La Hija Ignorada Encuentra Su Felicidad

La Hija Ignorada Encuentra Su Felicidad

Gia Hunter

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Capítulo

El abogado me acaba de confirmar que todo está listo: mi isla privada en el Caribe mexicano y el personal que he contratado. Creí que la vida que había construido junto a Roy, mi prometido, era el amor de mi vida, hasta que escuché sus últimas palabras al teléfono: "Tengo que casarme con Lina. Es un sacrificio para que Sasha sea feliz" . Todo lo que creí amor -siete años, regalos, promesas- era una farsa orquestada para mantenerme lejos de Máximo y que mi hermana, Sasha, pudiera tenerlo. ¿Por qué siempre fui la segunda opción, el peón en los juegos de los demás, la que recibía la migajas de una familia que solo valoraba a mi hermana? Ya no tenía familia, ni prometido, ni nada que perder; solo una isla esperándome para quemar mi pasado y renacer.

Introducción

El abogado me acaba de confirmar que todo está listo: mi isla privada en el Caribe mexicano y el personal que he contratado.

Creí que la vida que había construido junto a Roy, mi prometido, era el amor de mi vida, hasta que escuché sus últimas palabras al teléfono: "Tengo que casarme con Lina. Es un sacrificio para que Sasha sea feliz" .

Todo lo que creí amor -siete años, regalos, promesas- era una farsa orquestada para mantenerme lejos de Máximo y que mi hermana, Sasha, pudiera tenerlo.

¿Por qué siempre fui la segunda opción, el peón en los juegos de los demás, la que recibía la migajas de una familia que solo valoraba a mi hermana?

Ya no tenía familia, ni prometido, ni nada que perder; solo una isla esperándome para quemar mi pasado y renacer.

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Mis piernas, mi vida entera, se fueron en un instante. La fría voz del médico pronunció la palabra 'amputación', mientras mi prometido, Mateo, un hombre de negocios implacable, me prometía amor eterno y un futuro juntos, incluso si era en una silla de ruedas. Pero la realidad era un blog anónimo, "Mi Amor Clandestino", donde una tal "X" detallaba sus encuentros apasionados con "M", mi Mateo. Él la visitaba a diario en su "prisión dorada", prometiéndole una vida juntos una vez que su "novia enferma" estuviera fuera del camino. Sabía que Ximena era la mujer que me había atropellado, la que, obsesionada con Mateo, me había acosado. No entendía por qué Mateo, quien parecía tan devoto a mí, jugaba este retorcido juego. ¿Por qué me mantenía cerca si su corazón y acciones estaban con otra? El dolor no era solo físico; era el de un corazón traicionado, la humillación de ser un peón en sus juegos psicópatas. Sentía cómo se burlaban de mí con cada palabra dulce de Mateo, cada post de Ximena. La desesperación me consumió hasta que, en el parque donde nos dimos nuestro primer beso, y donde él corrió a responder la llamada de Ximena en nuestro aniversario, tomé una decisión. Tragué un frasco entero de analgésicos, buscando la única paz que me quedaba. Pero al abrir los ojos de nuevo, estaba de vuelta. Mis piernas estaban allí, perfectas, y el calendario marcaba el día antes del accidente. Era una segunda oportunidad, no para revivir un amor, sino para reescribir mi destino y escapar de ese infierno.

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Era nuestro tercer aniversario de bodas, y el vestido rojo que a Ricardo tanto le encantaba esperaba impaciente. Había preparado con esmero su cena favorita, soñando con una noche diferente, pero él llegó tarde, esquivando mi abrazo con una frialdad ya familiar. "Estoy ocupado, Sofía", murmuró, alejándose mientras mi esperanza se desvanecía y la puerta de su estudio se cerraba, dejándome sola con el aroma de la cena que se enfriaba. Mi súplica por un acercamiento se convirtió en burla: "Si tienes tantas necesidades, ¿por qué no buscas a alguien que te las cumpla?". Sus palabras me golpearon, pero la humillación se transformó en horrores al verlo a través de la rendija del estudio. Ricardo no estaba solo; Mateo, mi "hermano" adoptivo, el de la amabilidad fraternal, estaba en sus brazos, susurrándole con una ternura que nunca me había dado. Mi corazón se hizo pedazos al encontrar en su teléfono cientos de mensajes, planes secretos y burlas hacia mí. "La ingenua de tu hermana ya preparó otra de sus cenitas románticas. Qué patética", leía. "Sólo me casé con esta tonta por el dinero de su familia. Es una simple herramienta", me enteré. La vida que conocía era una farsa, una manipulación calculada. La Sofía inteligente y capaz, reducida a un peón. Las lágrimas ahogaron mi voz, pero un recuerdo lejano, la matriarca tequilera de Jalisco, mi abuela, se encendió en mi mente. Su voz, cálida y fuerte, me recibió: "¿Sofía, mi niña? Lo sé todo. Es hora de que vuelvas a casa. Tu imperio te espera. Es hora de mostrarles quién es Sofía Herrera." Al día siguiente, Ricardo me arrastró a una clínica de fertilidad; la familia Valdivia necesitaba un heredero, y yo era solo una incubadora. "No me importa. Vístete o te vestiré yo mismo", amenazó. En la fría sala de operaciones, me sentí violada, paralizada por el shock y el dolor mientras la aguja se hundía en mi brazo. Cuando desperté, los ocho embriones fertilizados, "ocho futuros Valdivia", fueron mi prueba de la tortura. En un arrebato de furia, tomé la placa de Petri y la estrellé contra el suelo: "He destruido la evidencia de su crimen. Díganle a Ricardo que no habrá heredero. Que se acabó. No voy a ser su fábrica de bebés." El dolor se convirtió en determinación. La llamada de mi abuela no fue solo un grito de auxilio, sino una chispa que encendió la mecha de mi venganza.

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