icon 0
icon Recargar
rightIcon
icon Historia
rightIcon
icon Salir
rightIcon
icon Instalar APP
rightIcon
closeIcon

Obtenga su bonus en la App

Abrir

Libros de Moderno para Mujeres

Top En curso Completado
La amante indeseada se convierte en la reina de la rival

La amante indeseada se convierte en la reina de la rival

En el momento en que Damián me empujó contra la charola de un mesero para atrapar a la viuda de su hermano, supe que había perdido. Durante ocho años, fui su santuario. Pero Viviana llevaba en su vientre al "Heredero de la Familia", y eso la convertía en una santa. No solo la atrapó; la instaló en la Suite Principal —la habitación que me había prometido a mí— mientras yo era relegada al ala de huéspedes como una sirvienta. Cuando Viviana me susurró la verdad con una sonrisa burlona —que su difunto esposo era estéril y que ella había drogado a Damián para que las fechas coincidieran—, corrí a contárselo. —¡Está mintiendo sobre el bebé, Damián! ¡Aarón era estéril! Pero no me creyó. —Basta de tus celos, Estela —rugió, protegiéndola—. Vas a respetar a la madre de mi legado. Para probar mi sumisión, me obligó a llevarla a comprar su vestido de novia. Cuando un pesado perchero de hierro se volcó en la boutique, Damián se movió con una velocidad inhumana. Se lanzó para proteger a Viviana, envolviéndola en un capullo seguro. A mí me dejó ahí, de pie. El metal se estrelló contra mí, aplastando mis costillas y dejándome clavada en el suelo. Mientras luchaba por respirar, con el sabor de la sangre en la boca, lo vi cargarla y salir sin mirar atrás ni una sola vez. Desperté en el hospital con el sonido de su voz consolándola en la habitación de al lado. Ni siquiera había preguntado si yo había sobrevivido. Esa noche, no lloré. Me arranqué el suero del brazo, trituré cada foto nuestra en el penthouse y abordé un avión a un territorio neutral donde el poder del Patrón no significaba nada. Para cuando encontró el anillo de compromiso que dejé en la basura, yo ya me había ido.
Él impidió el último viaje de mi hermano

Él impidió el último viaje de mi hermano

Mi novio multimillonario se negó a prestarme un millón de pesos para traer el cuerpo de mi hermano a casa. Tres días después, encontré a su asistente usando mi bata de seda en nuestro penthouse. Ese fue el momento exacto en que decidí casarme con mi amigo de la infancia. Durante ocho años, fui el sucio secretito de Callen House. Acepté vivir en las sombras, creyendo que sus "Protocolos de Relación" eran solo las excentricidades de un genio de la tecnología. Pero cuando mi hermano murió trágicamente en el extranjero, Callen no me ofreció consuelo. Me ofreció un formulario de préstamo corporativo, el cual su asistente, Daniella, rechazó de inmediato. Mientras yo me ahogaba en el dolor, Jaren apareció. Pagó la repatriación sin dudarlo, demostrándome cómo se ve el amor verdadero. Fui al departamento de Callen para terminar con todo, solo para encontrar a Daniella allí, luciendo un chupetón fresco en el cuello y una sonrisa petulante. La verdad se derrumbó sobre mí como un deslave. No solo me había robado al novio; había estado interceptando mis bonos y saboteando mi carrera durante años. ¿Y Callen? La defendió. Me llamó "un lastre" y amenazó con arruinarme si hacía un escándalo. Así que no solo renuncié. Envié una foto mía con Jaren al chat grupal de la empresa con una leyenda que silenció a toda la oficina. "Me voy a casar. Y no es con Callen House".
De Nena Sumisa a Elena Libre

