Casada Con Mi Destructor

Casada Con Mi Destructor

Anticipation II

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Capítulo

Dicen que soy una estrella de la calamidad, que a donde voy, llevo la desgracia. Siempre lo creí, porque todos a mi alrededor desaparecían, hasta que solo quedamos Sofia y yo. Ella era mi única luz, mi hermana, mi todo. Un día de lluvia, al bajar una colina, Sofia resbaló y su cabeza golpeó una roca con una fuerza terrible. Su esposo, Jorge, estaba ahí, pero no hizo nada. En el funeral, mientras me escondía de las miradas de lástima, él me encontró. El aliento a alcohol barato, los ojos inyectados en sangre pero no de pena y una frase, "Elena, ahora estás sola ¿verdad?". Luego, manos ásperas que me arrastraron a un cuarto trasero, me violó. Cuando salí, la gente me miraba con lástima, curiosidad y desprecio. La policía quiso ayudar, pero frente a la sonrisa torcida de Jorge, recordé el dolor horrible y la humillación. No pasó nada, dije, me desmayé. ¿Ayudarme? ¿Usted?, solté una risa seca y amarga, yo quería, le coqueteé, soy una zorra. La oficial María me miró con asco. Los susurros la confirmaban por detrás, "qué descaro, pobre Jorge, esta mujerzuela lo acosa" . Acepté todo, y me acerqué a los padres de Jorge. "No presentaré cargos" , susurré, "con una condición" . Ellos entre miedo y desprecio, preguntaron: "¿Qué quieres? ¿Dinero?" . "Quiero casarme con él" . El silencio fue absoluto, incluso Jorge me miró como si estuviera loca. Ahora entienden por qué me casé con el hombre que me destruyó. Es el primer paso a su infierno, no me importa que me llamen bruja, perra o zorra.

Introducción

Dicen que soy una estrella de la calamidad, que a donde voy, llevo la desgracia.

Siempre lo creí, porque todos a mi alrededor desaparecían, hasta que solo quedamos Sofia y yo.

Ella era mi única luz, mi hermana, mi todo.

Un día de lluvia, al bajar una colina, Sofia resbaló y su cabeza golpeó una roca con una fuerza terrible.

Su esposo, Jorge, estaba ahí, pero no hizo nada.

En el funeral, mientras me escondía de las miradas de lástima, él me encontró.

El aliento a alcohol barato, los ojos inyectados en sangre pero no de pena y una frase, "Elena, ahora estás sola ¿verdad?".

Luego, manos ásperas que me arrastraron a un cuarto trasero, me violó.

Cuando salí, la gente me miraba con lástima, curiosidad y desprecio.

La policía quiso ayudar, pero frente a la sonrisa torcida de Jorge, recordé el dolor horrible y la humillación.

No pasó nada, dije, me desmayé.

¿Ayudarme? ¿Usted?, solté una risa seca y amarga, yo quería, le coqueteé, soy una zorra.

La oficial María me miró con asco.

Los susurros la confirmaban por detrás, "qué descaro, pobre Jorge, esta mujerzuela lo acosa" .

Acepté todo, y me acerqué a los padres de Jorge.

"No presentaré cargos" , susurré, "con una condición" .

Ellos entre miedo y desprecio, preguntaron: "¿Qué quieres? ¿Dinero?" .

"Quiero casarme con él" .

El silencio fue absoluto, incluso Jorge me miró como si estuviera loca.

Ahora entienden por qué me casé con el hombre que me destruyó.

Es el primer paso a su infierno, no me importa que me llamen bruja, perra o zorra.

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El taller de mi abuela Rojas, mi santuario personal y legado familiar, era mi refugio. Una mañana, una foto en Instagram me heló la sangre: Mateo, el nuevo aprendiz de mi esposo Diego, posaba sonriente con mis herramientas sagradas. El pie de foto, "Taller Domínguez. Legado", era una profanación directa, borrándome a mí y a mi linaje. Intenté exigirle a Diego que Mateo saliera de mi taller, pero él, ciego por su ambición, lo justificó diciendo: "Es solo un espacio vacío la mayor parte del tiempo". Su condescendencia y la minimización de mi herencia me dejaron helada, transformando mi ira en una claridad peligrosa. Cuando colgué, supe que no discutiría más, sino que actuaría. "Papá, soy yo," marqué, "necesito que canceles el contrato de exportación de agave azul con Domínguez." Mi padre lo hizo sin dudar, cortando el sustento de Diego y activando mi plan. Diego me llamó, su pánico palpable: "¿Qué hiciste, Sofía? ¡El trato está cancelado!" "Tiene todo que ver con el taller," le dije, "tiene que ver con el respeto." Le impuse mis términos: Mateo fuera y una disculpa pública reconociendo a Artesanías Rojas. Mientras esperaba su cumplimiento, la calma fría me guio hacia su preciada colección de esculturas prehispánicas. Tomé el martillo de latón que usábamos para colgar cuadros. La primera pieza, una figura de Tláloc, la dejé caer al suelo, partiéndose en tres pedazos. Metódicamente, una por una, destruí cada escultura, mi furia materializándose en cada estallido de arcilla antigua. Cuando Diego llegó a casa, encontró las llaves y la disculpa, pero también las ruinas de su orgullo a mis pies. Nos miramos, y en sus ojos, vi el horror y un nuevo tipo de miedo, sabiendo que el matrimonio se había roto y la guerra, apenas comenzado.

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