Amor de una Bruja

Amor de una Bruja

Yin Yan Ni

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Capítulo

Yo, Sofía, una humilde curandera de Oaxaca, salvé a la familia de Ricardo de la ruina, entrelazando mi don y mi propia vida con la suya para hacer florecer su vasta hacienda y su imperio tequilero. Fue entonces, con la llegada de su amante Isabela y sus venenosos susurros sobre un "amuleto milagroso", cuando Ricardo, cegado por el engaño, decidió que nuestro propio hijo, el pequeño Mateo, no era más que un objeto para sus oscuros deseos. Sin la menor compasión, le arrancaron las costillas a mi Mateo, dejando que sus desgarradores gritos se perdieran en la hacienda antes de que muriera desangrado, para luego profanar sus cenizas esparciéndolas sin respeto para que los perros las devoraran, y finalmente, él mismo rompió mis manos, negando mi poder y mi existencia. Paralizada por el dolor y la devastación, solo pude observar la inconcebible crueldad de quien juró amarme, mientras mi alma gritaba en silencio por la injusticia de un sacrificio tan puro en aras de una mentira tan vil. Pero en ese mismo instante, los campos de agave bendecidos por mi don se marchitaron, arrastrando al imperio de Ricardo a la ruina, y yo, con mis manos rotas y mi corazón quebrado, me retiré a mis montañas, dejando que el destino, implacable, cobrara su deuda, convirtiéndome en la silenciosa testigo de su merecido final.

Introducción

Yo, Sofía, una humilde curandera de Oaxaca, salvé a la familia de Ricardo de la ruina, entrelazando mi don y mi propia vida con la suya para hacer florecer su vasta hacienda y su imperio tequilero.

Fue entonces, con la llegada de su amante Isabela y sus venenosos susurros sobre un "amuleto milagroso", cuando Ricardo, cegado por el engaño, decidió que nuestro propio hijo, el pequeño Mateo, no era más que un objeto para sus oscuros deseos.

Sin la menor compasión, le arrancaron las costillas a mi Mateo, dejando que sus desgarradores gritos se perdieran en la hacienda antes de que muriera desangrado, para luego profanar sus cenizas esparciéndolas sin respeto para que los perros las devoraran, y finalmente, él mismo rompió mis manos, negando mi poder y mi existencia.

Paralizada por el dolor y la devastación, solo pude observar la inconcebible crueldad de quien juró amarme, mientras mi alma gritaba en silencio por la injusticia de un sacrificio tan puro en aras de una mentira tan vil.

Pero en ese mismo instante, los campos de agave bendecidos por mi don se marchitaron, arrastrando al imperio de Ricardo a la ruina, y yo, con mis manos rotas y mi corazón quebrado, me retiré a mis montañas, dejando que el destino, implacable, cobrara su deuda, convirtiéndome en la silenciosa testigo de su merecido final.

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