En los brazos de la bestia
dejó marcada de una manera que no podía explicar del todo. No era solo la forma en que él la observaba, que de por sí era como si pudiera ver más allá de lo evidente, como si pudier
posición en el mundo, algo tan definitivo que nadie más parecía poseer. Ese
mostrar sus cartas? Endrys había visto a muchos criminales arrogantes, a hombres desesperados y a otros que fingían un temple que no poseían. Pero Vital
ue había alguno, que ardía detrás de esa máscara de piedra. No era simple curiosidad. Era una necesidad casi estra
d de su propia mente. Porque, sea cual fuera la elección, tendría la espada de Damocles suspendida sobre su cab
a. No era un caso sencillo, ni mucho menos seguro, pero tampoco era imposible. Para alguien más, representar a un hombre como él significaba jugar con fuego. Para Endrys, signi
uardando algo. Su oficina, ubicada en lo alto de un rascacielos en Manhattan, le daba una vista completa de la ciudad, un mar de luces que parec
el número que le habían dado. El teléfono sonó solo una vez antes de
var
caso -dijo,
tro lado de la línea, seguido
al infiern
vertencias veladas. Sin embargo, cuando se puso de pie para recoger sus cosas e ir a su departamento, una extraña sensación
re, a quien tenía abandonada. Lo hizo cerca del mediodía, cuando ella se disponía
abías olvidado
sumía, la absorbía por completo, alejándola de todo lo demás. A veces, incluso de su vida personal. Pero, ¿cómo podía esperar tener una vida normal en un mundo como el su
Prometo ir esta semana a cenar con uste
aba fallando en alguna área importante. Y si bien en su trabajo todo iba como lo había proye
ro ya que lo hiciste, estás advertida. Debes venir, y ni se te ocurra fallarle. Erlenis tiene toda
iré a mi secretaria que le compre un regalo inmenso
la llamada. Fue en ese momento cuando Ana, su ama de llave
l jueves está de cumpleaños, y si se me olvida, ya sabes lo qu
e, recibió una notificación en su teléfono. No era el típico encuentro con clientes millonarios en sus oficinas de vidrio y cuero de primera.
mullo de las conversaciones. Un hombre corpulento, con cicatrices en los nudillos y una mirada que evaluaba cada movimiento que hacía
ente la cabeza-. El jefe quería que tuviera acceso a
s, evaluando al hombre con la misma desconfia
-preguntó, cortan
pero sus ojos pe
e puede sacarlo de esto. Y porque, aunqu
as interceptadas, documentos que no deberían existir en ningún expediente oficial. Y entre todo eso, una imagen en particular la hizo detener
Cerró la carpeta co
no mostró el torbelli
es más personal de lo que
etud la dominara. Esto no cambiaba nada. O eso quería creer. M
trabajo. Pero si intenta man
mente, como si supi
veremos,
go más en el pecho: la sensación de que acababa de entrar en un laber