En los brazos de la bestia
sinfectante y a metal oxidado. Endrys Navarro ajustó su chaqueta y respiró profundo. No era su
ta constante, un sentido de autopreservación que había perfeccionado con los años. Caminó con paso seguro, el mismo que la caracterizaba y que contribuía a su autoridad, a la imagen de la mujer de
í era un idioma, un instinto primario que despertaba con la menor provocación. Mantenerse alerta era fundamental, y para ella, como
abía bien. Había visto de cerca lo que el poder podía hacer, cómo una simple firma en el documento equivocado sellaba el destino de una persona. No era paranoia, era experiencia. Había defendido a grande
eno. Se había acostumbrado a mirar sobre su hombro, a medir cada palabra, a calcular cada posible consecuencia de sus acciones. El mundo legal era una jungla d
una declaración. "Aquí estoy. No temo. No titubeo". Sin embargo, en su interior, el cálculo nunca ces
juego era distinto. Un nombre resonaba en su cabeza, un nombre que debería hacerla dudar, que debería empujarla a dar media vuelta y olvidar el caso. Pero n
ver al recluso Omar Vitale -informó al
ya la esperaba adentro. No cualquiera. Omar Vitale. "La Bestia".
al otro lado de la sala en una de las mesas, esposado, con la mirada fija en ella, una expresi
, controlada, casi un susurro que se sentía
. No podía dar señ
portafolio sobre la superficie metálica y lo abrió con calma medida. No había tiempo que perder.
de Vitale se curvó en al
s al principio -su tono dest
abogada. No vine
tado su atención. Se inclinó ligeramente hacia adelante. L
eres
ue imponía, sino su absoluto control sobre sí mismo, co
a de este juicio sin una cadena perpetua. Pero necesi
nso y seguro-. Entiendo que el fiscal tiene pruebas, testigos y una narrativa bien cons
te caso sería un reto, pero cada palabra suya confirmaba que jug
inato en Brooklyn -pidió, tomando asiento con
esto suyo parecía tener un propósito, cada palabra era cuidadosamente medida. Endrys conocía muy bien a los hombres con esa cualidad, hombres que se ocultaban detrás de una calm
to de su rostro, buscando cualquier signo de debilidad, cualquier grieta en su armadura. A pesar de la aparente tranquilidad con la que se comportaba, Endrys
par de jugadas adelante. Y Endrys, la abogada que había entrado a esa sala con una seguridad inquebrantable, no era la excepción. Ella pensaba que podía controlarlo, que podía ganarse su resp
zarla si jugaba bien sus cartas. Y lo haría
estaba en el lugar equivoca
irve. Necesi
dijo, inclinándose hacia adelante de nuevo-. Propongo un trato
la de Endr
iona la ley,
resión no era amable-, en mi mund
jo Endrys, con la voz firme
su comentario le divirtiera. Sus labios apenas se curvaron en l
para que usted haga su trabajo -respondió con una frialdad corta
aquel hombre no cedería fácilmente. Para él, cada conversación era una negociación, un juego de poder en
a cooperar -replicó, cruzando los brazos con ca
como si evaluara cuánto tiempo le tomaría descomponer
a pena cooperar -murmuró con
r con su paciencia, descubriría que ella tenía una volunt
e denso. Endrys se obligó
se hombre? -preg
ndurecieron. Un destello de algo más profun
imp
regunta, era como si realmente quisiera saber si ella tenía algún límite moral, l
perder el tiempo en juegos innecesarios. Si aquel era el comienzo, entonces Vitale estaba subestimándola gravemente.
ente con un golpe seco sobre la mesa, dejando que el son
n el tribunal,
acia la puerta, per
nd
sado su no
enas la
¿
as nuestra próxi
eriza. Sin responder a su comentario, salió de la sala sin volver la vista atrás. Pero mie
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