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Yo era Ariadna Valdés, un portento de la tecnología, un genio celebrado en el "Silicon Valley" de Monterrey, con un esposo que me adoraba, Damián, y el mejor amigo más leal del mundo, Cosme. Mi universo era perfecto, hasta que una extraña y agresiva enfermedad hepática amenazó con arrebatármelo todo.
Me prometieron que me salvarían, y lo cumplieron. Tres años de lucha, un trasplante exitoso, y por fin estaba sana, lista para darles la sorpresa de sus vidas. Pero cuando llegué a mi penthouse, un guardia de seguridad me detuvo, asegurando que la señora Herrera ya estaba arriba.
Mi sonrisa se congeló cuando me mostró una foto: Karla Gutiérrez, mi donante de hígado, de pie en mi balcón, luciendo exactamente como yo. El mundo se me vino encima. Me tambaleé, golpeándome la cabeza, mientras la voz de Damián resonaba en la radio del guardia, ordenándole que se deshiciera de la "loca" que estaba molestando a Karla, su "esposa".
Estaban en mi casa, en mi cama, en el penthouse que Damián diseñó para mí. Karla, la mujer por la que sentí lástima, la que juraba no aceptar caridad, ahora vivía mi vida, con mi esposo y con el hombre que era como mi hermano.
El dolor en mi cabeza no era nada comparado con la agonía que me desgarraba el pecho. Mi esposo, mi hermano... estaban juntos en esto. La traición era absoluta. Fue entonces cuando supe que mi mundo perfecto era una mentira podrida, y que yo no era más que un estorbo que había que manejar.
Capítulo 1
Yo era Ariadna Valdés, un nombre que solía brillar con luz propia en Monterrey. Construí un imperio tecnológico desde cero, y el mundo entero celebraba mi genialidad.
Mi esposo, Damián Herrera, era el carismático director general de su propia y colosal firma de tecnología. Me trataba como si yo fuera el centro de su universo, un tesoro frágil que debía proteger a toda costa. Cada mañana, me preparaba personalmente el café, exactamente como a mí me gustaba, y cada noche, me leía hasta que me quedaba dormida. Decía que mi mente era un regalo para el mundo, y que su trabajo era cuidarla.
Y luego estaba Cosme Gallardo, el inversionista de riesgo que vio mi potencial antes que nadie. Era más que un socio; era el hermano que nunca tuve. Me guio, celebró mis triunfos y me levantó después de mis fracasos. Siempre decía: "Ari, tú y yo somos un equipo. Nada puede romper eso".
Eran los dos hombres más importantes de mi vida. Los pilares que sostenían mi mundo perfecto.
Entonces, ese mundo comenzó a agrietarse. Un diagnóstico que salió de la nada: una enfermedad hepática rara y agresiva. Los doctores me dieron un año, tal vez dos.
Damián y Cosme se vinieron abajo. Recuerdo a Damián sosteniendo mi mano, su rostro pálido de terror.
"Gastaré hasta el último peso que tengo. Encontraremos una cura, Ariadna. Te lo juro".
Cosme solo me abrazó, su propio cuerpo temblando.
"Lo que sea necesario", susurró. "Lo que sea necesario para salvarte".
Y lo hicieron. Cumplieron su promesa.
Damián invirtió una fortuna para encontrar a los mejores especialistas, localizando finalmente una clínica de vanguardia en Houston, Texas, que se especializaba en trasplantes parciales de hígado. Cosme puso su vida entera en pausa, mudándose a una suite cerca de la clínica para estar conmigo durante cada doloroso procedimiento y cada mes de recuperación.
Fueron tres largos años. Tres años de lucha, de esperanza, de estar separada de la vida que conocía. Pero funcionó. El trasplante fue un éxito. Estaba viva. Estaba sana.
Decidí volar de regreso a México sin avisar. Me imaginaba sus caras, la sorpresa, la alegría desbordada. Imaginé a Damián dejando todo lo que estuviera haciendo para estrecharme en sus brazos, a Cosme alborotándome el pelo y diciéndome: "Sabía que lo lograrías".
Tomé un taxi directamente a nuestro penthouse en San Pedro Garza García, la torre de cristal con vistas a la Sierra Madre. Mi hogar.
Pero no pude pasar del vestíbulo. El nuevo guardia de seguridad me detuvo, con la mano en alto, firme.
"Señora, ¿puedo ayudarla en algo?".
Sonreí, sintiendo una oleada de emoción. "Vivo aquí. Soy Ariadna Valdés. La señora Herrera".
La expresión del guardia no cambió. Me miró de arriba abajo, y luego sus ojos se entrecerraron con sospecha.
"No sé quién sea usted, pero la señora Herrera está arriba".
Mi sonrisa se congeló. "¿Perdón, qué dijo?".
Pareció disfrutar de mi confusión. Su tono pasó de profesional a fastidiado, como si le estuviera haciendo perder el tiempo.
"La señora Herrera está aquí. Necesita irse antes de que llame a la policía".
"Debe haber un error", dije, con la voz temblorosa. "Yo soy la señora Herrera".
El guardia soltó una risa corta y desagradable. Sacó su celular y me lo restregó en la cara.
"Esta es la señora Herrera".
Miré la foto. Era una mujer de pie en nuestro balcón, sonriendo a la cámara. Una mujer que se parecía tanto a mí que era desconcertante. El mismo cabello oscuro, la misma mandíbula, la misma forma de los ojos.
Pero no era yo. Era Karla Gutiérrez.
Mi donante de hígado.
El mundo se inclinó. Me tambaleé hacia atrás, llevándome la mano a la boca. El rostro del guardia se torció en una mueca de desprecio.
"¿Ya ve? Ahora lárguese de aquí. Todo el tiempo vienen fanáticas locas como usted, tratando de llegar al señor Herrera. Es patético".
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