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Vino, Traición y Cenizas: La Venganza Silenciosa de la Heredera

Capítulo 3 

Palabras:389    |    Actualizado en: 25/06/2025

ier era una mezcla

cisión está tomada. Si no fir

puesto entre nosotros,

Si a Sofía le molesta, no

ión era i

e pude haber sentido por

a, su rostro se s

Tú te quedas.

sangre, con una frialdad q

emanda, mi v

cosas de vue

Isabela, manejó la situació

ás tarde. Ahora tenemos cosa

devaluaba nuestros r

de mediar, intentó t

avor. No haga

a. Mi mirada se fijó e

el collar de pe

mer aniversario. El que yo guardaba

e lo hab

él, mi voz er

te atre

paso, su rostro

bien... Pensé que a mamá no le import

sus palabras me

o. Se trataba del alma

ela, que se encogi

tate

admitía

vo, sus manos volaron a su

vier me l

te!", grité, la rabia finalm

la habitación

ontrajo de vergüenza.

Sofía!", r

a delicadeza que nunca me había mostrado a mí y, en

ieron por el suelo c

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Vino, Traición y Cenizas: La Venganza Silenciosa de la Heredera
Vino, Traición y Cenizas: La Venganza Silenciosa de la Heredera
“Mi vida giraba en torno a la centenaria bodega familiar, un legado de mi madre y una promesa de futuro con Mateo, mi compañero de toda la vida. En una sala de catas, entre risas de amigos y el aroma a vino, le recordé, con dulzura, nuestra promesa de niños. Pero el calor huyó de sus ojos y una marca ajena en su cuello me heló. De repente, Isabela Gámez irrumpió, fingiendo inocencia. En un instante, Mateo, mi prometido, volcó la mesa, destrozando botellas, sin una mirada para mi brazo sangrante, solo para protegerla a ella. Él me acusó de haberla humillado, mientras mi propio hermano, Javier, me miraba con fría complicidad. Me arrebataron la medalla familiar, hicieron añicos el preciado collar de perlas de mi madre, y Javier exigió cederle a ella nuestro olivar, llamándome egoísta. ¿Cómo pudieron cegarse tanto? Mis lágrimas no eran de dolor, sino de una rabia helada al ver a mi protector convertirse en mi verdugo, defendiendo a la hija de la amante de mi padre, quien ahora robaba descaradamente mis diseños premiados. Me habían quitado todo, ¿y yo era la villana? Ya no quedaba nada que quemar salvo las ruinas de mi pasado. En un acto final de desesperación y catarsis, fingí mi muerte en un incendio purificador y desaparecí sin dejar rastro. Dos años después, con una nueva identidad en Buenos Aires, me encontré de frente con esos hombres, ahora rotos, buscando redención. ¿Podrían el arrepentimiento y la súplica reavivar las cenizas de un corazón de acero?”
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