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Insubordinación

Capítulo 4 La llegada a la mansión

Palabras:1650    |    Actualizado en: Hoy, a las 09:01

a gris que parecía haberse instalado en la ciudad como un presagio. En el interior del opulento sedán, la

ura presencia de Javier y la palpable tensión, había apresurado las firmas. No hubo beso. No hubo felicitaciones. Apenas la tinta se secó sobre el papel que le garantizaba

ento trasero, separados por un abismo de ren

xclusivas, rodeadas de altos muros de piedra y seguridad privada. Sus manos reposaban sobre su regazo, entrelazadas con fuerza para evitar que el

ojo hacia la mujer que ahora era legalmente su esposa. Esperaba verla observando maravillada el lujo del vehículo o la imponente ruta hacia su nueva vida

un camino empedrado, flanqueado por cipreses centenarios, hasta detenerse frente a la fachada principal. La residencia era un palacio mo

io paraguas negro. Javier descendió, ajustándose los puños del traje. Benito hizo ademán de rodea

ta, asegurándose de que Camila lo escuchara a trav

su cabello oscuro. Agarró su única pertenencia, una pequeña y gastada maleta de lona que contenía tod

a calle. El vestíbulo de la mansión era un espectáculo de ostentación: suelos de mármol negro reluc

da de doce personas que aguardaba en el centro del vestíbulo. Era el personal de servicio de la mansión.

aja, en una muestra de res

oz autoritaria mientras Benit

ndió el ama de llaves con una reverencia rí

s de los empleados. La joven, con su ropa mojada, su maleta barata y su postura defe

para que resonara en las inmensas paredes de mármol-. Esta mujer que ven aquí se llama Camila Valdés. A l

desprecio. Las lágrimas y mentiras de Isabel eran conocidas por todos en ese círculo; la dulce y rubia salvadora de Javier se había encargado

supuesto, nadie preparará sus comidas. Si tiene hambre, cocinará con sus propios ingredientes en los horarios en que la cocina principal esté vacía. Si ensucia a

lzando la barbilla y dirigiendo una mi

ón en su rostro. Quería verla quebrarse, quería ver lágrimas de impote

ta de reacción-. Y luego, desaparecerás de mi vista. Benito, a mi desp

escalinata de cristal, seguido por su leal asistente

a cargar su maleta. Simplemente le dieron la espalda, murmurando entre ellos y volviendo a su

deteniéndose a un metro de distancia

secamente, dán

siquiera utilizaron el reluciente ascensor de servicio. Marta la guio a través de un interminable laberinto de

una estrecha escalera de caracol de servicio que olía a humedad y encerado viejo. Llegaron al niv

final del lúgubre pasillo. Abrió la cerradura oxidada con un empujón fuerte y enc

ero el calentador de esta sección se estropeó hace tres años y el señor no ha considerado necesario repararlo. No salga de esta zona después de

metálica y una pequeña cómoda descascarada. No había ventanas reales, solo un pequeño tragaluz en la parte superior de una de

mansión, una jaula de castigo di

a, su voz neutra y educada, lo que p

ró la puerta de un golpe sordo y dejó a

e estoicismo se fracturó por una fracción de segundo. Soltó la maleta en e

ante que nacía en el lado izquierdo de su espalda. El estrés y la humedad siempre despertaban el tormento físico de la inmens

al que una vez amó con la inocencia de la infancia, el hombre al que le entregó su vida, su salud y su futuro, la acababa de encerrar en las entra

Abrió su maleta, sacó un tubo de crema médica casi vacío para quem

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Insubordinación
Insubordinación
“El imperio Montenegro se sostiene sobre tres pilares implacables: la riqueza absoluta, un orgullo de granito y una deuda de sangre nacida entre las llamas. Quince años atrás, un devastador incendio redujo a cenizas la casa de campo de los Montenegro. Aquella noche, el joven heredero Javier Montenegro fue rescatado de una muerte segura por las manos valientes de una niña a la que prometió devoción eterna. Sin embargo, la gratitud es un terreno fértil para la mentira. Manipulado por las intrigas de la alta sociedad, Javier creció entregando su fortuna, su apellido y su amor a Isabel Valdés, la hermosa impostora que se adjudicó el heroísmo ajeno. Mientras Isabel brilla bajo los diamantes del distrito de la moda, su hermanastra, Camila Valdés, sobrevive recluida en el sótano oscuro del ala oeste de la mansión. Ella es la verdadera salvadora; la niña brillante y audaz que entregó la tersura de su espalda al fuego para salvar a su Garbancito. Condenada a la miseria y al desprecio por un contrato matrimonial leonino diseñado para humillarla, Camila se mantiene en un silencio de hielo. No busca el dinero de Javier, ni su compasión. Su objetivo es mucho más letal: abrirle los ojos a su verdugo y obligarlo a mirar el monstruo que él mismo ha alimentado. Pero el cristal más perfecto es también el más frágil. Cuando una crisis corporativa internacional y un conato de incendio en la Torre de la empresa desbordan las coartadas de Isabel, las mentiras comienzan a resquebrajarse. La verdad de la carne expone el fraude, desatando una brutal insubordinación en los cimientos del imperio. Ahora que la venda ha caído, Javier Montenegro se descubre como el ser más miserable del planeta, consumido por el peso de un arrepentimiento salvaje. Isabel se enfrenta a la destrucción fiscal y a los grilletes de la justicia. Y Camila, con la dignidad intacta y la libertad recuperada, regresa a las ásperas calles de su infancia. Las cadenas se han roto y el imperio ha sido purgado, pero el perdón no se compra con seda blanca. En esta guerra de pasión, poder y cenizas, Javier descubrirá que rescatar al amor de su vida de su propio sótano psicológico será el precio más alto que jamás tendrá que pagar.”