de aquella última escena desa
able, y la convertí en mi excusa para todo. Si no p
as interminables. Los decoradores llamaban a horas intempestivas para consultarme sobre colores y flores. Los organizad
staba. No. Solo quería recordarme lo que Carmela dese
taladraba el cráneo mientras avanzaba a duras penas hacia el lugar de la fiesta. Las piernas me pesaban como si cargara sacos de arena y tenía el pecho
de Calhoun. Cuando todo termine, me
cadas doradas y la música flotaba suavemente por el salón
estado aguardando el momen
omo si se lo hubieran vertido directamente sobre el cuerpo. El corpiño estaba bordado con cristales q
illa en alto y esa arrogancia tan ensayada. No se limitó a entrar: desfiló, contoneándose, mientras
dos no tardaron en rodea
nte -susurró alg
haber costado decenas de m
esto... Se suponía que iba a ser una simple fiesta de
alhoun no permitía que ningún chico la mirara dos veces. Le dio una
ar. Calhoun llenaba a Carmela de cosas que d
suspiró alguien-. Y
e me clavaba c
Sujetaba una copa de champán con tanta fuerza que temí que el crista
hacerlo
tranquilidad que m
en el aire. Recorrió el salón con sus ojos afilados hasta encontrars
romesa de
ontrado a
erpo se tensaba un poco más. Respiraba de forma entrecortada. Quería moverme, esca
lo
a dulzura fingida. Los labios se le curvaron, no
retenidos. Pero ¿yo? -Inclinó la cabeza y uno de sus pendientes
Su perfume resu
vistas de una forma tan sencilla? Sobre todo esos zapatos. Baratos, sin brillo. Indignos de una ocasión como esta. Así que harás lo siguiente
do se
ue se
ejano, ahogado por los latidos que me retumbaban en los oídos. D
m
as. La vergüenza me reptaba bajo la piel. Me ardía el pecho mient
es. Cuando hablé, mi voz sonó serena,
poco. -Cerré con más fuerza los dedos alrededor de la copa-. Pero, si esos zapatos le hacen mucho
ue siguió fue
iones, como si fuera incapaz de asimilar lo que acababa de oír. Era como si el mundo se
ios. Por un instante pareció una niña mim
usión d
e segundos, la furia encendió su hermoso rostro. Inspir
e no? -gruñó, rompiend
llas, pero me obligué a no encogerme. Aferrada aún a la copa de champán,
agacharme. Ya le expliqué que todavía me es
ción no podía ser más profunda, e
se abrieron
entró en
. Recorrió la sala con la mirada y entrecerró los ojos en cuanto percibió la tensión. Le b
jo el sol. Para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrima
la se tambaleó hacia Calhoun y cayó entre sus br
pecho. Los diamantes centelleaban mientras todo su cuerpo temblaba- fue que me ayudara a ajustar la correa del zapato para no tropezar y avergonzarte delante de todos est
l corazón se me hundió ha
era pura, asesina, y casi me congeló la sangre. Rodeó a Ca
No debería sufrir la menor tensión. ¿Qué tiene de difícil ayudarla con una correa? ¿Qué? -Apretó la mandíbula. La furia impregnaba cada sílaba-. Mientras
palabras hizo pedazos el p
s murmullos comenzaron
é derecho tiene a recha
da ahí plantada como si pe
obligar a Carmela a
do de Carmela. ¿Y
un esté furioso. ¡Imaginen que alg
sgarraba la poca fuerza a la que todavía me aferraba. Me ardía el pecho.
ridad de los brazos de Calhoun. Una sonrisa
uería
ía pla
aba g
salón y acalló hasta el último susurr
ner que repet
olpe def
gritaba de vergüenza y derrota. Los labios
, a
ejaron un sabor a
intura ardió en protesta y lanzó ol
la pequeña hebilla de la correa del tacón de Carmela. Inte
in
me recorrieron las meji
dí la
el dolor m
it
ontra el piso. Una oleada de jadeos recorrió el salón. Mi alarido rebotó co
ma, apretando contra el pecho lo
arma cruzó el ro
a volvió a desplomarse entre sus brazos. Sus lágrimas falsas brotaro
tención... De verdad, fue un accidente. Se me resbaló el tacón. Si Elodie se
s me robaro
r retorcía cada nervio y un frío profundo se apoderaba de mi cuerpo,
oun no me
eció el rostro y acarici
ido un error. Estoy seguro
bras me vacia
pensar. Algo en mi interio
una persona cu
había hecho. Las lágrimas me nublaron la vista. Desde el refugio de su p
mbaleándo
deslicé por los azulejos fríos, me apreté e
no vibró
ensaje d
s? Ven aquí
e responderle: «Me fui
s fuerza que el cuello de la camisa. ¿Y si
atascado en el pech
orrió la espalda. La multitud se abrió y dejó a Carmela a la vista. Estaba all
ló con
ó-. ¡Me lo dio mi abuela antes de morir!
ión me de
mis venas. Cuando hablé, lo hice con cautela
o tom
te agachaste para atarme las correas!
La humillación y la rabia chocaron en mi interior, pero,
sonó
aberse caído. Ordenaré a l
bruscamente hacia él. T
a registras, ¡se acabó lo nuestro! ¡La estás poniendo a ella
tó la res
ujetó del brazo y la atrajo con suavidad. Su mirada pasó por encima
a la seño
inclinó ba
Qu
ome, pero tres guardias se acercaron. Sus enormes manos me
-. Alfa Calhoun, se lo juro... ¡No tomé
agudos por el dolor, cuando me t
rtó la
a era capa
ambio, sonreí
. Unos dedos ásperos me manosearon, rebuscaron y tira
ra el pecho la tela rasgada mientras el sostén
nada -murmuró un
ó los labios
en la ropa interi
e me heló e
avanzó hacia mi cintura, dispue
esonó por todo el salón. El p
orden terminara de imponers
enc
se vol
to a una mesa, sosteniendo
esta mesa! ¡A varia
maciones ahogadas. Mis sol
me soltaron y
se suavizó enseguida y corrió hacia Calho
etí un error. Elodie... no se
nté la
mi vestido rasgado. Los hombros se me
mela y comenzó a conducirla hacia la salid
a humillación no va a arru
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