En los brazos de la bestia
el expediente de Omar Vitale. No lo hacía por sentirse intimidada, ni mucho menos por temor a lo que él pudiera hacerle. No. Su motivación era clara: ese caso representaba un reto, una opo
re líneas, en los pequeños detalles, Navarro encontró algo. Un error. Una grieta en la estructura del caso. Había pruebas que no encajaban del todo, omisiones
presentar sus pruebas. El tiempo que tardaron en aprobar su solicitud le dejó claro que alguien más estaba nervioso con la posibilidad de que removiera demasiada
naba relajada, pero su tono estaba impregnado de una clara irritación-. Recuerd
na breve risa,
con frialdad-. Y sí, claro que conozco mis recursos y las consecuenci
Anaya estuviera calibrando su respuesta,
encias solicite, el resultado será el mismo. No deje que su
l impulso de reír. Era curioso cómo inte
fiscal -sentenció-. N
sin ce
. Anaya estaba preocupado, eso era evidente. No la llamaría solo para advertirle si estuviera completamen
, una sombra persistente que se negaba a desvanecerse. Tal vez este caso era más personal de lo que pensaba, pero eso no significaba que iba a retroceder. Todo lo contrario. A
o que no sería una audiencia sencilla. Afuera, la prensa se agolpaba como aves de rapiña, ansiosas por captu
cía envolverlo como una segunda piel hacía que todos los ojos se fijaran en él. No había rastro de nerviosismo en su postura ni una som
cada línea de su musculoso cuerpo. La camisa blanca que llevaba estaba impecable, al igual que la corbata que parecía elegida con precisión. No era el atuendo de un hombre desesperado por recuperar su libertad; era el atuendo de alguien que sabía
volvían hacia él con admiració
n de segundo que se alargó hasta convertirse en una eternidad invisible. La carga magnética de su mirada atrapó la de ella, como un anzuelo que se clava sin previo aviso. Un estremec
ra distracciones ni superficialidades. Lo que sintió, se repitió a sí misma, era solo un estímulo pasajero, producto de la energía cruda y avasallante que eman
trea el expediente y la miraba de reojo, y la de la fiscal, cuyo gesto de desdén no se molestaba en ocultar. También estaban las miradas
ogada que él esperaba que fuera. No porque fuera lo que él esperara, sino porque era un reto person
adas, declaraciones ambiguas y la acusación de un testigo que, casualmente, había desaparecido semanas antes. Era apenas un
lda tipo lápiz con las manos antes de acomodar sus lentes sobre el arco de
evidencia manipulada -en la sala se escuchó un murmullo-. En primer lugar, la fiscalía basa su acusación en
lados. Denotaba estar impactado
, abogad
entregando un document
existen otros sospechosos con motivos y conexiones más directas con los hechos. Si la ju
Endrys levantó la voz antes de que pudieran callarla. Hizo va
ambiguas, entonces exijo lo mismo para los demás sospechosos o, en su defecto, su liberación condici
en su silla, calibrando las palabras de Navarro. Sabía que su argumentación no solo era válida, sino irrefuta
ó el mazo con
do bajo supervisión estricta y el pago de
és. No solo por lo que había hecho por él, sino por la forma en que lo había hecho. Era como si hubiera descubi
o lo que importara fuera el espectáculo. Endrys, irritada por la hipocresía que colmaba la sala, comenzó a caminar hacia un rincón. Necesitaba alejarse del
do los dientes. Su mirada se desvió hacia el pasillo y vio que la prensa co
salida, buscando un poco de paz, pero un repentino peso en su brazo la detuvo.
ó, cargada de una intensidad que no podía dis
, pero él no la dejó ir tan fácilmente. Sus pasos se sincronizar
voz, era desafiante, most
cerca que pudo sentir su calor. La voz que pronunció luego fue baj
se extendió entre ellos, y Endrys sintió una corriente de tensió
pero se vio obligada a mirarlo directamente, a r
in embargo, parecía desafiante y curioso al mismo tiempo.
mbos subieron las escaleras en silencio, pero la tensión entre ellos era palpable. Endrys sabía que, aunque en ese momen
ación incómoda se instaló en su pecho, y aunque intentaba convencerse de que lo que acababa de ocurr