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Vino, Traición y Cenizas: La Venganza Silenciosa de la Heredera

Capítulo 1 

Palabras:511    |    Actualizado en: 25/06/2025

Mateo nuestra promesa fue en

dación, una fecha sagrada pa

llí, sus risas llenaban e

lo que nos promet

e fue de sus ojos y una mueca d

e niños, Sofía.

os amigos soltaro

ro fue el destello de algo en su

da, y una marca roja, una que no era mí

intió pesado, c

o, la puerta se abrió

al de trabajo, fingiendo

esencia la asustara. Sus ojos se llenaro

¿he interrum

a un susu

antó de un s

rusco, volcó la mes

as de nuestro mejor vino se estre

corte en el brazo. La sangre empezó

le arrancó el delantal

no tienes que traba

ó, con la c

o ser una

hacia mí, su mirada er

illarla de nuevo, o se olvid

todos, pero sus ojos

Valdepeñas, la heredera, había obligado a l

mbre que traicionó a mi fami

Mateo se aseguraban de que tuv

una actuación para

ía que nadi

egaló una medalla familiar como promesa de f

redera, ya no puedo respirar",

dre en su lecho de muerte que me protegería siemp

to contigo no es pedirte demasiado, ¿verdad?", m

n ruinas, con el brazo sangr

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Vino, Traición y Cenizas: La Venganza Silenciosa de la Heredera
Vino, Traición y Cenizas: La Venganza Silenciosa de la Heredera
“Mi vida giraba en torno a la centenaria bodega familiar, un legado de mi madre y una promesa de futuro con Mateo, mi compañero de toda la vida. En una sala de catas, entre risas de amigos y el aroma a vino, le recordé, con dulzura, nuestra promesa de niños. Pero el calor huyó de sus ojos y una marca ajena en su cuello me heló. De repente, Isabela Gámez irrumpió, fingiendo inocencia. En un instante, Mateo, mi prometido, volcó la mesa, destrozando botellas, sin una mirada para mi brazo sangrante, solo para protegerla a ella. Él me acusó de haberla humillado, mientras mi propio hermano, Javier, me miraba con fría complicidad. Me arrebataron la medalla familiar, hicieron añicos el preciado collar de perlas de mi madre, y Javier exigió cederle a ella nuestro olivar, llamándome egoísta. ¿Cómo pudieron cegarse tanto? Mis lágrimas no eran de dolor, sino de una rabia helada al ver a mi protector convertirse en mi verdugo, defendiendo a la hija de la amante de mi padre, quien ahora robaba descaradamente mis diseños premiados. Me habían quitado todo, ¿y yo era la villana? Ya no quedaba nada que quemar salvo las ruinas de mi pasado. En un acto final de desesperación y catarsis, fingí mi muerte en un incendio purificador y desaparecí sin dejar rastro. Dos años después, con una nueva identidad en Buenos Aires, me encontré de frente con esos hombres, ahora rotos, buscando redención. ¿Podrían el arrepentimiento y la súplica reavivar las cenizas de un corazón de acero?”
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