La Última Gota de su Ego

La Última Gota de su Ego

Xing Jia Yi

5.0
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Capítulo

Siempre creí en el amor y en mi tequila "Corazón de Agave". Con Máximo, mi esposo, construimos un imperio de la nada, con mi legado familiar y mi esfuerzo. Pero un día, un email abierto me destrozó: Máximo no solo me engañaba con Valeria Salazar, su "socia creativa", sino que planeaba desecharme como a una "esposa rústica" mientras ella disfrutaba de la fama y la fortuna que juntos habíamos construido. Sentí el frío de una traición cuidadosamente orquestada. Mi corazón, que había luchado tanto, se hizo añicos cuando Máximo, con total descaro, me propuso invitar a Valeria a la villa de Napa, comprada con nuestro dinero. ¿La misma Valeria que sonreía encantada en nuestra boda? La bofetada final llegó cuando, tras una patraña de ella, Máximo la defendió ciegamente, usando una frase que una vez me dedicó. ¿Diez años de matrimonio, de sacrificios? ¿Mi salud comprometida por el arduo trabajo que garantizó su éxito? ¿Mi sueño de ser madre convertido en un arma contra mí? Máximo me culpó de mi infertilidad, resultado de construir nuestro sueño, mientras celebraba el embarazo de su amante. La calma gélida me invadió. Ya no lloraría. Decidí que, si no podía ser madre para un hombre que me despreciaba, al menos me rehusaría a ser su víctima. En ese instante, supe que recuperaría lo que era mío, y él pagaría cada lágrima.

Introducción

Siempre creí en el amor y en mi tequila "Corazón de Agave". Con Máximo, mi esposo, construimos un imperio de la nada, con mi legado familiar y mi esfuerzo.

Pero un día, un email abierto me destrozó: Máximo no solo me engañaba con Valeria Salazar, su "socia creativa", sino que planeaba desecharme como a una "esposa rústica" mientras ella disfrutaba de la fama y la fortuna que juntos habíamos construido.

Sentí el frío de una traición cuidadosamente orquestada. Mi corazón, que había luchado tanto, se hizo añicos cuando Máximo, con total descaro, me propuso invitar a Valeria a la villa de Napa, comprada con nuestro dinero.

¿La misma Valeria que sonreía encantada en nuestra boda? La bofetada final llegó cuando, tras una patraña de ella, Máximo la defendió ciegamente, usando una frase que una vez me dedicó.

¿Diez años de matrimonio, de sacrificios? ¿Mi salud comprometida por el arduo trabajo que garantizó su éxito? ¿Mi sueño de ser madre convertido en un arma contra mí? Máximo me culpó de mi infertilidad, resultado de construir nuestro sueño, mientras celebraba el embarazo de su amante.

La calma gélida me invadió. Ya no lloraría. Decidí que, si no podía ser madre para un hombre que me despreciaba, al menos me rehusaría a ser su víctima. En ese instante, supe que recuperaría lo que era mío, y él pagaría cada lágrima.

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El dolor era una niebla espesa y punzante que me envolvía, cada hueso de mi cuerpo se quejaba, mi vientre era un eco vacío. Entre la neblina, filtré voces familiares, la tensa de Alejandro, mi esposo, y la cortante de mi suegra. "¿Estás seguro de que nadie sospecha nada, Alejandro? Un accidente en las escaleras, justo ahora... es demasiado conveniente.", dijo ella. "Tranquila, mamá. El médico es de confianza. Dijo que fue un resbalón desafortunado, común en su estado.", respondió él, y la verdad me golpeó. No tropecé, alguien me empujó. "¿Y el... problema? ¿El bastardo?", escuché a mi suegra sin pizca de emoción. Un silencio pesado. "El problema está resuelto, mamá. Ya no existe.", sentenció Alejandro con un susurro mortal. Mi bebé. Mi hijo. Mi mano voló a mi vientre, pero el bulto de ocho meses había desaparecido, dejando solo un vacío doloroso bajo la delgada sábana de hospital. Un sollozo roto escapó de mí. Mi amor y confianza en Alejandro se hicieron añicos. Todo era una farsa. "Bien hecho, hijo mío. Ese niño nunca debió nacer. Mancharía el apellido Vargas. Ahora solo queda el hijo de Camila, un heredero de pura sangre.", añadió Doña Elvira. ¿Camila? Su asistente. Ella tenía un hijo de él. "Para que no haya más... accidentes... ni sorpresas, el doctor le administrará un medicamento. Algo fuerte. La dejará limpia. Estéril.", escuché a Alejandro. Mi hijo me había sido arrebatado, y también la posibilidad de volver a ser madre. Luego, la segunda voz. "Nadie sabrá jamás que tú la empujaste por las escaleras." No fue él. Hizo que alguien lo hiciera. Pagó para matarnos. El dolor físico se volvió insignificante. Me mordí el labio, el sabor a sangre llenó mi boca. Tenía que fingir. Pero esa Sofía, la ingenua y confiada, acababa de morir junto con mi hijo. En esa cama de hospital, rodeada de traición, nació una nueva mujer. Debía escapar. Sobrevivir. Y un día, por la Virgen de Guadalupe, Alejandro Vargas y sus cómplices pagarían. Cerré los ojos, una lágrima silenciosa, esperando mi momento.

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