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Encierro

Encierro

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Capítulo 1 01

Palabras:2568    |    Actualizado en: 21/02/2024

19

ugar de Ma

ilenciosos del viento recorren este rincón inhóspito. Las ropas desgarradas y manchadas de t

paso del tiempo, se alzaban como monumentos desgastados por el abandono. A través de esas barras,

s de piedra gastada. Las sombras danzantes, proyectadas por la luz tenue que se colaba entre los barr

mi suerte se entrelazaban en un laberinto de cicatrices, una narrativa vis

rcas impresas por los grilletes en mis muñecas, la i

Susurro para mí misma, mientras la deses

ados, en su corrosión testaruda, revelan el paso ineludible del tiempo, y cada contacto con el suelo irregular resuena con la historia marcada en cicatrices,

de dolor y desesperación, cada momento se vuelve eterno. La escasa noción del tiempo se so

gua fría que corta como cuchillas, empujándome contra la pared. Puedo sentir la crue

imponer más tormento. En verano, el calor sofocante abraza mis heridas, mientras que en el crudo invierno, el frío se convierte en

ue se teje en cada estación, como las pá

n en una rutina desesperanzadora. En este rincón sombrío, Irene, con los grilletes como cadenas de su existencia, lucha cont

de su soledad. En este diálogo consigo misma, Irene confronta la cruel rea

o melancólico. -¿Recuerdas, Irene?. Éramos tan fel

en las sombras, recuerda con nostalgia su infancia, cuando la felicidad fluía en su familia de clase media, viviendo cas

l eco lejano del movimiento Anti luteranos y la quema de conventos de 1924

nsión de la familia Vázquez) se envolvía en la oscuridad. La tradición religios

padres compartirían. La mansión, con sus sombras danzantes, cobr

ces titilaban, proyectando sombras danzarinas en las paredes. Mi cor

os. -Comenzó mi ma

ó consuelo en la fe cristiana. Cada generaci

ujir de las maderas del suelo, creando una atmósfera mística. S

ribiendo escenas de fe y sacrificio. Yo absorbía cada palabra, mi

unda con mi familia y con la historia que nos unía. Aquel rincón de la mansión

mansión Vázquez, se forjó el primer capítulo de mi historia, marcado po

que las sombras de la intolerancia se cernían sobre nosotros. A pesar de la prohib

conventos avanzaba, y el precio de profesar la fe era cada vez más alto. A

tolerancia se hizo palpable. Mis ojos se abrieron de par en par al presenciar cómo

lamas de la intolerancia rugían. Era un recordatorio b

rrable en mi memoria. La familia torturada no eran unos desconocido para nosotro

elebles de la barbarie. Ellos la quemaron con agua caliente frente a todos. Sus risas resonaron en el

del mundo que nos rodeaba. Aquel día, la crueldad y la intoleranci

as normas establecidas. Lo dejaron en un lugar público durante una semana entera, expuesto al escarnio de la gente. La niña, con

un refugio de paz, se volvió un recordatorio constante de los desafíos que enfrentábamos. En ese instante, la fortaleza de nuestra f

me recordó que debíamos seguir siendo testigos de nuestra creencia con

uía siendo la fuerza que nos sostenía, pero en la ciudad, la lucha por la creencia cristiana se volvía cada vez más ardua y peligrosa. Así, la vida e

amenaza siniestra, irrumpieron en nuestras vidas. Con acusaciones de

an para adorar a su Dios. Los oficiales, implacables, advirtieron

s preocupadas, conscientes de la creciente amenaza que se cernía sobre nosotro

teger nuestras vidas y nuestra fe. La incertidumbre colmó la atmósfera, pe

uebrantable, se convertiría en el punto de partida de una travesía incierta hacia la libertad. La

cución finalmente nos alcanzó. Oficiales invadieron nuestro

Subiendo las escaleras, alcancé a ver por unos instantes la figura valiente de mi pa

sin piedad, arrebataron la vida de mi padre. El sonido de los disparos

ón mientras la tragedia se desencadenaba. La oscuridad de la noche se mezclab

escenario de una tragedia que cambiaría nuestras vidas para siempre. La esperanza se desvanecía m

s oficiales rompían la puerta de la habitación donde mi madre nos oc

un disparo después de abusar de ella de manera brutal. Su sacrificio reso

, con sus rostros fríos, me encontraron. Me esposaron sin piedad, llevándo

a fe que una vez nos fortaleció ahora se sostenía en un hilo frágil en medio de la persecución y la pérdida. Así, espo

nó nuestra morada. El jefe de la policía se apoderó de

idas, se convirtió en un recordatorio sombrío de las pérdidas que sufrimos. C

amargura de la opresión. Perdí a mis padres y mi hogar en un mismo

e aquellos días turbulentos en su memoria. -Ellos devora

ve la calma, pues con el tiempo, los ruidos de pasos dejaron de asustarme, al igual

pe el silencio al abrir

chas. -Me dice con

soros en medio de la oscuridad que la rodeaba. Agradecida por el gesto de amabilidad en un lugar donde la bon

rta de su celda y salio decisión, dispue

de voces y el sonido de pasos apresurados. Aunque se sentía abrumada por el caos que la rodeaba, una sensación

oco más a la libertad que tanto anhelaba. Aunque el camino hacia la redención era largo y lleno de obstáculos, estaba

scondida del mundo en un reformatorio hasta alcanzar los 17 años. Lue

me condenaron a muerte. Cada día ha sido una danza monótona ent

n comportamiento que contrasta con las falsas acusaciones que pesan sobre mí. La paradoja de mi existencia se ma

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