De Nena Sumisa a Elena Libre

La Nochebuena siempre era densa en casa de mi madre, Doña Carmen, pesada con el olor a pino, canela y resentimientos no dichos. A mis cuarenta y tantos, yo, Elena Torres, me movía como autómata, asegurando que todo fuera perfecto, mientras mi esposo e hijo reflejaban mi agotamiento. Mi vida, mi hogar, cada centavo extra, todo se había desviado para alimentar el pozo insaciable de la familia que me ignoraba y usaba. Pero esa noche, mi madre congregó a todos, su rostro de matriarca a punto de dictar un decreto cruel. Anunció la distribución de propiedades y joyas para mis hermanos y cuñadas. Para Ricardo y Miguel, casas en las zonas más cotizadas. Para sus esposas, las joyas de la abuela. Yo, la hija abnegada, contuve la respiración, esperando mi parte, una mención, algo. Pero me miró, clara y calculadora, y mi sentencia llegó: "Y tú, Nena, cuidarás de mí en mi vejez." El aire salió de mis pulmones. Para ellos, la herencia material; para mí, la carga. La humillación coció una rabia lenta y furiosa. Algo dentro de mí, agrietado por años, finalmente se hizo añicos. La Nena complaciente murió. Mi mano tembló. Agarré la bandeja de plata y lancé el pavo, que voló por el aire y se estrelló contra el suelo. Un silencio sepulcral. Con un movimiento amplio, barrí la mesa, platos y copas volaron. ¡CRASH! ¡PUM! ¡CLANG! "¡Elena!", gritó mi madre, "¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te has vuelto loca?!" "¡SÍ!", grité de vuelta, "¡ESTOY HARTA! ¡HARTA DE SER SU SIRVIENTA, SU BANQUERA, SU ENFERMERA Y SU TONTA ÚTIL!" Volqué la mesa entera. "¡Todo para ellos! ¿Y para mi? ¡La obligación de limpiarte el trasero!" Las palabras salieron como veneno. "Yo ya no soy tu hija."
Soy La Maestra de Ceremonias de Tu Infierno

Soy La Maestra de Ceremonias de Tu Infierno

Habían pasado diez años desde que Mateo me abandonó, embarazada y desangrándome, en la puerta de mi padre. Ahora él es un influyente funcionario municipal y yo, Isabela, soy solo una bailaora de un tablao barato. Justo después de mi actuación, lo vi sentado en la mesa principal, su mirada fría atravesándome mientras mi cuerpo se congelaba. Me calificó de "sucia" y mi baile, mi cuerpo, todo, delante de una multitud que se reía y murmuraba. La humillación pública no fue suficiente; luego me ofreció dinero por "una noche", creyendo que todo en mí estaba en venta. La vida se convirtió en un infierno, soportando los insultos y la miseria para mantener a mi padre enfermo y a mis dos hijos gemelos. Una noche, la desesperación me empujó al borde, a punto de venderme al postor más asqueroso. Y justo entonces, Mateo, el hombre que me destruyó, apareció, "salvándome" de las fauces de otro miserable. Esa noche, la verdad que había ocultado durante una década salió a la luz: mis gemelos son sus hijos. Mateo cayó de rodillas, pero era demasiado tarde para su perdón; mi corazón ya solo albergaba una fría sed de venganza. Decidí sonreír y aceptar su propuesta de matrimonio, un plan meticulosamente calculado que no borraría mi pasado. No se dio cuenta de que su boda perfecta sería el escenario para su humillación final y su caída. ¿El poderoso Mateo, despojado de todo por la "sucia" bailaora que él mismo creó? Sí, porque la venganza es un plato que se sirve frío, y yo era la maestra de ceremonias de su infierno.
La Madre Ciega y Su Fin

