n llenas de gente que caminaba apresurada, ajena a las inquietudes que me acompañaban desde nuestra convers
ó a mi lado h
oche para que te lleve
edo ir e
Lo
e me llevaran en coche? Se metió las mano
quería of
ostrar que podía resolver mis problemas con dinero. Simplemente había hecho una oferta y estaba dis
an sencillo pudiera dejarme si
lo ne
- respondió.
l vez una parte de mí esperaba que demostrara un poco más d
des tan rápido? -
l volvió la cara
r que no necesit
ir que te importa - esas
a boca, pero ya era demasiado tarde. No entendía por qué me molestaba tanto su manera de comportarse. Hacía apenas unos días, a
una expresión que
ue no quiero que esto se convierta en otr
irada. No estaba acostumbrada a escuchar palabras semejan
as la preocupación con
as con
uedes aparecer cua
e no soy bienvenido - di
ro esa idea me asustó tanto que di un paso atrás. No podía permitirme semejan
eni
l - rep
e los dos
a la boca durante una fracción de segundo, y odié haberme dado cuenta. Más aún, odié la forma en que mi cuerpo pareció reacc
ndían a sonreír para sobrevivir. Y yo no era una adolescente que descubría ese sentimiento por prime
no me obligaba a ha
emoción repentina decidiera por mí. Mi familia dependía de mi fortaleza, y no podía
ue irme -
el as
¿N
det
¿Q
e envíe la constructora sin consultar antes a un abogado inde
me recordó que, por mucho que intentara ignorarlo, seguíamos
ué me di
iero que salga
milia? Me mi
r de mi
ría impedir que me marchara. Su actitud me desconcertaba. Si de verdad estaba dispuesto a enfrentarse a
uda. Y, cuando tenga alguna información
lta que haga
esté haciend
esta me
signifi
e que estaba sopesando cuidadosamente sus palabras, como si revelar
también tengo pregu
r, Gabriel se alejó y se sub
ehículo desaparecía entre los demás coches. Solo entonces me di cuenta de
verlo. Me molestaba reconocerlo, porque había aprendido a desconfiar de las personas que aparecían e
mi padre, proteger a mi madre e impedir que nos quitaran nuestra casa. Incluso podía soportar las provocaciones de Gabriel. Sin em
ía muy bien el precio que había que pagar por cruzar la frontera entre ambos. En m
a oído pasos en el pasillo ni el ruido de alguien alejándose. Me quedé inmóvil dura
e no tenía
erradura estuviera bien asegurada. Mi primera reacción fue llamar a mi madre para preguntarle si algui
i padre junto a Otávio Medeiros. Los dos es
. Llevaba una camisa clara y tenía una mano apoyada en el hombro de Otávio. No había nada en sus expresiones que revelara de
qué mi padre nunca había mencionado su relación con el hombre
en había escrito una
hijo por qué
ces. Y eso que mi padre l
es, había aceptado su muerte como una de esas desgracias que dejan preguntas sin re
de su muerte. Todos aquellos recuerdos que había guardado durante años empezaron a parecerme incompletos. ¿Qué había he
brí la aplicación de mensajes par
algo sobre aquella fotografía. Tal vez pudiera ayudarme a entender por qué dos hombres que par
no quería buscarlo. No quería necesitarlo. Sin embargo,
ntrarme frente a aquel misterio. No sabía si eso se debía a que confiaba en él o a que,
cribir, llegó un nuevo mensaje de un núm
a Gabriel Medeiros, a
de nuevo la fotografía y después la pantalla del teléfono, esperando encontrar algu
a mis movimientos y, lo que era aún peor, parecía saber al
e nuestros mundos. Al parecer, alguien estaba dispuesto a hacer cualqu
menaza bastaría para hacerme retroce
enciones. Pero no iba a permitir que nadie utilizara l
, estaba decidida a descubrirlo. Aunque, para hacerlo, tuviera
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