagnosticado con Alzheimer. Se volvió violento, ir

na, la trajo a

papá. Yolanda puede ayuda

os atendí día y noche, soportando los repentinos ataques de ira de Máximo y la mirada condescendiente de

uerpo se ri

lado, escuché a Yolanda susurrarle a Máximo en el

esperar a que nos casemos. Y esa estúpida de Lucian

de Máximo fu

ás de paciencia. Ha sido una sir

a fría comprensión. El Alzheimer era una farsa. Todo era un plan para que y

s, y el mundo

de Sevilla que entraba por la ventana de mi sala. El olor no e

n delantal puesto, e

áximo, con una expresión de confusión fingida en su rostro, le ponía tor

se acercó a mí c

. ¿No ves que su copa está vací

e quien le habla

odo comenzó. La fiesta d

. Miré la cara de mi hija, tan llena de adoraci

té la

contenido de la

manchándolo todo de un rojo pegajoso. El silencio ca

te pasa?", gritó Máxi

y una sonrisa, la primera sonrisa r

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Me Toca a Disfrutar La Vida
“Morí en la cama del hospital, con el olor a desinfectante en los pulmones. Cáncer de hígado en etapa terminal. Mi muerte fue el culmen de tres años de infierno, de servidumbre disfrazada de amor, soportando a mi "enfermo" esposo y a su "amada" -mi supuesta amiga, Yolanda. Había sido su sirvienta personal, limpiando, cocinando, y soportando los arrebatos de un hombre que simulaba Alzheimer, mientras mi propia salud se desvanecía. En mi lecho de muerte, con mi hija Luciana a mi lado, escuché la verdad que me destrozó el alma: Máximo y Yolanda se reían y hablaban de casarse, y de cómo Luciana era una "estúpida" por creer que Yolanda era su "verdadera madre". Su risa fue la respuesta de Máximo. Él nunca estuvo enfermo. Era todo una farsa para tenerme sirviéndoles sin quejas. El dolor físico desapareció, reemplazado por la fría comprensión de una traición monstruosa. Mis últimos segundos de vida se llenaron de rabia y desesperación. Pero en lugar de la oscuridad, abrí los ojos. No había olor a desinfectante, sino a jamón y mariscos, y la luz del sol sevillano inundaba mi salón. Estaba de pie, con un delantal, en medio de una fiesta. Yolanda y Máximo estaban allí, y mi hija me pedía más sangría, como si fuera mi jefa. Era el día en que todo comenzó. La fiesta de bienvenida para Yolanda. La Sangría, roja y fría en mi mano, se convirtió en mi arma. Levanté la mano y se la arroje a la cara. "Estoy empezando a vivir", les dije, y por primera vez en años, sonreí de verdad.”
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