de vis
te, la ciudad volví
ultaba i
compraban café. Una mujer con un abrigo rojo reía al teléfono
arpeta negra sobre las rodillas, mientras la luz del so
abierto. Ningún rayo había fulminado al Alfa S
ón no afectaba a la i
n. El asunto era sencillo: Acuerdo Formal de
léfono y leyó la prime
o, exangüe y casi ele
las obligacio
Hale. Separación de bienes. Extinción de la autoridad dom
io reducidos a cláusula
pens
habían debilitado. E
gresó al apartamento que había compartido
e pronto, habría
ró, con esa clase de silencio que los
re el suelo del salón. Junto a la entrada descansaba un
segundo más de la cu
ó menos tiempo
r colores, camisas dobladas con precisión militar, relojes guardados en cajas de terciopelo y corbatas que
el laboratorio y los pocos suéteres comprados con su propio suel
cón. Los costosos frascos de aseo del Alfa Sebastian ocupaban casi toda la enc
su vida cabía en dos
l otro lado de la ciudad, el que había comprado con el sueldo de su primer año en el Instituto de Investigación a
u
le result
u
. El agua caliente le golpeó la nuca hasta enrojecerle la piel, per
si toda su ropa ya se había ido. El cabello aún le
principa
una mano apoyada todavía en el marco. Vestía un traje oscuro, llevaba la corbata floja y exhibía una expresión indescifrabl
ir
bre en voz baja,
ire tibio rugió entre ambos. Aquel ruido
se
endureció el rostro; después, sus ojos se enfriaron. Aun así, se acercó. El aroma a
era
e era lo bastante crue
rodeó s
Él había arrancado el
uedó i
arla. Ella volvió el rostro en el último segundo y s
cayó sobre l
evitando? -
u mirada a tra
S
do con aquella palabra ni con aquel tono. Siempre se había adaptado. Había limado las asperezas. Había i
bre la barbilla de Eira
erías que
mas de los dedos
s era
un filo peligroso-. ¿Ahora t
o resp
La sospecha apareció en sus
otro h
miró f
amado inofensiva, útil, una herramienta. Le había prometido a Serena que sería la madr
an absoluta que res
ho a hacerme esa
una red invisible, oprimiéndole los pulmones y exigiendo obediencia a instintos de los que ella carecía. Incluso un cuerpo sin loba podía
mitó a sosten
vocarlo más que
a hablarme
arse, él le aferró la muñeca y
asti
on un golpe seco. Él la empujó so
to. No era un esposo que por fin buscaba
strar que todavía dominaba aque
a fue más rápida. Dobló la rodilla y pateó hacia arriba con todas sus fuer
ufici
arse, se incorporó y le cruz
ra
fue nítido
giró por la fu
egundo, ning
del Alfa Sebastia
l sabor del hierro le inundó la boca. La habitación se inclinó. Eira no
alcanzado por fin una parte de sí mismo a la
a, y
rmitió que
alió descalza. La voz del Alfa Sebastian la persiguió una vez, pero después calló. Quizá lo detuvo el or
se cerraron antes de qu
l pavimento le hería los pies. Un hombre situado frente a una tienda s
tinuó av
fuerza, y se negaba a entregarles a lo
uina, gris plateado y lumin
Ster
mplejos turísticos y la mitad de las propiedades de lujo que las manadas poderosa
ó en el v
llo mojado, la manta, los pies descalzos y la mejilla hincha
ó Eira con voz áspera
el registro
erecha. Si necesita asistencia médica o l
aci
nsor. Las puertas estaban a punto de
eron de
guardaba al
y una serenidad absoluta en la postura. Sus ojos tenían el color de un lago he
io t
suficiente para con
dejando entre ambos más espac
chez del lugar le permitió percibirlo. Menta. F
Eira comprendió que no ha
so? -pre
diec
egra y presionó el botón. El asce
ofreció lástima. No la arrinconó con su cuerpo ni con su aroma. Se limitó a permanecer allí, firme como una roca, y de
emitió un
eron en la planta d
aci
na
lvió la vi
rta hasta que logró calmarse. La estancia era limpia y anónima: cama blanca, corti
me floral. Sin zapat
cama y presionó la palma
sonó el
uedó i
la había encontrado,
rio sobre el escritorio. La tomó despaci
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