Traición con Sabor a Ausencia

Traición con Sabor a Ausencia

Daniela

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Soy Roy Castillo, un pastelero, y hoy mi matrimonio de seis años, cimentado en la promesa de un amor inquebrantable, se desmoronó por completo. Mi esposa Lina, mi salvadora desde la infancia y el ancla de mi frágil mundo, supuestamente me amaba solo a mí. Pero un hombre llamado Máximo irrumpió en mi tranquila pastelería, Dulce Marea, sonriendo con suficiencia mientras pronunciaba las palabras que desgarrarían mi alma: "Ella y yo estamos juntos, está embarazada. El hijo es mío". El impacto fue tan brutal que ahogó mis pulmones, desatando un ataque de asma que me arrastró a los recuerdos de mi trauma infantil, mientras la humillación se grababa en mi delantal con un mate arrojado. Lina me prometió y suplicó en la clínica que todo era una mentira, sellando su arrepentimiento bloqueando a Máximo frente a mis ojos, pero la semilla de la duda y la inmensa traición ya había germinado en mi corazón, ¿cómo podía ser tan ingenuo? Entonces, una foto anónima de un reloj caro sobre un lujoso automóvil similar al de Lina, junto con un mensaje burlón de Máximo, confirmó mis peores temores sobre su aventura. Pero el verdadero terror llegó cuando, una noche, fingiendo dormir, escuché a mi esposa susurrar a su amante que no volveríamos a tener hijos, porque cada noche, en mi infusión relajante, vertía espermicida, asegurándose de que yo nunca fuera padre. Todo, desde su repentino anhelo de maternidad hasta su rechazo a mi beca soñada en Le Cordon Bleu, había sido una cruel manipulación para mantenerme atado mientras ella me envenenaba. La herida de la traición superó al asma, dejando un vacío helado en mi pecho, y en ese instante, el juego de Lina terminó; ahora, la siguiente jugada era mía.

Introducción

Soy Roy Castillo, un pastelero, y hoy mi matrimonio de seis años, cimentado en la promesa de un amor inquebrantable, se desmoronó por completo.

Mi esposa Lina, mi salvadora desde la infancia y el ancla de mi frágil mundo, supuestamente me amaba solo a mí.

Pero un hombre llamado Máximo irrumpió en mi tranquila pastelería, Dulce Marea, sonriendo con suficiencia mientras pronunciaba las palabras que desgarrarían mi alma: "Ella y yo estamos juntos, está embarazada. El hijo es mío".

El impacto fue tan brutal que ahogó mis pulmones, desatando un ataque de asma que me arrastró a los recuerdos de mi trauma infantil, mientras la humillación se grababa en mi delantal con un mate arrojado.

Lina me prometió y suplicó en la clínica que todo era una mentira, sellando su arrepentimiento bloqueando a Máximo frente a mis ojos, pero la semilla de la duda y la inmensa traición ya había germinado en mi corazón, ¿cómo podía ser tan ingenuo?

Entonces, una foto anónima de un reloj caro sobre un lujoso automóvil similar al de Lina, junto con un mensaje burlón de Máximo, confirmó mis peores temores sobre su aventura.

Pero el verdadero terror llegó cuando, una noche, fingiendo dormir, escuché a mi esposa susurrar a su amante que no volveríamos a tener hijos, porque cada noche, en mi infusión relajante, vertía espermicida, asegurándose de que yo nunca fuera padre.

Todo, desde su repentino anhelo de maternidad hasta su rechazo a mi beca soñada en Le Cordon Bleu, había sido una cruel manipulación para mantenerme atado mientras ella me envenenaba.

La herida de la traición superó al asma, dejando un vacío helado en mi pecho, y en ese instante, el juego de Lina terminó; ahora, la siguiente jugada era mía.

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El aire de la bodega, que antes me recordaba a mi hogar, ahora olía a tumba. Mi hijo, Máximo, estaba colgado de una vieja puerta de roble, clavado por las muñecas y los tobillos con clavos oxidados. Kieran, el amante de mi esposa, se reía a su lado, mientras Sylvia, impasible en la videollamada, decía: "Es solo un susto, Patrick. Para que aprendas tu lugar." Intenté correr, pero dos matones me sujetaron, forzándome a ser testigo de la tortura de mi propio hijo. Después de que la llamada se cortó y me echaron, solo quedé con el eco de las risas y la imagen de mi hijo crucificado. Cuando por fin logré volver a la bodega, lo encontré con sus últimas fuerzas, susurrándome que le diera sus notas de la selectividad a su madre, esperando que así ella fuera "feliz de nuevo". Él murió en mis brazos, y cuando llamé a mi esposa para darle la devastadora noticia, ella se encogió de hombros, me llamó "patético" y me colgó. Pero la indiferencia de Sylvia no terminó ahí; la vi salir de una clínica de fertilidad con Kieran, anunciando que iban a tener otro hijo, "un heredero de verdad, no una decepción como el tuyo." Cuando me dirigí a la morgue para ver a Máximo, Kieran me aseguró que había contratado a "especialistas" para el funeral; pero lo que vi a través de la ventana de la sala de autopsias me rompió el alma: estaban disolviendo el cuerpo de mi hijo con ácido para borrar las pruebas. Grité, intenté matarlos, pero me inyectaron algo y desperté en una habitación acolchada, con una camisa de fuerza. Me habían declarado loco, y Sylvia y Kieran habían construido la narrativa perfecta: un padre afligido que, en su dolor, se había vuelto violento y había perdido el contacto con la realidad. La policía aceptó su versión; ¿cómo podía yo probar la verdad, encerrado, silenciado, y con la evidencia de la maldad de mi esposa y su amante literalmente disuelta? Pero lo que ellos no sabían es que Máximo había grabado un video antes de morir, una verdad que estaba a punto de desatar la furia más oscura imaginable.

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