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Vino, Traición y Cenizas: La Venganza Silenciosa de la Heredera

Capítulo 2 

Palabras:511    |    Actualizado en: 25/06/2025

ier cosa que dij

a la villana de un

ientras Isabela se escondía en s

un lastre. Se acabó, Sofía", di

har, cansada de inten

lenta

acue

renderlo más que cual

abrazo, me miró con una mezcla de

endo, una herramienta qu

.. Quizás yo no debería

consoló él, acariciándole el pe

cuello y desabroch

madre me había dado cuando éramos ado

a of

me la pluma de mi m

sas que conservaba de ella. Se la di en nuestro décimo a

bolsillo de su chaqueta y c

o tú, que te afer

uerza, su metal frío

as, dejando atrás el desorden, el olor a

iré

la traición me esp

el salón, con una carpeta

uiva, no podía so

mente conciliadora. "Isabela ha pasado por mucho. Creo que

donde aprendí a caminar, donde ella me contaba hi

regunté, mi voz era

los papele

r. Es para darle algo

ocumentos legales para la tr

a mitad, y luego otra vez, hasta que so

caer sobr

iste a mamá?", le pregunté, mi

pero su mirada estaba llena de

ada de nuev

ana ahora. Se merece una parte.

resonó en el silen

n quitado todo, y

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Vino, Traición y Cenizas: La Venganza Silenciosa de la Heredera
Vino, Traición y Cenizas: La Venganza Silenciosa de la Heredera
“Mi vida giraba en torno a la centenaria bodega familiar, un legado de mi madre y una promesa de futuro con Mateo, mi compañero de toda la vida. En una sala de catas, entre risas de amigos y el aroma a vino, le recordé, con dulzura, nuestra promesa de niños. Pero el calor huyó de sus ojos y una marca ajena en su cuello me heló. De repente, Isabela Gámez irrumpió, fingiendo inocencia. En un instante, Mateo, mi prometido, volcó la mesa, destrozando botellas, sin una mirada para mi brazo sangrante, solo para protegerla a ella. Él me acusó de haberla humillado, mientras mi propio hermano, Javier, me miraba con fría complicidad. Me arrebataron la medalla familiar, hicieron añicos el preciado collar de perlas de mi madre, y Javier exigió cederle a ella nuestro olivar, llamándome egoísta. ¿Cómo pudieron cegarse tanto? Mis lágrimas no eran de dolor, sino de una rabia helada al ver a mi protector convertirse en mi verdugo, defendiendo a la hija de la amante de mi padre, quien ahora robaba descaradamente mis diseños premiados. Me habían quitado todo, ¿y yo era la villana? Ya no quedaba nada que quemar salvo las ruinas de mi pasado. En un acto final de desesperación y catarsis, fingí mi muerte en un incendio purificador y desaparecí sin dejar rastro. Dos años después, con una nueva identidad en Buenos Aires, me encontré de frente con esos hombres, ahora rotos, buscando redención. ¿Podrían el arrepentimiento y la súplica reavivar las cenizas de un corazón de acero?”
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