La Madre Ciega y Su Fin

El teléfono sonó, rompiendo la calma de la madrugada en mi pequeña panga. Era el Hospital General, hablando de un accidente, una motocicleta y de mi hijo, Juanito, el campeón que intentaba saldar nuestras deudas. Las deudas que Sofía había acumulado. Desesperado, marqué el número de mi esposa una y otra vez, pero nadie respondía. Recordé la estúpida fiesta que Sofía había organizado para su primo Ricardo, un mariachi con más ego que talento, una fiesta costeada con el dinero que no teníamos. Llegué, con mi ropa de pescador apestando a mar, a una mansión alquilada donde la música de mariachi atronaba. En el centro, como una reina de hielo, estaba Sofía, riendo con Ricardo en un vestido rojo que nunca le vi. Cuando le dije que Juanito había sufrido un grave accidente, me soltó con desprecio: "No me arruines la fiesta. Ricardo está a punto de cantar" . Ese día, mi hijo murió. La policía me entregó sus pocas pertenencias, incluida su cartera con una foto de su primer equipo de fútbol. Sufrió, sí, pero el verdadero sufrimiento era el mío. Regresé a casa y encontré sobre la cama un costoso traje de mariachi para Ricardo, comprado con el mismo dinero que Juanito, en su moto vieja, intentaba recuperar. Y luego escuché la voz de Sofía: "Lo del pescador pobre es una farsa… todo lo que tengo es para ti, Ricardo. Tú eres mi familia de verdad" . Las palabras de mi esposa me destrozaron. Mi hijo había muerto, y para ella, todo había sido una mentira. Me odió por estropear su noche, y yo no entendía cómo podía haber vivido tanto tiempo con una extraña. Pero la confusión se convirtió en una fría determinación. No, yo no era la farsa. Pronto, la verdad saldría a la luz.}
Navidad Robada: La Traición Familiar

Navidad Robada: La Traición Familiar

Navidad se acercaba, y todo en casa olía a alegría, mi madre, Isabel, radiante como siempre, ultimaba los preparativos para nuestra gran cena familiar. Pero la llamada de Lucía, mi prima, esa misma noche, trajo consigo una sensación agridulce, su voz melosa, siempre tan interesada, escondía algo que me revolvía el estómago. Inesperadamente, lo que prometía ser una noche mágica en "El Mirador del Valle" se convirtió en una invasión, Lucía llegó con su familia, sin invitación, reclamando un lugar en nuestra mesa. "Familia, ¡qué sorpresa encontrarlos aquí!", exclamaron, como si no supieran de antemano el nombre de nuestra reserva, la cual habían investigado con antelación. Mi madre, en su infinita bondad, se dejó llevar, intentando mantener la paz, incluso cuando Lucía y Miguel, su esposo, empezaron a desplazar a mis abuelos a un rincón, mientras sus hijos campaban a sus anchas, molestando a todos. Sentía una impotencia enorme al ver a Miguel encender un puro en medio del restaurante. Sus groserías y burlas hacia mi familia nos hirieron profundamente. "¡Todavía con tu tiendita esa de cosas para bebés? ¿Sí deja para vivir o es nomás un hobby para no aburrirte en la casa?", preguntó Miguel con ironía. La humillación alcanzó su punto máximo cuando Miguel, sin reparo, le arrebató un trozo de comida del plato a mi abuelo. Pero el colmo fue cuando Leo, el hijo de Lucía, empujó a mi hija al suelo, hiriéndola, mientras su madre, lejos de disculparse, se burlaba: "¡Fue un simple empujón de niños, ni que la hubiera matado!". Ver a mi hija herida, la burla de Lucía y el cinismo de Miguel, encendió una chispa en mi madre, Isabel, esa mujer dulce y paciente que creía conocer. Un grito desgarrador brotó del alma de mi madre: "¡La sangre no te da derecho a abusar de mi bondad, a humillar a mis padres, a golpear a mis nietos y a insultar a mis hijas!". Lucía, con una sonrisa torcida, contestó: "Te voy a demandar, tía, vamos a empezar con una compensación de... ¿qué te parece medio millón de pesos para empezar?". No solo admitía la extorsión sobre la que tanto había planeado, sino que además, reveló su verdadero objetivo: "El abuelo dice que tienes que dármela para reparar el honor de la familia!". Fue entonces cuando lo impensable sucedió, mi madre, con una fuerza que nunca le había visto, agarró su teléfono y lo estrelló con furia contra la cara de Lucía. "Esa es mi contraoferta", sentenció mi madre. Esa noche, la batalla por la cena se transformó en algo mucho más grande: la lucha por la dignidad, por la familia que sí nos importaba y por la verdad que Lucía y Miguel intentaron esconder. ¿Sería este el fin de años de abuso o apenas el comienzo de una guerra familiar por venir?