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Libros de Romance para Mujeres

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Mi Amor Ciego A La Verduga

Mi Amor Ciego A La Verduga

El olor a antiséptico aún se aferraba a mi ropa. Por amor a Sofía, el fuego flamenco de mi vida, me sometí a una vasectomía para que su carrera nunca se viera interrumpida. Era mi sacrificio final, mi prueba de lealtad. Pero el mundo se derrumbó cuando, apenas recuperado, Sofía se arrodilló ante mí con los ojos rojos, murmurando: "He cambiado de opinión... Necesito un hijo. Y por eso... por eso he hablado con Ricardo." Ricardo, su primer amor, el torero. Habían tramado un plan: un hijo con él, criado por nosotros, asegurándome yo, estéril, la "estabilidad". Mi corazón gritó al escucharla minimizar la destrucción de mi futuro como un "pequeño desacuerdo". La humillación apenas había comenzado. Cuando propuse el divorcio, se rio de mi, colgándome el teléfono. Pero la verdadera pesadilla llegó cuando Ricardo atropelló a mi madre y Sofía no solo lo encubrió, sino que la desprestigió públicamente, destrozando su reputación hasta que el estrés y la humillación se la llevaron para siempre. ¿Cómo pudo la mujer por la que sacrifiqué todo convertirse en mi verdugo? ¿Cómo el amor más puro se transformó en la traición más vil, arrastrando a mi inocente madre a la tumba? No entendía la magnitud de su crueldad. Pero ese hombre ciego y enamorado murió con mi madre. Ahora, en el silencio de sus cenizas, ha nacido una ira fría y calculadora. No buscaré justicia, Sofía. Buscaré venganza. Y te aseguro que pagarás, tú y él, por cada lágrima, cada humillación, y por la vida que me arrebataron. Esta guerra acaba de comenzar.
El Inquebrantable Regreso de la Heredera Incriminada

El Inquebrantable Regreso de la Heredera Incriminada

Durante diez años, fui el escándalo andante de mi familia. Después de que me incriminaran en un crimen que casi destruye nuestra empresa, me convirtieron en la paria, forzada a servir a las mismas personas que me habían robado el futuro. En la fiesta del 40 aniversario de mis padres, la humillación llegó a su punto más devastador. Mi hermano, el director general que construyó su carrera sobre mis ruinas, estaba en el podio. —¿Es que no puedes hacer una sola cosa bien sin armar un escándalo? —me siseó con veneno frente a todos—. Por una noche, ¿podrías intentar no ser un completo y absoluto estorbo? Su prometida, la verdadera arquitecta de mi caída, observaba con una sonrisita de triunfo. Mi madre miraba horrorizada, no por la crueldad de mi hermano, sino por la escena que yo estaba causando. Mi padre simplemente se dio la vuelta, con el rostro lleno de decepción. Todos ellos habían elegido su bando hacía mucho tiempo, y yo no estaba en él. Después de una década de absorber su desprecio por un crimen que no cometí, algo dentro de mí finalmente se rompió en mil pedazos. La culpa, la vergüenza, el silencio… todo era una mentira que ya no estaba dispuesta a vivir. Pero no lloré. No grité. Salí tranquilamente de ese salón, saqué mi celular y marqué un número que encontré en internet. Una voz ronca y cansada respondió. —McCormick. —Mi nombre es Sofía Elizondo —dije, mi voz más clara y fuerte de lo que había sido en años—. Necesito contratarlo.
Desaparecer y reclamar mi vida

Desaparecer y reclamar mi vida

Mi vida parecía perfecta, cubierta de lujo junto a Sofía, la poderosa CEO de Bodegas Valdepeñas, aunque yo, Mateo, su marido, era solo un artista perdido en su sombra. Pero una bofetada silenciosa en mi teléfono lo cambió todo: una notificación de un cargo en su tarjeta corporativa, miles de euros para un retiro de lujo en Maldivas, destinado no a mí, sino a un tal Iván, su amante. La confronté, pero su respuesta fue un acto de crueldad sin límites: amenazó la seguridad de mi querida abuela Carmen en Jerez, me obligó a soportar la presencia de Iván en nuestra propia casa, y en el acto más vil, destrozó mi guitarra, una Conde Hermanos de 1958, herencia de mi abuelo y recipiente de mi alma, delante de mis ojos. Ella orquestó humillaciones públicas, como subastar la canción más íntima que le compuse, y finalmente, me tendió una trampa, acusándome de agresión para enviarme a un calabozo y quebrarme por completo. Allí, entre la desesperación y el dolor, me preguntaba cómo una persona podía ser tan monstruosa, robándome todo, mi arte, mi dignidad, mi libertad, dejándome como un caparazón vacío sin posibilidad de escapar. Pero en mi hora más oscura, una visita de mi abuela Carmen encendió una chispa de esperanza al revelar un secreto olvidado: una cláusula en nuestra capitulación matrimonial que, si se demostraba su infidelidad, liquidaría su fortuna y me liberaría. No estaba solo. Una figura inesperada, la brillante neurocientífica Elena de la Torre, apareció como mi protectora, y juntos, con una precisión meticulosa, trazamos un audaz plan para desaparecer y reclamar mi vida, mi paz y, quizás, un verdadero amor lejos de sus garras.